jueves, 23 de octubre de 2008

Arte y parte


Mientras algunos políticos usan las exposiciones de arte para hacer política, algunos artistas usan la política para hacer exposiciones de arte; el problema es que cuando las cosas no logran trascender el terreno infértil de la politiquería, lo único que queda es una serie de documentos que con pretensiones moralizantes muestran el falso heroísmo de un artista que se “atrevió” a cuestionar la autoridad.

En Cali, en el Instituto Departamental de Bellas Artes, se exhibe “El Salón de Los Relegados. La belleza, la Cultura y la Elegancia de la Especulación Crítica”. Una exposición curada por Iván Tovar y Mónica Restrepo, que alterna obras con correspondencia legal: hay una carta oficial de expulsión de dos estudiantes por “actos vandálicos” junto a la tutela que obliga y protege “el derecho a la educación”; hay una mesa patas arriba sostenida al techo y una carta donde el encargado de mantenimiento de la institución pide que quiten la obra de un lugar público porque “atenta contra la seguridad de los transeúntes”; está el retrato de un ominoso narcotraficante grafiteado sobre un gran collage hecho a partir de vallas de políticos en campaña por el Valle (esta obra fue retirada de la fachada de Bellas Artes a petición de un funcionario de la Gobernación que adujo que si seguía montada “el Instituto se podía quedar sin la papita” en la repartición del presupuesto).

En una carta, la Directora de Arte informa al Rector de Bellas Artes que los estudiantes ven un pénsum amplio donde crítica y pintura son cursos paralelos. Y entre otras piezas hay una carta en braille con la palabra “corrupción” dirigida al pasado alcalde de Cali, un funcionario invidente…

La muestra va de las leguleyadas a la ley alternando entre un activismo político naïf y una estetización irónica y aguda sobre la política. Alan Riding, un periodista, dice que “la cultura puede y debe siempre retar al poder”; en la exposición “El Salón…” esto se cumple a cabalidad: el conjunto —no sé si a pesar de sí— es una puesta en escena bastante realista del tinglado politiquero (artistas incluidos) que rodea los eventos del arte.

Pero aunque el arte sea hijo de su tiempo tiene el deber de distanciarse y trascenderlo, su significado no puede ser resuelto en una ecuación unívoca. Es por eso que la obra en la que un artista, con fuerza y determinación, hizo 21 variaciones sobre su propio retrato, es pieza fundamental de esta curaduría: muestra que una de la formas más efectivas de hacer política desde el arte es ser indiferente a la politiquería.

(17 de octubre, 2008)

Sabatina


El sábado los vampiros se quedan en sus ataúdes, es el día más apropiado para cazarlos; sólo los nacidos el día de Saturno pueden ver estos espectros así se tornen invisibles.

Las sabatinas de la imaginación son ajenas a los que acuden a sus designios laborales o cumplen con tareas domésticas atrasadas: "coca cola mata tinto", el sábado se embolata y no puede ser reemplazado por domingo (un día que nace arruinado por culpa del ominoso lunes).

En Bogotá, en los sábados de octubre, al otro lado de la consabida "oferta cultural" de óperas, operetas y zarzuelas, hay encuentros vitales: en el Museo de Arte de la Universidad Nacional, sala 1, hay dos proyecciones de video de Miguel Ángel Ríos: en "White suit" un gaucho baila y se pasea entre dos pantallas, zapatea fuerte y provoca con cebos de carne cruda a unos perros asesinos y voraces. En "A morir" un pequeño tablero es invadido por la danza de oscuros trompos de tamaños variados que caen sobre el escenario, giran sobre la inercia de su propia energía concéntrica, chocan unos con otros, indiferentes, hasta que caen y uno a uno es reemplazado mientras el juego continúa y se transforma en una alegoría del tiempo, danza eterna de los ciclos de la vida.

A la salida del museo atardece, la luz se cuela entre los árboles del campus universitario, una ciudad blanca y silenciosa, suspendida entre el brillo y la oscuridad, entre el pasado y el presente, entre la historia y la acción.

Cerca de ahí, en la Casa Ensamble de Bogotá presentan "Pharmakhon", una obra de teatro escrita por Carlos Mayolo, dirigida por Sandro Romero, interpretada por Alejandra Borrero. El personaje en escena es un espectro paradójico: niño viejo, genio borracho, megalómano generoso, creador impenitente, drogadicto lúcido, terco explorador, bello perdedor, poeta efímero, iracundo y feliz. El monólogo del protagonista es contrapunteado con glosas de actores amigos que hacen el rol de galenos antagónicos: tratan al paciente con una moralina geriátrica fría, inversamente proporcional al amor real que le tuvieron en vida. Quizá esta pieza nunca sea interpretada con tanto amor, humor, cuidado, calidez.

Mientras tanto, en una realidad paralela, menos profunda y compleja, un político-cuentero repite: "Quien compra una dosis personal de drogas ilícitas ayuda a explotar un carrobomba en Colombia y a destruir cuatro árboles de nuestra selva amazónica" Qué pobreza e impotencia la de éste libretista, al menos el sábado pasan otras cosas, no todo es "trabajar, trabajar y trabajar…"

(2 de octubre, 2008)

Curaduría y hospital


“La obra es al fondo”, dijo el portero de ‘Sin remedio’; la obra: una exposición curada por Mariangela Méndez, que tuvo lugar en un hospital en desuso.

El sentido común del portero es útil para cuestionar un titular de prensa sobre la exposición: “Con arte denuncian la crisis de la salud’. Si la denuncia fuera lo principal lo mejor habría sido agremiarse, entablar tutelas, hacer marchas y subastas, porque pedirle al arte que denuncie, hoy en día, es desconocer la acción política, es ejercer una diletancia acomodaticia: como si sólo el artista héroe fuera capaz de ver los desastres de la guerra…

Pero que las obras adquieran dimensión política no depende sólo de la intención del artista, es necesario el concurso de periodistas, mercadotecnistas, jueces y moralistas… este malentendido es confrontado por la curadora en su plataforma curatorial: “Las obras en esta muestra contribuyen a mantener un régimen de verdad y unas creencias. Los artistas juegan y utilizan sus reglas para hablar de ese mundo que conocen, manejan y critican, y esa crítica los legitima como artistas críticos, indispensables dentro del mismo régimen. En esencia los artistas conservan el orden establecido en este mundo, lo necesitan, por eso se preocupan por la salud de su enemigo”.

‘Sin remedio’ tiene momento altos y bajos, pero en algunos se destaca el gesto crítico de la exposición: en Retorno una artista alienta su obra con bombas de jabón tinturadas que manchan de rojo una pared; Agenda es una columna burocrática, dorada y críptica de papel; en FH Redentor una estatua indolente no atiende los ruegos de los necesitados; en Borde de pánico un guante con un lápiz une los puntos distantes de un rastro de sangre; en Grasa, jabón y plátano sólo hay una resbalosa reiteración; en La raíz de la raíz un político reflexiona sobre una lúcida propuesta que hizo al inicio de su carrera y que ahora, años después, se torna en un oráculo vindicativo.

‘Sin remedio’ logró por momentos la belleza de la indiferencia, un estado pleno de sentido que comprende el lugar del mercado, la Historia o el ego del artista, pero que antepone el cuidado de la exposición a los trámites del oficio; la curaduría no es un servicio o un favor, es un ejercicio que sabe lo imposible de hacer algo a partir de la nada y entonces, sin remilgos ni pudor, hace: escribe, colecciona, expone y crítica desde y para las obras; aquí y ahora.

(26 de septiembre, 2008)

Crítica de arte en Yopal


Di una conferencia sobre crítica de arte en Yopal, se decía que allá “no había nada”: ni museos, ni galerías, ni salas de exposiciones, ni escuela, programa o facultad de arte, ni biblioteca, es decir, una conferencia que podía ser válida en otro lugar, allí podría no tener piso. Busqué un suelo común, algo tan cercano como el vuelo Bogotá-Yopal. Pensé en la comida.

Expuse un par de columnas del fallecido crítico Kendon Macdonald. En “Michael en la zona rosa” el crítico no se descresta con la parafernalia del restaurante (“Si se hace una inversión gigantesca en la decoración, hay que garantizar que la comida sea igual de buena”) y pasa a lo importante: la comida. Habla del Cassoulet (uno de los grandes platos de la cocina francesa), sopesa una base de tomate bastante “agradable” que no ayuda a que sobreviva el plato original: “Estaba sobrecocinado, salado y pegajoso”. Añade: “Así no va a ganar nuevos fanáticos”.

Habla de otros platos y pide un postre que describe en detalle: “Una tacita de café hecha de chocolate y rellena con helado” más “un tabaco hecho de ponqué de chocolate y cubierto con una ganache de chocolate”, “espectacular en su presentación” pero, dice, “para mi gusto demasiado chirriado”: el restaurante puede ser del gusto de las personas a las que les “encanta pagar sus considerables precios. Pero ¿quién quiere partir manteles con alguien así?”. Kendon no se va por las ramas, habla de la comida (de las obras) sin teorizar en exceso, encuentra en un plato (una obra) aspectos interesantes aunque desapruebe el conjunto y se divierte: para señalar el paso desafortunado de lo sencillo a lo superfluo usa “chirriado”.

En “Michael 2” el crítico regresa y se da cuenta de algunas cosas que han mejorado: los juicios de la crítica nunca deben ser asumidos como definitivos. Y ahí cuenta lo siguiente: él está en un almuerzo y alguien dice: “¿Leyeron al h.p. que escribe de restaurantes en El Tiempo?”, el crítico se levanta, le da la mano y dice: “Encantado, yo soy el h.p. que escribe en El Tiempo”. Ante los opinadores el malo es el crítico, no el cocinero, estamos acostumbrados a la lisonjería y al protocolo, cualquier crítica nos parece el fin del mundo, sólo hay buenos y malos.

En Yopal es latente la transición de lo tradicional a lo nuevo, una confrontación difícil en la que todavía no hay ni buenos ni malos, fue importante concluir que los protagonistas de la crítica NO deben ser los críticos, sino la cocina (el arte), la comida (las obras), los restaurantes (museos, espacios y galerías).

(19 de septiembre, 2008)

La vida sexual del dinero


El pasado mes de agosto el periódico El Tiempo hizo lo propio con las exposiciones de arte: en más de nueve ocasiones las inauguraciones fueron la noticia destacada en las páginas sociales.

Nada pudieron matrimonios, showers, despedidas, rumbas nacionales, fiestas consulares, frijoladas, premieres, lanzamiento de champañas y perfumes... las inauguraciones de arte, con un tercio del cubrimiento, son el evento rey de las sociales. En términos de pauta comercial el espacio vale al año más de 150 millones de pesos. ¿Todo este cubrimiento es por amor al arte?… “El arte se ha convertido en la vida sexual del dinero”, afirmaba un crítico.

En la mayoría de eventos (cine, música, teatro) el espectáculo interrumpe la conversación, en las inauguraciones de arte la conversación es espectáculo: precede, acontece y sucede al evento, ignora el arte y sigue hablando; pero, por cortesía (acaso pudor), asume una actitud disimulada: algo de conversación, algo de arte, un par de comentarios sobre lo expuesto… expuesto a la indiferencia: las obras, como dice Borges, “no sabrán nunca que nos hemos ido”, o que no estuvimos ahí realmente.

La inauguración de arte es una pasarela colectiva y rotativa, llegar temprano o tarde no importa (a menos que el trago se acabe). Es evento perfecto para una primera cita: para conocerse y ver a quién conocen. El interés desinteresado del arte sirve como disculpa para los ‘interesados’ del arte: coleccionistas, diletantes y amateurs se irradian de mecenazgo, bohemia y sana locura; productores de arte usan este coctel bursátil para cerrar afanosos negocios que cubran todo lo que no puede exhibirse con decoro: cuentas de arriendo, agua, luz, teléfono, colegios… (algunos —con simpleza— enmarcan y venden la pobreza del otro para alejarse de la propia, la alquimia del comercio: nigromancia y culpa se transmutan en ‘compromiso’ y ‘denuncia’).

“¿Qué ofrece la prensa?”, es la pregunta que hace y responde el área de publicidad de un periódico como, por ejemplo, El Tiempo: “Es un medio que da imagen y prestigio. La prensa es el medio que goza de mayor credibilidad e influencia en la opinión pública”. Es tan efectivo y creíble que hay personas que ven las sociales y no entran a las galerías, asumen que ahí cobran la entrada, exigen invitación o hay que estar elegante (no son ‘hombres y mujeres entre 28 y 64 años de estratos 4, 5 y 6’: el target del periódico). Este equívoco no lo sufre casi ningún artista, ellos, como lo sabe un cotizado pintor norteamericano, son “la élite de la servidumbre”.

(11 de septiembre, 2008)

Iluminación y mampostería

Una exposición comienza por su invitación: en la de Zafiro y Acero, de Edgar Germán Ruiz, hay un bombillo visto de frente, empotrado en una pared cruda y gris: no está fundido, su filamento de tungsteno, intacto, está apagado, la superficie cilíndrica refleja la ventana de una habitación; el bombillo no encandelilla, deja ver, intriga, extraña, entiende uno el interés que tuvo Jan Van Eyck en 1434 cuando en el retrato de los Arnolfini pintó un espejo convexo que reflejaba una visión completa de la escena: una ilusión pre-fotográfica capaz de atrapar y cerrar un espacio en una sola imagen.

Pero no iluminemos en exceso, lo que vemos es una asociación acertada de dos elementos cotidianos (bombillo y pared) y un efecto (el reflejo), una invitación, un breve lapso que atrapa un momento y abre un espacio en nuestra ociosa imaginación.

Una exposición sigue con las obras (y no hay que hablar de todas). En dos de ellas aparece de nuevo el bombillo: ajenas a los extremos por donde circulan otras obras que se entregan con simpleza a ser arte sobre arte, o que asocian materiales con poca gracia, estas dos piezas renuncian a ser “contemporáneas” (como a un apellido que da pedigrí), logran ser extemporáneas; esto se refuerza con otra pieza que da un carácter intemporal al conjunto: un volumen de cemento gris con un hueco y un péndulo circular, un reloj anónimo sin horas.

Zafiro y Acero está en el tercer piso de la galería y/o fundación Valenzuela y Klenner; un espacio en construcción, crudo, sin guardaescobas o dilataciones de bronce en el suelo, afín a lo expuesto por Ruiz: una serie de obras que saben estar ahí gracias a un trabajo cuidadoso y bien medido que las funde con las paredes del lugar en un límite pictórico que da placer ver. El “maestro” Ruiz ha hecho un arte de ferretería, de tres pesos, pero de inmenso valor y, en unas piezas más que en otras, ha logrado hacer algo escaso en la plástica local: concretar

Una exposición se cierra —mas no termina— con los títulos: aquí el bautizo de las piezas (“Casting Time”, “Luz Sólida”, “Díptico (Pectus)”) borra con el codo lo hecho con las manos, una astucia habitual en algunos “maestros”: ornamentan con lírica, opacan la forma con cortinas de humo efectistas, útiles para el fluir ideológico, que falsean y ocultan logros plásticos irrefutables (ejemplo: “Shibboleth” de Doris Salcedo). Nada como la píldora de sensatez escultórica de la imagen de un bombillo apagado que no encandelilla y deja ver la exposición: sabe estar ahí, invita.

(5 de septiembre, 2008)

Artes Aplicadas


Un estudiante le muestra al profesor de su clase de dibujo un proyecto que hizo en un taller “intermedial”, su “investigación” se llama “Semen-terio”: hojas de periódico, los obituarios, manchadas con trazos que hacen una cruz; “fueron hechos con semen”, añade el estudiante.

El profesor se ahorra la referencia a Duchamp y nota sobre la mesa una libreta de apuntes, pide verla, el estudiante se muestra reticente, el profesor insiste. En la libreta, casi escondido, hay un dibujo a lápiz de una botella, un objeto sencillo pero sugerente: un trazo decidido, un brillo bien puesto y un buen final (en dibujo hay que saber cuando parar) logran un aire extraño, misterioso. Dos o tres dibujos concretan algo similar: decir mucho con poco, con humildad, sin grandilocuencia. El profesor pregunta la razón de no mostrar esos dibujos, el estudiante dice que no los muestra “porque no los sé explicar”. El profesor piensa en lo que acaba de oír: no se muestra lo que no se sabe explicar, lo que no “comunica” en una fácil ecuación: semen, cementerio, obituario, cruz… blanco es, gallina lo pone… cinco aclamado… título de Maestro en Artes Plásticas… vendido…

La Galería Nueveochenta expone ‘Siguiente, por favor’, una muestra colectiva que reúne el trabajo de más de 10 artistas, la mayoría han pasado por la universidad (los autodidactas ya no existen) y lo expuesto es muestra de esta experiencia pedagógica que se afirma en lo explicativo: así como en una clase un profesor inventa un tema (“Cuerpo rizomático”, “Palimsesto posmoderno”, “Vida-Muerte”, “Lugar-no lugar”, “Bricollage”) y premia los trabajos que mejor cumplen con la receta cifrada que él propone, la Galería Nueveochenta expone una serie de obras que parten de la idea del “cadáver exquisito”, ese ejercicio surrealista que los docentes del bachillerato usan para fomentar la lúdica grupal.

Las obras funcionan como un silogismo, proponen un problema y su casi inmediata solución, una respuesta útil ya no para sacar un cinco en la academia sino para generar un texto que empalme bien en la cadena de transmisión artista-galerista-periodista-comprador. Algunos trabajos, gracias al placer de la inteligencia y la inteligencia del placer, lograron ir más allá de la ecuación (Lorena Espitia o Luis Hernández Mellizo), pero sólo en dos trabajos hay algo más cercano a la poesía que al compromiso ideológico (Jaime Tarazona y Jimena Andrade) y que validan el viaje hasta esta galería que por momentos parece una agencia de publicidad donde sus “creativos” hacen un arte “profesional”.

(28 de agosto, 2008)

Performance y caricatura


El problema es el de separar: el arte es una cosa aparte, remota, sagrada, solemne, que no toca la realidad. Pero resulta que no, el arte sólo exagera la realidad: una mujer que se convierte en caricatura de sí misma es tan artista como el caricaturista que la retrata, aunque ella no se dé por enterada.

Es reciente que durante las transmisiones de los noticieros nocturnos aparezca, de lunes a viernes, una periodista de pie, de la cintura para arriba, repitiendo día a día el mismo show de “burlesque”. Ella es bonita mas no hermosa, luce una camisa ajustada, arremangada (trabajar, trabajar y trabajar), con un escote profundo que aumenta o disminuye según al aire trágico o festivo del balance noticioso. Las dama ostenta una cabellera dúctil, una cintura correcta, una sonrisita socarrona y displicente, y un ajuar de guiños cómplices.

Con efectos de luces y sonido comienza su performance, muestra su talento histriónico, hace el hechizo de representación con que se gana el pan… mira de frente a la cámara, sonríe, alza su mano y con sus deditos dice: ¡Uno!, ¡Dos!, ¡Tres! Y el televidente alelado se da cuenta de una verdad inobjetable: ¡la periodista sabe contar!

Su número trae de ñapa un set de noticias disfrazadas de secretos y chismorreos pañetados con el morbo de la confidencialidad; menciona cosas leves, vanas, la mayoría son tonterías vestidas como astucias, de vez en cuando dice algo grave, medido a cuentagotas, y veloz lo deja ir, al final todo queda nivelado, cae el telón de olvido, llega a su fin la hipnótica sesión; Dios mío, en tus manos “colocamos” este escándalo que ya pasó y el escándalo que llega, mañana será otro día y, como dice la canción, “tu amor es un periódico de ayer”; luego de esta transición, desaparecen las noticias odiosas, el noticiero sigue con las masacres futboleras y se despacha con noticias amables que conducen al vidente a la pantalla del ensueño, al distante paraíso de mermelada de la gente del espectáculo y la “cultura”.

Una revista semanal publicó una sátira a una entrevista televisiva que la periodista, todo pecho y corazón, le hizo al Primer Mandatario de la Patria. El arte satírico, que consiste en condenar a las personas con frutos de su propia cosecha, puso a nuestra heroína de la verdad en ridículo, pero ante el infame ataque del caricaturista ella debió sentirse orgullosa: su arte de caricaturizarse a sí misma, al periodismo, a la televisión, es muy superior. La vida supera al arte, con mucho.

Que siga la función…

(21 de agosto, 2008)

El pobre museíto


Se inauguró Los Desaparecidos en Bogotá, una exposición de arte que genera fricciones por muchas razones: porque trae a la memoria una práctica criminal común a muchos países, porque la lectura que hace del pasado sirve para leer el presente (sobre todo ahora que los jefes paramilitares desaparecen extraditados con sus crímenes abordo), y porque la muestra se exhibe en el Museo de Arte Moderno de Bogotá, una institución que cuenta con sus propios “desaparecidos”.

La más notoria es Marta Traba, su fundadora, que murió en un accidente aéreo cuando regresaba a Colombia, con muchos planes en mente, como volver al museo y hacer contrapeso a los avances de una administración recia, voluntariosa y voraz.

Otro “desaparecido” es la escuela de guías, que dirigió Beatriz González y contó con Doris Salcedo, Daniel Castro, José Alejandro Restrepo, Claudia Fischer, Carolina Ponce de León y Enrique Ortiga, entre otros. Un “desaparecido” más es la curaduría, que mal que bien funcionaba con el antropólogo Eduardo Serrano y el historiador Álvaro Medina, pero que en los últimos años no existe, a no ser que “curaduría” sea un infomercial sobre muñecas Barbie, el montaje y desmontaje de una colección permanente cada vez más reducida, unos salones de arte joven (¿hay arte viejo?), una bienal que se celebra cada seis años y “homenajes” a grandes, medianos y pequeños maestros con un salpicón de citas protocolarias y un montaje de tres pesos en unas salas cada vez más oscuras.

Otro “desaparecido” es el público, que sólo acude en masa a las inauguraciones (¡fluyan las libaciones!), o que asiste a extensiones del museo como al bar El Sitio, en el norte, donde se armó la exclusiva “rumba del MAMbo” con el fin de recaudar dinero —“bono de donación” de $450.000— para construir una pirámide, perdón, un nuevo edificio de más metros cuadrados para mostrar la abundante inopia.

Un último en la lista es Alfonso Rodríguez, conocido como El Gordis, el contador del museo que luego de colaborar durante años arreglando libros “desapareció”. Sus obras de contabilidad, sopesadas en detalle, contarían la historia reciente del MAMBo y otras “desapariciones”. El museo es un mausoleo para el arte, pero aún puede ser un mouseion (“casa de las musas” en griego): un lugar de inspiración para todo el que se atreva a rastrear el destino de los dineros públicos que recibe esta institución.

La gloria es cosa del pasado, lo de hoy es un pobre museíto “sin nadita que comer, sino carnes, frutas, dulces, tortas, huevos, pan y pez…”.

(14 de agosto, 2008)

El malo de la película


La película Yo soy otro estuvo menos de una semana en cartelera en Bogotá, ahora sólo existe, en una función, en un cineclub que sobrevive en el centro de la ciudad.

El ocio del cine es negocio y la película de Óscar Campo careció de una estrategia de marketing efectiva. El contraejemplo es La Milagrosa, un filme que aparece hasta en la sopa y que incluso tuvo un placement (publicidad indirecta o por emplazamiento) en la pasada versión de Colombiamoda: el diseñador Carlos Valenzuela disfrazó a sus modelos con ropa holgada y barbas largas, un look cuidadosamente descuidado en alusión a la facha tragicómica del galán que protagoniza esa “respetuosa, objetiva y seria” superproducción sobre el “conflicto nacional”; la música de Juanes y Aterciopelados son parte de este combo de branding criollo, “sinergia” entre industrias del cine, moda y tragedia.

Yo soy otro tuvo reseñas favorables pero de nada sirvió la acogida que intentaron los críticos: inmune a la alquimia de lo light no circuló por las venas del “maravilloso mundo del arte y el espectáculo”. La película no fue píldora cultural, la protagonista no se encueró portada como Yidis, el director no tuvo el “buen registro” de Simón Brand, y le faltó un eslogan comprometido tipo: “un granito de arena para conseguir la paz que anhelamos todos los colombianos”. Yo soy otro confió —de manera bastante ingenua— en la madurez de su exhibidor: Cine Colombia, que aceptó mostrar un producto colombiano rechazado por otras empresas (Procinal y Cinemark).

En Bogotá, el pasado domingo, daban El ángel del acordeón a las 11 a.m. en Gran Estación, Escucha tu destino a la 1:45 p.m. en Avenida Chile, Súper Agente 86 a la 1:40 p.m. en Metrópolis y Wall E a las 10:30 p.m. en Portoalegre, pero de las 420 (sí, cuatrocientas veinte) funciones de Cine Colombia programadas para ese día, nada, ni una sola, era para Yo soy otro, ni un espacio discreto, insólito, arriesgado, cercano al carácter de la obra de Campo y a la audiencia que busca este extraño tipo de películas.

Cine Colombia mató el tigre y se asustó con la piel (y pronto la botó a la basura); “Cineco”, la mascota de la empresa, un muñeco con dos puntitos como ojos, mira pero no ve: Batman, el caballero de la noche podría haber ayudado a Yo soy otro, ¡millonario enmascarado ayuda a pobre diablo! Cineco gana en good-will…

Si hay que buscar a un malo en esta película, Cineco, miope para el arte del cine, rechoncho de crispetas y codicia, está a la altura del papel.

(7 de Agosto, 2008)

Casas y cosas


La vida de las casas modernas de Bogotá llega a su fin: de uso familiar a comercial, de ruina a escombro, de fantasma a parqueadero, mole de dormitorios o edificio de oficinas. Las casas que sobreviven son “de conservación”, ejercicios de pastelería en su mayoría.

Diseñadores y arquitectos ornamentan las fachadas a punta de letreros, rejas y pañete, exfolian el frente y tumban el interior, pintarrajean una atractiva máscara histórica que le hace un guiño al comprador: un efecto de tradición, familia y propiedad. Y no sólo las casas mueren, las cosas también, ya nada dura, lo que se daña no se arregla, se bota.

La exposición “Apéndice”, de Gabriel Sierra, en la Galería Casas Reigner, es un observatorio, un ensayo agudo, incrédulo y poético acerca del poder del diseño y la arquitectura sobre la vida.

En un popular diseño de percheros los pulidos botones de colores que sostienen la ropa son reemplazados por frutas que maduran y se pudren a la vista… en otra casa comercial, cuadras más abajo, hay una brillante y colorida fantasía del progreso: en las góndolas del supermercado Carulla los frutos son promesa madura de eterna juventud, cuernos de abundancia afines al diseño del escudo nacional. En otra pieza, Sierra juega con manzanas que envejecen ante fríos espejos en un impío caleidoscopio, un artificio platónico… un espejismo similar al de esos restaurantes donde se come diseño, vacío, dieta sin sabor, gula de la imagen.

El laberinto que llega al corazón de la exposición es un corredor de cajas, espacios, música, largas hileras de libros anónimos forrados de papel blanco y gris, bibliotecas por metros para la casa del hombre sin atributos, superficie rompecabezas que desemboca en un plano general de asociaciones: maquetas de casas y estrechos habitáculos unipersonales y multifamiliares; diseños enfrascados; collages de viejos anuncios de carros afectados por herrumbre; instrumentos para medir que miden lo inconmensurable, reglas enmarcando el reflejo de la cotidianidad, de la nada, de los observadores observados; un viejo tazón agrietado, indeciso, donde se abisman un “sí” y un “no”; un par de cauchos con los cuatro puntos cardinales: brújula elástica y caprichosa para una ciudad que hace rato perdió el norte.

Afuera, a unos metros de la galería, un anuncio es eco de “Apéndice”, señal de la destrucción de la antigua mansión del lenguaje, entrada al tugurio de las ocurrencias, signo tragicómico de la guerra que pierden la arquitectura y el diseño en la ciudad: “Parqueadero The Parking Lot”.

(31 de julio, 2008)





El Señor de Faca


Un amigo me contó sobre un pájaro jardinero de Nueva Guinea, el Capulinero Satinado, que construye un umbral de espigas con saliva y luego decora el área circundante con objetos que comparten una propiedad: no importa si son botones, tapas, semillas, papeles o envolturas de dulce, las cosas que recolecta para armar su instalación son todas azules.

Este comportamiento es una estrategia de apareamiento, la hembra recorre la “avenida” y juzga, según criterios estéticos, la arquitectura, los objetos, la sensibilidad del macho. Carlos Rojas: una mirada a sus mundos, es una exposición que me recuerda al Capulinero Satinado. Los curadores aquí redujeron las explicaciones teóricas al mínimo y acentuaron la materialidad, la sensualidad de las cosas, de las obras.

Las exposiciones históricas, por lo general, son concebidas como tratados en los que una larga sucesión de documentos sirve de pieza didáctica para educar a un público, con resultados muy útiles: hordas de escolares van de sala en sala, copian lo que ven escrito (muchas veces ni siquiera ven las obras) y luego recitan la tarea.

Este hábito pedagógico explica un problema: una sociedad que privilegia la mirada, es cada vez más analfabeta en términos visuales, y para animar una imagen dependerá siempre de textos, maestros y presentadoras de moda que le expliquen lo que está viendo.

La exposición del Museo Nacional propicia todo lo contrario, su lectura, “ligada a una imagen del artista como paseante en espacios físicos”, no somete al espectador a nubes de langostas en forma de palabras, diagramas y diseño (para eso está el catálogo o internet), y con textos breves, un montaje sencillo y un inventario cuidadoso de obras y objetos del artista, deja que sea a través de la mirada como el espectador se abisme a la extraña sensibilidad del mundo que habitó Carlos Rojas: pinturas, dibujos, esculturas, cerámicas, obras de sus contemporáneos, paisajes y retratos, máscaras africanas, muebles, tejidos, tapices, tallas, piedras, semillas, arena… “Nunca he creado nada. He concretado cosas (…).

Para que fuera creación tendría que salir de la nada y lo mío es producto de una serie de cosas cuyo resumen se llama cuadro…”, decía este animal recolector.

La forma es ley en esta exposición, el artista, el coleccionista y los curadores comparten un instinto táctil, sensual, fruto de una contemplación repetida; para participar de esta muestra sólo hay que querer ver y encontrar correspondencias, no hay que “saber de arte”.

(24 de julio, 2008)