martes, 26 de mayo de 2009

Palabras sueltas


Hace menos de un año un colombiano fue retenido en una ciudad fronteriza de Paraguay, el caso es anecdótico porque el detenido afirmó ser artista y las autoridades guaraníes interpretaron la información como una coartada inverosímil: “dice que es artista pero no tiene pinceles o elementos de pintura” afirmó el oficial encargado. En el uso cotidiano del lenguaje la palabra “pintor” sigue siendo un sinónimo para “artista”; en los pasos aduaneros entre una zona y otra de la sociedad la “pintura” es pasaporte que permite a los artistas cruzar, sin detenerse, por las fronteras del habla: “¿Video-instalador-multimedial-posconceptual?¿Y eso qué es?¡Explíquese!”

La exposición “Palabraimagen / Imagenpalabra” de Catalina Mejía, en la Galería Santa Fe del Planetario de Bogotá, no es ajena a este predicamento. La artista ha retomado la idea de una serie antigua de pinturas en que pegaba fotocopias de lomos de libros de arte sobre lienzos y los cubría con preparaciones de color para lograr un efecto de bibliotecas brumosas; ahora el lienzo es reemplazado por lámina metálica, las fotocopias mejoradas, el color es denso y negrusco, y los gestos pictóricos los da una pulidora que brilla al cromo o hace trazos finos, toscos o borrosos; un señor explicó así la exposición a su hija: “son pinturas de libros sobre espejos”.

Las composiciones sobre las láminas son consistentes, el espectador se refleja sobre ellas y los lomos de los libros hacen referencias casuales, deliberadas y hasta eruditas al arte (en una lámina hay un libro solitario de Robert Ryman, un pintor obsesionado en hacer variaciones sobre el mismo cuadro, un monocromo blanco). La exposición vive plácida entre las fronteras de lo bidimensional, reclinada sobre la pared confía en la inteligencia de sus gestos pictóricos. Pero es ajena al espacio, ignora la importancia de la concreción escultórica: la profundidad, el peso de los libros, la masa del conjunto de volúmenes, la segura y hermosa dignidad que proyecta hasta el más tímido anaquel de biblioteca; aquí, hojas delgadas de metal, apoyadas sobre las paredes, láminas endebles soportadas por una moldura escondida. Y no tiene nada de malo limitarse a la pintura, solo que en este caso la timidez se paga caro: la obra está inscrita en el Premio Luis Caballero (proyectos individuales para artistas mayores de 35 años, escogidos por jurado, con una bolsa de trabajo y donde las difíciles condiciones del espacio se conocen con antelación). La obra expuesta es una serie juiciosa de superficies inclinadas que ilustran un título ampuloso pero no logra erigirse como imagen escultórica que sabe estar en el espacio: vertical, fuerte, contundente.

Mejía, como muchos de los han pasado por aquí, está a mitad de camino, la mirada fija, todavía congelada sobre las ruinas del pasado, busca perspectiva para erigir algo radicalmente nuevo; pero son pocos los artistas que luego de cierta edad logran cruzar las fronteras de su propia identidad; culpar a las autoridades policíacas o críticas por su detención es inútil: crear no es algo fácil.

viernes, 22 de mayo de 2009

Colombiano resultó ser artista


En un reporte policial con tono periodístico, o en un reporte periodístico con tono policial, se cuenta una noticia: “un colombiano fue retenido para averiguaciones en materia de seguridad por agentes de Investigación de Delitos en la ciudad de Presidente Franco, departamento de Alto Paraná, Paraguay. La diligencia fue a raíz del posible ingreso de miembros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) para dar instrucciones a la delincuencia local en materia de secuestros extorsivos. En horas de la noche, la fiscala interviniente, Arminda Rivas, dispuso la libertad del extranjero tras confirmar en consultas con la embajada de Colombia que es un artista que goza de amplio reconocimiento en la escena local de su país.”

“El artista tiene 57 años, nació en Santa Fe de Bogotá y su pasaporte tiene visa de los Estados Unidos. Ingresó a Paraguay el 16 de abril pasado, por Pedro Juan Caballero, frontera con Punta Porá, Brasil. Los agentes policiales ubicaron al colombiano alrededor de las 22 horas del viernes en el hotel Ykuá Bolaños. El subjefe de Investigación de Delitos, Isabelino Martínez, explicó: esta persona fue aprehendida en virtud de que el servicio de inteligencia con que cuenta el departamento de Investigación de Delitos en Ciudad del Este había tenido informes completos y detallados sobre el ingreso al país del foráneo”

“El agente Martínez añadió que la policía encontró numerosos elementos, como videos, material impreso y trabajos artesanales entre sus ropas: ‘En una parte de su video, una persona le pregunta de su espíritu revolucionario y él se ríe y contesta que él no es de la edad contemporánea. Dijo que se dirigía hacia Concepción y contaba con una pequeña cantidad de dinero que, nosotros suponemos, no daba para llegar a allá. Tenía abundante moneda colombiana pero de muy baja nominación. No tenía arma de fuego, pero sí le encontramos un croquis con la ubicación de la embajada de Japón, el Club Centenario, y unos escritos que no estaban bien coordinados. La Policía presume que él vino como instructor, miembro de las FARC y que podía instruir a nuestros conciudadanos en la comisión de delitos. Presumimos que él está haciendo reconocimiento de terreno, dice que es artista pero no tiene pinceles o elementos de pintura’. En los planos mencionados aparece la sede diplomática y el club social como referencia para llegar hasta la galería ‘Fábrica’ donde el artista colombiano fue invitado a exponer.”

Hace algunos años un crítico de arte uruguayo definió a este artista colombiano como miembro de una particular forma de “guerrilla visual” y escribió: “[El artista] cuidadosamente apunta para errarle a los blancos de tiro definidos y amados por la estructura de poder artística, del mismo modo que su voluntad de localismo es difícil de exportar." La intervención de las autoridades paraguayas, sumada al designio del crítico uruguayo, hacen que la acción, la breve retención a que fue sujeto el artista colombiano, se sume a su lista de obras de arte conceptual. Nadie sabe para quien trabaja. Una historia más de nuestra pintoresca Historia del Arte.

viernes, 15 de mayo de 2009

Publireporteros y analfabetas


El antropólogo Eduardo Serrano ha dedicado toda su vida a estudiar y a negociar los productos de las tribus del arte, su método principal: la propaganda. Carolina Ponce de León, en su ensayo “La crítica de arte en Colombia 1974-1994”, lo señala con claridad: “Serrano se apoya en los mecanismos de (auto)publicidad, como cuando otorga dimensión histórica a los eventos que él organiza. […] anuncia a priori, desde la presentación misma del catálogo, el carácter controvertido de lo que el público verá, y eso se cumple con una campaña de prensa proporcional que propaga “la controversia por la controversia” como criterio artístico y publicitario”.

Esta astucia ha hecho de Serrano un escribidor y opinador apetecido: su verborrea le permite emitir silogismos sobre casi cualquier tema, cualquier día y a cualquier hora, frases apropiadas para el repentismo informativo capaces de manchar con palabras perfumadas de “experticia” las zonas de relleno “teórico” que hay en exposiciones, catálogos y notas de prensa.

Se suma a sus infinitas (la cantera parece inagotable) labores de publireportero la difusión reciente que ha hecho para un concurso de arte popular donde actúa como jurado contratado por una compañía tabacalera interesada en pecar, rezar y empatar a punta de compromiso social. Serrano, para efectos publicitarios, ha creado un melodrama: el arte “acádemico” es el malo del paseo porque es excluyente, defensivo, falso, conceptual, poco espontáneo y cerrado; y el arte “popular” es lo contrario, el arte bueno. Un periodista embaucado en la falacia inductiva y babeante de polémica le preguntó por el carácter “controversial” de su propuesta, Serrano dijo: “Sí. Comprendo que los profesores de arte no van a estar contentos porque este punto de vista acaba con su 'lonchera', pues si no se necesita ir a una academia para ser artista... el arte está en todas partes… eso 'marea' un poco, pero el arte es todo lo que pueda ser pertinente para la sociedad.”

Y ciertamente produce mareo ver el oportunismo de Serrano, el gran generalizador que, ayudado (una vez más) por la falta de escepticismo y agudeza del periodista, responde como “crítico” en el vacío total de la autocrítica. Y como para Serrano la cuestión se reduce a “llenar loncheras”, las aristas del problema quedan irresueltas: ¿cuantos artistas “populares” son solo “populares” porque no tienen acceso a la educación?, ¿más que arte “popular” o arte “académico” el problema no estaría en el cliché, en la falta de imaginación?, ¿no hay arte “popular” en la academia?, ¿en lo “popular” no hay conceptos?…

Pero la perpetuación de Serrano va más allá de su talento como recreacionista intelectual y autor de infomerciales, es síntoma claro de falta de atención, concentración o siquiera interés. Y esto es solo explicable de una manera: las instituciones y espectadores que contratan a Serrano fungen de cultas pero son analfabetas, no escuchan ni leen, son público, no audiencia. ¿Qué culpa tiene la estaca si el sapo salta y se estaca? Los sucesores de Serrano están en fila listos para ofrecer sus publireportajes, siempre habrá clientes interesados en broncearse con el aura del “crítico de arte”: la comunicación de la comunicabilidad hará el resto. ¡Éxitos!

jueves, 7 de mayo de 2009

La discreta utilidad del arte


¿Y si Adolf Hitler, a la edad de 21 años, no hubiera sido rechazado dos veces, en 1907 y 1908, por la Academia de Arte de Viena y hubiera tenido éxito como artista? La pregunta forma parte del vademécum de anécdotas ilusorias que cuenta la Historia de lo que no fue.

Un galerísta vienés que rechazó a Hitler por mediocre, se hizo famoso por su lamento luego de la segunda guerra mundial: “Si yo hubiera sabido lo que iba a pasar, no habría dudado en convertir a Hitler en el mejor artista del momento, lo que el mundo se habría ahorrado…” Al contrario, el artista John Heartfield, en un collage de 1932, retrató a Hitler como un eterno segundón. En su obra “El significado del saludo de Hitler” muestra a un solemne Führer empequeñecido alzando la mano mientras con su palma inclinada hacia atrás recibe dinero (a sus espaldas) de un gigante blindado con un traje gris. Heartfield completa la escena con una apostilla: “El pequeño hombre pide grandes regalos”, y un lema: “¡Hay millones detrás de mi!”. La popularidad electoral de Hitler estaba ligada al apoyo irrestricto que recibió de los poderosos industriales de la región del Rin, Heartfield hizo un montaje pornográfico que muestra el lúbrico servicio que prestan algunos “servidores públicos” al mejor postor.

Hitler, al ver frustrada su carrera como artista plástico, afirmó: “el arte no sirve para nada”, y puso su histrionismo al servicio de la ideología. La lección es clara: para el equilibrio social es necesario que las personas banales pero voluntariosas dediquen sus energías creativas a tareas inútiles. Las obras de contabilidad, construcción o dirección deben ser ejecutadas por personas capaces, de lo contrario los países se ven condenados a sufrir las desgracias ocasionadas por personajes mediocres que podrían ser muy buenos, por ejemplo, en las artes ecuestres, pero que resultan nefastos si llegan al poder (manejan la nación como se dirige una granja animal). Además, las triquiñuelas lucrativas del arte son argucias menores comparadas con las astucias que produce el maridaje entre Estado e Industria Privada: es posible que por decreto un lote pase de costar 34 millones a 3000 millones, pero este rendimiento piramidal es excepcional en el mundo del arte.

No se puede obligar a nadie a ser artista, sin embargo, para algunos debería ser obligatorio, y así algunos muchachos díscolos salgan del clóset y se entreguen a la bohemia, es preferible verlos ociosos pintando mamarrachos a ver cómo el aparato del Estado se dedica a pintarrajearles decretos al ritmo de su capricho empresarial.

La próxima vez que usted vea una pieza de arte mediocre agradezca: ese artista, ese pobre creador, podría haber sido su dentista (o su presidente). Lo más útil del arte es su inutilidad.