miércoles, 29 de abril de 2009

El pescador de académicos


De la portería le dijeron que un hombre lo buscaba a la entrada de la universidad para una consulta, se lo pasaron al teléfono.

Maestro, mire, yo vengo de lejos, no soy de la capital, leí su entrevista en el periódico sobre su nuevo libro, es muy interesante, sus respuestas me hicieron pensar muchas cosas, su crítica es muy valiosa y le da luces a alguien como yo, me vine con una hija enferma de cáncer, la traje en bus para una sesión de quimioterapía, ella está muy débil y la quiero mandar en avión, yo me devuelto por carretera, tal vez usted que conoce el país sabe de donde vengo. El hombre mencionó un lugar cercano a un centro vacacional, el académico afirmó conocerlo. Cuando usted vaya por allá pregunta por mi y yo lo atiendo, será un gusto, sobre todo por su altura, alguien que tiene el valor para hacer cuestionamientos tan grandes, valientes, que le cabe el país en la cabeza, me da pena molestarlo, pasé por una agencia de viajes cercana, me dicen que me faltan solo $40.000 pesos para el pasaje de avión, si los pago antes del medio día mi hija puede viajar mañana en la mañana cuando salga del hospital, y yo pensé, mientras lo leía en el periódico, tal vez usted me pueda ayudar, sobre todo por su ética y trabajo en una universidad tan comprometida con el país. El académico miró su billetera, bajo a la portería y le entrego el dinero a un hombre flaco, de piel oscura y ropa barata, nueva, tal vez comprada de afán para viajar de un clima a otro. La conversación telefónica se volvió a repetir. Se despidieron. Usted debería dedicarse a la política, yo votaría por usted. El académico sonrió.

Días después, en la noche, en el cóctel de lanzamiento de un sesudo estudio sobre la realidad nacional, un colega contó una anécdota idéntica a la suya, solo variaba en que el hombre no había leído el periódico sino que había asistido a una conferencia en una biblioteca pública, y no le faltaban cuarenta mil sino cincuenta mil pesos. El cuento finalizó con una moraleja reconfortante, paternalista: las ideas trascienden los ámbitos de la academia y le llegan al hombre de la calle.

El académico calló, paso de analista de la vida a analizado, recordó las investigaciones, los libros publicados, los artículos en revistas indexadas, las clases una tras otra: cosas que se dicen y publican porque eso es lo que hay que hacer (“publicar o perecer” dicen por ahí). Y cuando al fin aparece una voz entre la multitud, un desinteresado lector con interés, es pura ilusión, no es más que un astuto pescador de académicos que se acerca a la pecera universitaria con la vanidad como anzuelo.

viernes, 17 de abril de 2009

Historia de dos artistas



“El Aleph”, el cuento de Borges, es una divagación metafísica pero también es la historia de dos artistas. Uno, Borges, que figura con nombre propio en la narración, describe al otro, Carlos Argentino Danieri, así: “Su actividad mental es continua, apasionada, versátil y del todo insignificante. Abunda en inservibles analogías y en ociosos escrúpulos”. Borges, escéptico y cínico hasta el absurdo, ve como la experiencia riñe con el lenguaje. Danieri, al contrario, antepone el lenguaje a la experiencia, crédulo en su erudición vive conectado a una herramienta retiniana que lo forma e informa: “un Aleph… uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos.”

En Bogotá hay un paralelo a este diálogo: por un lado, en la Fundación Gilberto Alzate Avendaño está “La buena vida” de Carlos Motta y en la Biblioteca Luis Angel Arango “Archivos Ciudadanos de América Latina, Proyecto Imaginarios Urbanos” de Armando Silva. Por otro lado, en el Museo de Arte del Banco de la República están “La Amazonia perdida” de Richard Evans Schultes y “Un Mundo” de René Burri.

Las dos primeras exposiciones son afines a Danieri y a su poema titulado “La Tierra” que ambiciona “versificar toda la redondez del planeta”. Motta con impresos, fotos, un portal de Internet y 360 entrevistas en video a personas de doce ciudades en América Latina planea examinar “procesos de democratización en la región y su relación con la política de intervención norteamericana”. Silva con sus “imaginarios” busca “enunciar los mapas afectivos que constituyen la diversidad de modos de ser urbanos de trece ciudades de Hispanoamérica”; más de 10.000 archivos o 20 años de trabajo sobre una mesa “que será como el continente y la exposición, la oportunidad para circular por él, las imágenes y sonidos que caracterizan nuestras identidades".

Ante esa demagogia archivística las exposiciones de Schultes y Burri son una experiencia intelectual que compromete la introspección, composiciones cuidadas que en Schultes muestran no solo la Amazonia perdida sino una forma de mirar que ya no existe, o en Burri una pregunta incesante por lo humano, series que van de la creación artística a la destrucción de la guerra: “Cuando fotografío la guerra pinto el Apocalipsis y su irreal serie de presagios”.

Schultes, viajero, Burri, periodista, piensan y hacen pensar a través de sus obras, Motta y Silva ofrecen documentos, puntos de vista, tantos que Borges podría escribir: “tan ineptas me parecieron esas ideas, tan pomposa y tan vasta su exposición, que las relacioné inmediatamente con la literatura”.


viernes, 10 de abril de 2009

Continuidad de los parques


Terminé contemplando las abejas, como crítico de arte entré en su vívido y viscoso edificio. Después salí y consulté algunas fuentes para escribir sobre esa exposición, aventuré la frase “en la Galería Santa Fe del Planetario de Bogotá se expone 35 grados, de Luis Fernando Ramírez, que alude, con abejas y paneles en forma de edificios modernistas, al fracaso de las bondades del urbanismo desde una postura ecológica”, pero renuncié a este comienzo y volví al día siguiente. Empecé a ir todos los días. Estábamos vinculados, algo infinitamente perdido y distante nos unía, olvidé la teoría, las intenciones del artista, la “hazaña pública” de opinar: el lenguaje resultó redundante.

Las abejas se amontonan en el mezquino y angosto espacio de cada panel (sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino), por un tubo salen a un caprichoso invernadero en forma de acordeón donde hay todo tipo de plantas (algunas con néctar). En la esquina de la sala quitaron el vidrio y el laberinto se abre al aire libre del Parque de la Independencia (un respiro). A la entrada un video de un malabarista reconforta, impávido mantiene en el aire una figura geométrica, al fondo está el paisaje, edificios, árboles; traté de mantener ese mismo equilibrio. Aislé mentalmente una abeja para estudiarla mejor, su cuerpecito peludo y menudo, su caminar zarandeado. No nos gusta movernos mucho, el panel es plano; avanzamos un poco y nos damos con el ala o las antenas del otro; surgen dificultades, peleas, fatiga.

Fue fácil, casi obvio, caer en la mitología, ver en las abejas una metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Las imaginé conscientes, esclavas de su cuerpo, testigos de algo, a veces, horribles jueces. Eran larvas: máscara y también fantasma. Detrás de esas caras inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable, ¿qué imagen espera su hora?

“Usted se las come con los ojos”, me decía riendo el guardián de la sala, pero eran ellas las que me devoraban lentamente, como en “Axolot”, de Cortazar: de noche las imaginaba inmóviles en la oscuridad. Ellas y yo sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Sin transición, sin sorpresa, en vez de las abejas vi mi cara contra el vidrio. Mi cara se apartó y yo comprendí. Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo en los primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la que la crítica ya no vuelve, algo me consuela: tal vez él escriba algo, no importa si lo llama "obra”.

viernes, 3 de abril de 2009

Ser dúctil


Un joven artista fue escogido por un periódico como noticia cultural, el medio de comunicación lo había incluido en un “top 10” de promesas del arte nacional; el artículo es recurrente en la prensa, la inquietud emerge cada cuatro o cinco años, a los lectores los trabaja el olvido y el hambre se junta con las ganas de comer: el informe periodístico se arroja facultades de oráculo cultural y algunos artistas, previo “lobby” galerístico, posicionan firma y estilo, y devoran la cámara en pose de roqueritos de la plástica (la prueba reina de su éxito es recibir una llamada de la tía jubilada en el olvido que les dice: ¡Mijo (o mija), te ví en el periódico!)

Fotográfo y periodista llegaron al taller del artista, con apatía escanearon las obras y le pidieron que posara frente a una de ellas. El artista dijo que prefería no hacerlo, con la foto de las cosas bastaba. El periodista insistió, invocó el rigor de la escogencia y el deber de informar, dijo que el anonimato solo producía un efecto contrario, la gente iba a querer saber más, no se puede huir de la fama ¿por qué no comenzar desde ya? El artista no comió cuento, insistió que obra y nombre bastaban, que el artículo era para culturares, no para Caras, Gente o Jet-Set (revistas, por cierto, muy sinceras: muestran “caras”, “gente” y “jet-set”). El fotógrafo hizo algunas tomas de las obras y el periodista resignado dijo adiós. El artículo apareció impreso, pero el artista desapareció de la lista, pasó al “Top 0”. Si en la foto de fútbol no hay juego sin balón, en la foto de arte el creador es la pelota. Pero la noticia sirve, con ella se envuelven aguacates que, como muchos frutos jóvenes de la cultura, maduran a punta de periódico.

En la tragicomedia del artista como “artista” no solo actúan jóvenes, también hay veteranos que se ven a gatas, literalmente: “Agáchese, eso, quieto, ahí”, les dice el fotográfo, y así quedan, pasan de iconoclastas a icono. Sus ideas se convierten en “jingle” que pega entre periodistas, galerístas y coleccionistas. Usan de la beneficencia y se dejan abusar: arborizarte, mariposearte, sodomisarte… Y, sobre todo, se portan bien: son dúctiles, pretenden no tener pretensión, critican los problemas del mundo pero no critican —al menos en público— al mundo del arte (no muerden la mano que los alimenta). Y a final de mes el balance positivo de ingresos egresos todo lo justifica, hay papelitos que ni venden, ni se pueden exponer: cuentas de luz, agua, teléfono, educación, salud, pensiones, créditos…