viernes, 28 de noviembre de 2008

Instituto de visión

Que una imagen se fije en la mente es cosa extraña, por ejemplo, al cerrar los ojos, luego de mirar fijamente el sol, un halo de fuego queda atrapado en la mirada, y no solo como residuo retinal, también es un círculo de luz que se dibuja en la memoria.

La exposición Instituto de visión de Nicolás Consuegra, expuesta en la Galería Nueveochenta hasta el pasado viernes, ofreció una suerte de experimentos que trascendían el destino único del regodeo visual y se adentraban con decisión en los terrenos de la imaginación: 21 fotos de fachadas de edificaciones mostraban la tipografía fantasmal y ruinosa de empresas del pasado: “Copias del centro”, “Ritmo de la noche”, “Circular”, “Palacio de Justicia”, “Edificio Montoya Jaramillo”, “Radio TV”, “Banco Caja Social”, “De Todo”… ( habría que incluir ahora “ DMG”). Cuatro discos giratorios con frases en espiral formaban trabalenguas y trabaojos para una sesión de hipnotismo patafísico: “Con este puñal de acero me desnarizorejaré, con este puñal de acero me desproconsitriparé; si me naturalizo me desnarizorejaré, si me naturalizo me desproconsitriparé”. En un cuarto hermético encerró el azar un esferódromo, ese arbitrio criollo, engendro de ruleta, póquer y rodadero de bolas de billar, y lo nombró con una promesa familiar de exclusivo bienestar: “Club El Primo”. Finalmente, en un cuarto oscuro, un video: una serie de pequeños puntos blancos hacían tránsito galáctico del centro a la periferia de un salvapantallas negro, metafísica banal de un aparato que descansa en la oficina.

Instituto de visión cumplió con recuperar la imagen para la imaginación, fue una composición escéptica ante esa astucia miope que percibe la imagen —sea foto, grabado o cuadro— solo como fenómeno visual. Este examen de optometría imaginaria, de ceguera autoinducida, es necesario ahora que la oferta incesante de aparatos para la vista y la reproducción parece ser lo que da origen a las obras y no los artistas los que obran a través de la técnica; artistas que critican los medios mientras usan los mismos iconos que los medios proveen; prima la utilidad y descreste del diseño, panfletos visuales con ataques de hipo conceptual, se da forma solo para informar y jactarse de estar informado. Y la imaginación se empobrece…

“Sol puntual, sol fatal, sol de Col-ombia”, decía a la entrada en un letrero de neón, el anuncio ya no está, pero Instituto de visión dejó una buena impronta y, en medio de tanto salón, feria y curaduría, recordó el poder que tiene una exposición individual.


viernes, 21 de noviembre de 2008

La doble negación

Los esquimales usan la palabra apud para nieve en general. Nieve en forma de partículas de sal es pukak. Nieve suave, akkilikipok. Nieve suave y profunda, mauja. Nieve aguada, mangokpok. Trozos de nieve en movimiento sobre el agua, sikut iqimaniri. Nieve mojada que cae del cielo, imalik. Un parche de nieve en una montaña, aputitaq. Nieve en la punta de un pedazo de hielo, putsinniq. Nieve dura, mangiggal. Nieve que se mete a la entrada de una casa, sullarniq. Así parezca un poético trabalenguas, la gran variedad de nombres que tienen los esquimales para referirse a la nieve tiene finalidad práctica: se le dice a un niño que puede jugar en la akkilikipok si limpia la sullarniq.

Y si el lenguaje tiene tantas palabras para la nieve, ¿qué podemos decir ante una pintura?: pigmentos de color esparcidos sobre una superficie, o para hablar como ficha técnica genérica: óleo o acrílico sobre lienzo. ¿Nada más?

La exposición La doble negación, de Delcy Morelos en Alonso Garcés Galería, es una oportunidad para experimentar los límites de esa respuesta. Pero no se trata de inventar nuevos términos o frases críticas (y crípticas) que sirvan para nominar cada gesto, no, sólo basta con observar. Una sucesión de estructuras rectangulares de entramados sostienen, línea tras línea, pequeñas gotas condensadas de color. Y así como la nieve tiene gradaciones, el conjunto de La doble negación responde con tonos claros y turbios a ese vasto espectro que va del rojo al blanco. Habrá quien sólo vea una simple reiteración, un estilo o una firma, pero esta obra paradójica consiste en lo contrario: tras un mundo infinito de grafos, una repetición regulada y limitada de normas y variables produce la alteración de un código habituado a la monocromía y se abisma en las infinitas posibilidades de una línea de color. La doble negación hace experiencia vital lo que el estéril ejercicio académico de teoría del color enseña como gradaciones; ha sido capaz de intuir todos los colores a partir de un solo juego binario y esta composición explota toda la simbología de una gramática irregular: un mundo tan rico y poderoso como aquel que afirman los esquimales en su interpretación de la nieve. Y no es sólo nieve (o rojo). Y no es sólo pintura.

La doble negación es una exposición concreta, física, y como lo dice Gustav Januch al referirse a la obra de Kafka, otro artista de la repetición en la alteridad, aquí “la forma no es la expresión del contenido, sino su poder de atracción”.

viernes, 7 de noviembre de 2008

La ONG de los críticos


Bogotá fue visitada por Lisbeth Rebollo, una de las siete presidentes mundiales de la Asociación Internacional de Críticos de Arte (AICA); dio una de las conferencias del ciclo de charlas “Crítica y contracrítica”.

Rebollo afirmó que la crítica de arte había cambiado de espacio y de actividad: de la prensa al museo, de la escritura a las exposiciones, de los argumentos a los indicadores de gestión, del crítico al montajista. Rebollo es a la vez directora del Museo de Arte Contemporáneo de la Universidad de São Paulo, de ahí su visión del museo como aula máxima de la sociedad: “El discurso sobre arte contemporáneo viene asumiendo importancia especial en sus museos y en otros espacios especializados en este arte (…). La exposición de arte, en este sentido, está convirtiéndose en el lugar, por excelencia, del discurso crítico”, concluyó.

La conferencia de la presidenta fue provocadora, generó crítica y contracrítica; corrió el rumor de que todo era una farsa en el que ella hace de astuta burócrata que salta de congreso en congreso, y que su escala en Bogotá fue por influencia de una profesora local, también miembro de la AICA, que devolvía atenciones por una invitación a São Paulo en el 2007. Pero fue tan real el papel que como único consuelo tocó pensar que la presidente estaba siendo irónica: su monólogo expresaba el reverso exacto de lo que en verdad decía. Y si movía sus manos, como enrollando una madeja, diciendo que en el Museo “ellos pensaban mucho la crítica”, o que la exposición Mujeres Artistas era prueba de ello, significaba que no pensaban la crítica, y su manoteo era el gesto falaz de una estatua que aparenta movimiento. A la presidenta de los críticos no parece importarle el sacrificio de su buen nombre ante el altar de la crítica: ¡Qué entrega!

La AICA es una ONG bajo el patronato de la Unesco y cuenta con más de 4.200 miembros repartidos en 62 secciones. Su página en internet, una cantera inmensa de ripios y gazapos (y de más crítica), es útil para todos aquellos grafómanos y comentaristas criollos ganosos de asistir a congresos y de obtener una credencial de la AICA que permite visitar gratis las ruinas de todos los museos del mundo… Sólo hay que escribirle un correo a la presidenta de los críticos en Colombia, Celia Sredni de Birbragher, y preguntar por los planes de suscripción (cbirbragher@artnexus.com).

La viveza común a estas latitudes ha logrado una proeza memorable, el anacrónico ejercicio de la crítica de arte tiene por fin un fin: el turismo cultural.