sábado, 27 de diciembre de 2008

Milagro en Lima


El cuento es que en la mañana del martes 2 de abril de 2002 en el área de Ventanilla en las afueras de Lima, Perú, una montaña se movió.

El “milagro”, como no dudan en llamarlo los “ignorantes”, fue señal de que la fe mueve montañas. En los extramuros de una ciudad deprimida por la mala planificación urbana, donde viven más de setenta mil desplazados, en medio de “latas de sardina, zapatos viejos, pedazos de pan, pericotes muertos, algodones inmundos”, como describió el escritor peruano Julio Ramón Ribeyro el suelo de esta tierra enemiga, la quieta desesperación cedió ante un leve momento de epifanía.

Pero el cuento también es que el artista belga Francis Alÿs estaba en Lima para un evento de arte en el año 2000, un año antes de la caída de Fujimori, y percibió que el país vivía una “situación desesperada” y decidió actuar: “Sentí que demandaba una respuesta ética, un gesto a la vez heroico y sutil, absurdo y urgente”. Y dos años después Alÿs produjo la acción: más de 500 estudiantes voluntarios de una universidad formaron una hilera que pala en mano peinó a lo largo de dos horas la superficie de una protuberancia de arena, hundieron la herramienta en el suelo, botaron la palada enfrente y por el efecto de ese rastrillo humano la silueta de 480 metros de la modesta duna se movió casi 10 centímetros. La obra de arte, como no dudan en llamarla los “informados”, se tituló Cuando la fe mueve montañas y fue difundida —“La montaña va a Mahoma”— en videos, mapas y dibujos expuestos en revistas y museos, y reproducidos en una biblia de 200 páginas a todo color con textos críticos.

Si se entiende la palabra religión como “religere”, releer, volver a interpretar, el arte permite releer, no religar, no unir, sino cuidar una distancia, un espacio mental abierto, paradójico, tan fuerte que soporta la contradicción, alimento para la fe de ignorantes e informados, una religión sin dios que basa su poder en la imagen: unos leen la presencia divina, otros el simulacro lírico de movilización social de un artista-activista: “–¿Si supiste?, –¿qué?, –¡En Ventanilla se movió una montaña!”. “–¿Si supo?, –¿qué? –El artista Alÿs hizo una intervención artística que desromantizó el land-art”. El arte no es más que un rumor fantasmal, vive de la relectura que hace la imaginación. El arte navideño y su ritual es ejemplo de relectura, el niño dios es un pequeño rumor agigantado año a año, duna convertida en montaña, estampita milenaria que ha terminado por empapelar el universo, una imagen, nada más.

viernes, 19 de diciembre de 2008

Hacer y deshacer


La mayoría de los programas que se usan para hacer tareas en un computador tienen una acción llamada “deshacer” que permite eliminar las consecuencias del último acto que se ha hecho sobre un documento. En algunos programas esta acción se puede aplicar sucesivamente hasta retornar al estado virginal donde todo comenzó. La función de la acción deshacer es permitir que en el documento final no quede el menor rastro de error.

La inmediatez de este hacer y deshacer no da tiempo al hacedor de reconocer el poder del error: incapaz de superar los límites pragmáticos de la instrucción técnica se obsesiona con una idea fija que sólo concibe el paradigma de la perfección; esto, traducido al espacio académico y al aprendizaje del arte, explica por qué algunos estudiantes ante las demandas de la imaginación responden con la frase: “no sé qué hacer”.

Una manera de posicionar el arte en la universidad consiste en anteponer el pensar al hacer, ignorando que hacer es una de las maneras de pensar. Como consecuencia son muchos los estudiantes de arte que han adquirido la costumbre de pensar en exceso y de hacer poco; es como si se hubieran habituado solamente a leer, sin llegar nunca a pensar que ellos son lectores que escriben y no lectores que sólo leen al pie de la letra. Y entonces, para sustentar lo que hacen, no confían en lo que hacen sino en discursos grandilocuentes que ornamentan a partir de citas arrancadas a mordiscos de algún trozo del filósofo de moda. Esta manera mecánica de ver lo académico forma un estudiante más juicioso que inteligente, que asume lo creativo como la ejecución de una serie de acciones técnicas que ineludiblemente conducen a una respuesta: la obra de arte es la solución a una ecuación o la ilustración de una teoría. Este procedimiento puede ser útil para ciertas áreas o inclusive para ciertas obras, pero en general es poco afortunado. La más grave consecuencia de esta manera de razonar es que apenas el estudiante detecta una fisura en la “construcción teórica” que fundamenta su obra, el hacedor asume la paradoja como un error y ante el temor a equivocarse (o a sacar mala nota) comienza a deshacer hasta que termina por retornar al estado inicial donde todo empezó; lo que sigue es decir: “no sé qué hacer”.

El efecto deshacer excluye el error, excluir el error en el arte, como en la vida, es un error. Un estudiante de arte está en la universidad para cometer errores, no para pensar que puede deshacer lo que ni siquiera ha sido hecho.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Hórror vacui


En “Al norte por el noroeste” el director de cine Alfred Hitchcok insertó una imagen final: una pareja es perseguida por criminales en el monte Rushmore, ese icono de los Estados Unidos donde un escultor, con la ayuda de 400 trabajadores, talló sobre la piedra la figura descomunal de los presidentes Washington, Jefferson, Roosevelt y Lincoln. Con esa imagen Hitchcok creó una tragicomedia de emociones: somos pequeños ante las fuerzas de la historia pero, a la vez, basta un par de figuras, a escala de moscas, para ridiculizar las más solemnes y monumentales aspiraciones; el título inicial de la película era “El hombre que estornudó en la nariz de Lincoln” pero fue cambiado por temor a herir el sentido patrio.

La tragicomedia es una género ajeno al “maestro” Jaime Guevara, quien lidera el proyecto de esculpir en pleno Cañón del Chicamocha su “Monumento a Latinoamérica: grito a la libertad”. Incluirá las figuras de siete criollos protagonistas de la Independencia, “cada cabeza tendría 70 metros de altura y un espesor de tórax de 60 metros para que se pueda apreciar a una distancia de 15 kilómetros”. La iniciativa es similar a la que se llevó a cabo en esa misma zona, “Un monumento a la santandereanidad”, que representa la gesta comunera sobre una hoja de tabaco de 57 metros de largo y 35 metros de ancho, sembrada con 35 esculturas y 24 lanzas metálicas; un homenaje a la “raza santandereana” que pasó del dicho al hecho y que hoy vive de un turismo cautivado por parábolas mesiánicas desde que fue inaugurado por el presidente en 2006.

La obra de Guevara tiene autorización del Ministerio de Minas y el 3 de diciembre, en la Casa Santander de Bogotá, con el gobernador Horacio Serpa a bordo, se presentaba el proyecto a embajadores, Ministros de “Cultura” y “Ambiente”, y personalidades.

El maridaje entre arte, política y patria junta el hambre con las ganas de comer y en su gula los artesanos de ilusiones arreglarán cifras y proyecciones de trabajo, turismo y comercio capaces de acallar cualquier protesta estética.

Dicen que el nacionalismo es como un pedo, solo le gusta al que se lo tira y estas densas ventosidades libertarias serán el hedor que emane de las toscas bocas esculpidas por Guevara y los políticos que lo acompañan, el aire de la zona ya no será el mismo. Esta claro, el silencio de los espacios infinitos del Cañón de Chicamocha espanta a los hombres. Se trata de “Quitarle a la montaña lo que le sobra y agregarle el toque mágico del hombre” agrega Guevara delirante en su hórror vacui.



viernes, 5 de diciembre de 2008

Marxismo para dummies


En la China existía la costumbre de poner a los jóvenes a copiar a mano libros clásicos como acto solitario de lectura. El reflejo deformado de esta acción es la tradición de dejar a la vista un impoluto y lujoso ejemplar de Don Quijote de la Mancha en mesitas y escritorios de hogares y oficinas. La exposición Manuscritos de Milena Bonilla, en Valenzuela Klenner Galería, se debate entre el cuento chino y la ostentación. La artista (o “transcriptora”) expone tres versiones manuscritas de un libro: el primer tomo de la edición de 1867 de El Capital de Karl Marx.

Una copia va en libros impresos que reproducen en línea peluda el retrato greñudo del autor. En las 320 páginas del ejemplar la escritura sufre alteraciones cardiacas: la página legal de créditos y patrocinadores es hecha por una mano díscola y sin embargo sumisa, legible; pero al momento de transcribir el contenido la mano es “artística” y la escritura es torrente lineal de letras que retorna a una calma cada vez que copia los títulos de los capítulos: una concesión de mesura que se afana en dar constancia del trabajo: ¡Sí, está completo, lo copié todo!. En una vitrina hay una segunda versión de lujo más grande, con tapa dura y filos dorados. La tercera copia es más diestra, con letra escuelera pero ilegible en conjunto, bloques siniestros de palabras que exceden por punta y punta el campo de visión del lector.

En cierto punto invoca una cita certera de un Marx de 1842 que dice: “la oscuridad de una noche sin final se yergue sobre el texto para hacerlo retorcerse en un silencio incomprensible, siniestro”. El Marx jóven profetiza el destino opaco del Marx viejo: ser pretexto para una generación de copistas desangelados (artistas, políticos, teóricos…) que evocan el fantasma de la rebeldía rayando y rayando sobre un triste juego de güija. La trascripción convierte en letra muerta El Capital y le regala al mundo un nuevo producto, un “libro-arte”. Pero la postproducción engalla el gesto fundamental, opaca la guerra principal: la que tiene todo lector consigo mismo, la de un transcriptor que vive atrapado entre el deber y el placer, entre escribir para el mundo o dibujar para si mismo.

Un nuevo cuento dice que una versión pirata del libro de Bonilla, sin créditos, cruda, circula en la calle por fuera del circuito galerístico… el rumor lo prueba, el arte es un acto social hecho por hombres solitarios, que terminarán también por sucumbir… ¡y qué Dios los perdone! ¿Qué puede escapar al omnívoro engranaje del mercado?