jueves, 25 de junio de 2009

Se vende un "performance"


En la película “Performance”, de Nicolas Roeg, un personaje, interpretado por James Fox, es un “performer” al servicio de la mafia londinense a fines de los años 60. Su cargo, que figura en la nómina de las oficinas de cobranza, consiste en persuadir con gestos y palabras a los deudores para que cumplan con los pagos.

Si el “performer” logra amedrentar al cliente no habrá necesidad de matarlo: una profusa pero controlada labor de destrucción de inmobiliario, de insultos e ironías, reforzados con puntapiés y sopapos, harán sentir la presencia extorsiva. Más tarde, el perseguidor perseguido huye y se refugia en un barrio ruinoso donde un díscolo arrendatario, interpretado por un músico (otro “performer”: Mick Jagger), le abre las puertas de la percepción: drogas, sexo y rock transforman la trama sicaresca en un delirio sicodélico donde el criminal hace de artista y el músico de criminal.

Si hay un género de arte difícil de explicar es el “performance”; y si es difícil de explicar es aun más difícil de vender. La película “Performance” sirve para entender este acto a medio camino entre la promesa y la realización: el arte del cobrador es ser un asesino que no mata pero es capaz de mostrarle a sus víctimas el umbral de la muerte, es como un artista que no hace escultura, teatro, video, dibujo, acrobacia o recreacionismo pero roba de todos los géneros con tal de mantenerse en el umbral de la presencia; es ahí donde el sicario estilizado de Roeg y el artista son lo mismo, la esencia del “performer” se basa en una cosa: saber estar ahí o parecer que siempre lo ha estado, que nunca se va a ir.

En las dos últimas exposiciones colectivas de la Galería Al Cuadrado las obras de una “performer” llamada María José Arjona han sabido estar ahí. En una, en un hospital dilapidado, ella sopló burbujas rojas sobre la baldosa de una sala de cirugía para luego, con el mismo método, cambiando el líquido por jabón, limpiar el inane mugre, una tarea de horas. En otra, instaló una silla en la mitad de un silo y desde allí creaba una resonancia metálica, repetitiva, una tarea circular del todo ajena a la línea de producción de objetos o conceptos.

Porque, hablando de productos, la Galería Al Cuadrado no ha tenido recato en usar imágenes de las acciones de Arjona: usaron un plano general de las baldosas rojas para hacer una colorida invitación a la exposición y luego, en la feria de arte Artbo, no dudaron en ofrecer acercamientos a la baldosa, hechos en impresión digital, enmarcarlos en cuadrículas y venderlos al detal (habrá que ver como venderán la acción del silo).

El “performance” requiere no solo del ingenio de los artistas sino de los galeristas, ¿cómo vender algo que ya pasó, que más allá del cuerpo del artista no tiene cuerpo definido? Un galerista torpe venderá fotografías sosas, “registros” las llaman los entendidos, el precio fluctuará entre US$10000 y US$15000 y cada venta generará un sonido de caja registradora que hará de sus artistas (hagan “performance”, video o escultura, no importa) meros productores de estampitas, un arte portátil que pasa con éxito de la feria a la sala de la casa.

El producto derivado no estará a la altura de su origen, puede tener un precio alto pero carece de valor: el placer que produce la inteligencia detrás del acto inicial se desdibuja cuando es vendido: el diseño del empaque, los conocimientos de mercadeo y decoración solo forran la impotencia crasa de una galería que no comprende la naturaleza de lo que vende.

Vender un “performance” es cosa de especular con la imaginación: un artista hizo una descripción minuciosa con su puño y letra de la acción que hizo, la firmó y la vendió; otro artista escogió solo una foto de cientos que le habían tomado en un “performance”, la escogida tenía la misma presencia de la acción, la amplió pequeña, en blanco y negro, hizo 10 copias, quemó el negativo… ayer una se vendió en una subasta por US$250.000.

La mayoría de los galeristas colombianos están en deuda con sus artistas, como venden devalúa lo que venden: habrá que enviarles un “performer” para que se pongan al día con el arte y dejen las fórmulas lelas a las que habitúan a los compradores. O los galeristas deberán aprender a tratar a sus clientes como el “performer” de la película de Roeg y ser los más finos palabreros y mejores amedrentadores: sostener con firmeza en sus manos la vida de las obras pero sin matar su extrañeza.

jueves, 18 de junio de 2009

Bienales y peceras


En la ciudad de Luleå en el extremo norte de Suecia, a 90 kilómetros del círculo polar ártico, se inaugura este miércoles la bienal de arte “LAB 09”. El lunes a las siete de la noche hubo una charla abierta al público con el curador donde los artistas participantes describieron su trabajo a partir del tema de la convocatoria: “Riesgo”.

Un artista mejicano contrató a una mujer especializada en hipnotismo para hacer sesiones individuales a voluntarios que aceptan meterse en un cubo blanco donde hay un sillón, una silla y una cámara de video, luego, sobre una de las paredes de la cantera de sueño artificial, mostrará un video que dará cuenta de las experiencias.

Una pareja estadounidense investiga a un gran magnate sueco que logró tener a comienzos del siglo pasado el monopolio de la producción de fósforos en más de 37 países, hará un análisis a la psique sueca.

Para mostrar la fragilidad de la mujer, una rusa embarazada recreó una secuencia de la película ‘El Acorazado de Potemkin’ en la que un coche de bebé baja por una larga hilera de escaleras. Otra rusa toma fotos de gente bajo el agua porque “ahí no se puede respirar”, dice que eso hace que las personas sean como son; no ha encontrado colaboradores para su obra, a pesar del verano el agua está helada y todavía nadie se ha querido retratar.

Un surafricano dijo estar en contra del sistema político y va a esparcir litros de Coca-Cola en el suelo, como cuando ‘Los Trotamundos de Harlem’, un equipo de baloncesto acrobático, se presentaron en un salón de baile. Este episodio lo llevó a investigar también el Jazz, hará una acción que mezcla lo musical con lo deportivo.

Una brasilera está haciendo líneas con hilo negro de un lugar a otro de la sala, su trabajo no tiene un contenido definido y se llama “De todo el mundo para todo el mundo”.

Una polaca puso una centena de espejos alineados en cuadrícula sobre una pared, quiere hablar sobre la fragmentación del ser.

Un alemán instalará una pecera especial con unos peces que curan la piel de la gente a punta de pequeños mordiscos. Se inspiró en un revista médica. Admite que la eficacia no está comprobada porque lo que cura es la saliva y él no la ha visto, aunque sí muerden de una forma muy agradable, chupan. Trajo 40 especimenes y hay que comenzar pronto porque uno ya se comió a otro…

Y así, por horas, hablaron los artistas. En Luleå, en esta época del año no hay noche, el sol baja, toca el horizonte y sube, no se esconde, tal vez este día sin párpado hizo que la charla se extendiera más de lo planeado. El público eran los mismos artistas, los organizadores y un par de periodistas, una audiencia hipnotizada ante su propia presencia.

Las bienales son peceras para los artistas del mundo, sus pesquisas y divagaciones difícilmente podrían tener sentido en otro lugar.

martes, 9 de junio de 2009

Una pintoresca proposición


Es un asunto melancólico para quienes pasean por nuestras ciudades ver las calles atestadas de locos en harapos, importunando por una limosna con lastimeros lloriqueos, haciendo amenazas implícitas a cada ciudadano o espantando al turista ocasional.

Creo que todos estamos de acuerdo en que el número prodigioso de indigentes resulta un perjuicio para el Estado, para la estética de nuestras urbes una mancha insufrible, y quienquiera que encontrase un método razonable, económico y fácil para hacer de ellos miembros útiles para la Patria, merecería tanto agradecimiento del público como para tener instalada su estatua como protector de la Nación.

Propondré ahora, por lo tanto, humildemente, mis propias reflexiones, que espero no se prestarán a la menor objeción.

Un administrador visitó recientemente el sur de la China y me aseguró que la región es el centro mundial de producción en masa de replicas de obras pictóricas; la sola ciudad de Dafen con menos de cuatro kilómetros cuadrados y 8000 trabajadores produce el 60% del total de las copias circulantes, la “MacDonalds del arte” la llaman. La paridera en el mundo es exponencial y todo nuevo hogar necesita algo de arte, el vacío en una pared resulta a la larga tan insoportable como el vacío en el estómago. Mi erudito interlocutor me ha asegurado que el esfuerzo de los artesanos chinos tiene poco que ver con la creatividad, está basado en la reproducción a escala industrial de obras famosas. Es ahí donde cuaja mi modesta proposición: construir una ciudad cerrada donde pongamos a todos los locos no a copiar obras de arte sino a crearlas: que pinten lo que les pase por la cabeza. El lugar contará con la dotación mínima y a cada indigente se le darán las herramientas básicas; obra a obra se les regulará una dosis precisa de droga capaz de mantenerlos en el estado de interés desinteresado que requiere la creación. He tenido la oportunidad de ver actuar a varios indigentes bajo efectos de alucinógenos y aseguro que no será necesaria instrucción alguna, el arte es cosa de locos y ellos ya lo están. Inclusive, una de mis hijas tiene relación con un estudiante de arte ingresado a una de las mejores universidades del país y encuentro bastante inferior lo producido por el “matriculado”, el estudiante tiende a un manierismo falsamente naif, el loco es auténtico. El administrador me ha comentado que esta empresa de “Arte bruto” tiene un gran futuro, con precios módicos cubriremos el nicho de pintura creativa descuidado por los chinos. Las condiciones sociales del país permiten un flujo constante de locos que sobrepasa la tasa de otras naciones y por el flujo de droga no hay problema.

Declaro, con toda la sinceridad de mi corazón, que no tengo el menor interés personal en esforzarme por promover esta obra necesaria, y que no me impulsa otro motivo que el bien público de mi patria, desarrollando nuestro comercio, cuidando en lo posible de los locos, aliviando al pobre y dando algún placer al rico.

miércoles, 3 de junio de 2009

Sensibleros y malparidos


La crítica generada por la película “Los viajes del viento” de Ciro Guerra puede ser de dos tipos: sensiblera o malparida.

La crítica sensiblera: “película única, ambiciosa, compleja”; “algo finalmente está sucediendo con el cine colombiano del nuevo milenio”; “no peca de grandilocuente”; “comparable con lo que ha hecho García Márquez en literatura”; “llega al corazón”; “muestra con altura, respeto y poesía las formas de la vida”; “lenguaje único, lleno de símbolos caribeños”; “experiencia de realización extraordinaria, determinante y envidiable para la producción fílmica colombiana”; “patrimonio de nuestra cultura”; “la película que hace rato estábamos esperando que se hiciera en Colombia”; “la mejor película colombiana de todos los tiempos“; “un vallenato hecho película”; “en la misma línea de Himalaya y de Tulpan”; “hay que dejarse inundar de esta clase de teoría del color que da la costa”; “Cannes: pa’llá vamos”; “filme surgido de las profundidades de la Tierra, esa Tierra de la que se saben parte esencial”; “muestra la grandeza de nuestro país, de nuestra cultura y de nuestra tradición”; “excelente película”…

La crítica malparida: “película aburrida”; “los personajes son tan planos como los paisajes”; “infomercial de Aviatur (solo faltaron los Ecohabs)”; “¡ni una tetica, ni un disparo!”; “documental de Yuruparí travestido de película”; “no dice nada y tiene la desfachatez de decirlo”; “¿cuánta plata les dio “Colombia es pasión”?”; “el man que arregla acordeones en una choza es tan inverosímil como toda la película”; “usar a las mujeres como objetos sexuales y dejar hijos cientos por donde va… no, eso no es nada bonito”; “abusa tanto de los tiempos muertos que mata a los personajes”; “muestra como montar un burro en hora y media o más”; “autoexotismo con empaque minimalista”; “dice no ser garciamarquiana pero el robo es evidente”; “mala, remala, nunca se sabe porque el juglar debe volver donde su maestro”; “bodrio infumable que dura dos horas”; “me emocioné con los vallenatos pero no con las situaciones”; “da grima ver como una excelente historia termina siendo tan mal contada”; “no tiene un climax definido”; “¡Pésima!”; “la peor película del cine colombiano”…

Llamar “sensiblera” o “malparida” a la crítica es ser malparido y sensiblero, es hacerle crítica a la crítica. Pero este acto de lectura es realmente un ejercicio de geografía: mide el cráneo del lector, muestra si hay un espacio mental de resonancia donde la mirada oscile entre puntos de vista alternos, una inteligencia capaz de sopesar panegíricos e injurias. Porque las obras de arte viven de la paradoja: su carácter es singular pero su valor es plural, varía según la lectura. En el caso de “Los viajes del viento”, el orgasmo patriotero del periodismo cultural o el canibalísmo propio de teleadictos e intelectuales resentidos (algo normal en un país donde hay más directores de cine que películas), son rituales necesarios, y es posible que solo después de las gulas y purgas de la crítica la película logre ser comprendida en su justa medianía… ni tanto que queme el filme, ni tan poco que no lo alumbre.