viernes, 24 de julio de 2009

El caballero de la injuria


La polémica sobre la autoría de unos versos de Jorge Luis Borges ha enfrentado a dos autores: uno, un poeta, Harold Alvarado, afirma que los poemas son apócrifos y él autor de la parodia literaria, y el otro, Hector Abad, un prosista, señala que los poemas son de Borges y publicó recientemente en un periódico local el copioso fruto de sus juiciosas averiguaciones; más adelante, orgulloso por la tarea cumplida, añadió: “en el momento en que los sonetos sean reconocidos como auténticos de Borges, estos pasarán a formar parte, por supuesto, del patrimonio de la señora Kodama, de la literatura argentina, y de la humanidad.”

Abad usó la primera línea de uno de los sonetos en cuestión para titular su libro “El olvido que seremos”, sobre su padre, un abogado que el día en que fue asesinado por los paramilitares tenía una copia manuscrita del poema en su bolsillo. Ahora, luego de que Abad ha socializado sus formulaciones, el soneto y su obra se acercan cada día más a la sombra sacra de Borges y se alejan de la estela tumultuosa de Alvarado. Y es una lástima: Tenorio no escribe novelones como los de Abad pero si es un personaje novelesco, resulta paradójico que alguien que respira y transpira literatura no sea reconocido como la figura que es y en cambio sea rotulado (de afán y como con pinzas) de envidioso blasfemo.

Alvarado ha opuesto resistencia y continúa sumándole capítulos a la novela: en uno de ellos el padre de Abad forma parte de una reunión bohemia en la Bogotá de los ochenta y ahí, en medio de la masculina algarabía, Tenorio le facilita los poemas apócrifos; en otra escena, años después, el sicario que asesina a Abad padre le roba plata de la billetera y a cambio le deja un poema que le dio el jefe paramilitar que le encargó el trabajo, no sin antes decir: “el olvido que serás, abuelo". Estos recursos de reposición literaria que van de la picaresca a la sicaresca han sido ampliamente refutados no solo por Abad sino por otros literatos que han visto en ellos un eslabón más de una larga cadena de injurias: se quejan de un escritor que “lleva años malgastando sus horas productivas en atacar a todo colega suyo” y que “publica cada tanto engendros poéticos o pastiches en prosa que jamás hemos escrito, atreviéndose a firmarlos con nuestros nombres”. Alvarado es un lector temerario, usa técnicas como el anacronismo deliberado y las atribuciones erróneas para agitar la calma chicha de la pecera literaria, sus intervenciones distorsionan el canto solemne y mediático de esas dos sirenas llamadas Historia y Cultura. La crítica que se les da tan bien a los artistas ahora resulta que tiene límites: cuando se trata de ellos mismos; muchos ven como algo inmoral y reprobable que un artista como Alvarado se parrandee la inmunidad gremial y use literatos y obras literarias ajenas como materia prima para hacer lo propio: criticar.

Es verdad, Alvarado no pasará a la historia nacional como poeta, su escasa fortuna lírica se dilapidó en la impostura, falsificación y burla de sus contemporáneos, cosa que nunca practicaron genios como Cervantes, Borges, Dante, Joyce, Conrado Nalé Roxlo o Thomas Chatterton; tal vez solo merezca ser parte de un breve pie de cita que nombre a todos aquellos que como él fatigaron la infamia: Vargas Vila, Barba Jacob, Fernando Vallejo, Álvarez Gardeazábal, Escobar Urdaneta de Brigard, Julián Malatesta…

Algunos quizá sufran de “literatosis”, un mal definido por Juan Carlos Onetti como “enfermedad en la que caen siempre los aspirantes a escritores y los emocionados artistas jóvenes de pueblo… es como convertir la literatura en nuestra propia religión, en nuestro absolutismo y martirio, tendiendo a preferir en nuestras lecturas a escritores ‘más obviamente literarios’, y convirtiendo este oficio en un destino propio” Pero la edad y el recorrido de Alvarado indican algo más severo, un mal como el sufrido por Enrique Vila-Matas que dedicó todo un libro a su insania: “he escrito sobre alguien que está obsesionado por la literatura, sobre alguien que está enfermo de los libros, como el Quijote. Sin duda he escrito sobre este mal (el de Montano, así lo llamo yo) para intentar quitarme de encima mi obsesión exagerada por los libros”. Vila-Matas muestra como ese mal pensante abisma al paciente en la literatura, lo aleja de lo real: “la literatura nos permite comprender la vida, nos habla de lo que puede ser pero también de lo que pudo haber sido. No hay nada a veces más alejado de la realidad que la literatura, que nos está recordando a todo momento que la vida es así y el mundo ha sido organizado asá, pero podría ser de otra forma. No hay nada más subversivo que ella, que se ocupa de devolvernos a la verdadera vida al exponer lo que la vida real y la Historia sofocan.”

El diagnóstico de Alvarado es reservado: algún día su gula literaria lo llevará a la muerte… mientras eso sucede los miembros activos de la beatería intelectual seguirán con zozobra los nuevos embates de la prolija bellaquería de este insigne caballero de la injuria.

Más de Alvarado en: http://www.arquitrave.com/

lunes, 13 de julio de 2009

Cinema insostenible


No siempre ha sido así, pero ir a cine hoy es ir a un centro comercial: atravesar cuadriculas de carros, pasajes de naturaleza plástica, almacenes de franquicia y microempresa familiar, laberintos de ascensores y subeybajas, perderse en una deriva de consumo; y si se persiste, por tedio o vocación, ahí está el cine, o los cines, o el “multiplex”, estratégicamente en el último piso, en el último rincón.

Desde la fila de las boletas se anuncian títulos en hora y fracción que señalan con premura el comienzo de la película escogida o la espera para lo que toque ver. Las cajeras con sonrisa corporativa esconden su impaciencia, retan al espectador: “¿general o preferencial?”, “tarjeta inteligente, crédito o efectivo”, “¿tiquete de parqueadero?, discriminan: “¿chichipatez o prosperidad?”, “¿distinguido, reportado en datacrédito o chan con chan?”, “¿a pie…?”. Ofrecen la ubicación en un parqués de computador, un oráculo críptico sin dimensión, el espectador queda en manos del azar. Y más filas, más combos, más retos: con o sin tiempo, con o sin hambre hay que comer, entrar tarde a la película no importa, un pastel de estadística de Cinemarketing de Cinemark lo comprueba: 51.7% por ciento de espectadores llega 15 minutos tarde a la función.

En la sala, unos guías inflexibles o lastimeros (le temen a un “supervisor”) verifican que las asentaderas de cada cliente se atornillen al número asignado. Si es temprano hay que ver el corto nacional, artimaña de los testaferros de los dueños de la sala para descontar impuestos y que se traduce en un audiovisual afanado, argucia de moralina patriotera y analfabetismo visual. Sigue una tanda eterna de comerciales televisivos (el público esta “cautivo”, así lo define el mercadeo). Continúa una cadena de cortos de películas, algunos mejores que las películas mismas, otros cuentan todo, ayudan a decidir: una menos para ver. Y cuando la vida ya era eso, un limbo, comienza la función, uno recuerda lo que vino a hacer; aunque siempre hay más: alguien con un estruendoso y crujiente combo crispeta familiar, o charlas por celular (“¿que hace?”, “no, nada, aquí en cine”) o, lo menos grave, el clásico cuchitetaculilamboneo.

Todo esto lo pensaba mientras caminaba por la exposición “Cinema Insostenible” expuesta en el Planetario de Bogotá en las salas del Museo de Bogotá, donde alguna vez hubo un museo de historia natural y un becerro bicéfalo disecado que traumatizó a más de un escolar, pero esa es otra historia, la de esta exposición es una narración que muestra otro objeto extraño del pasado: la sala de cine en singular.

Si al final de la película “El Planeta de los Simios” la cabeza cercenada de la Estatua de la Libertad es prueba de destrucción, aquí lo son cortinas, sillas, pantallas y letreros en desuso. Y más poderoso que el academicismo melancólico de los textos que salpican la exposición —parafraseos del pasaje de Benjamin, la sociedad del espectáculo de Debord, la dialéctica de Buck Morss y el no-lugar de Auge— es la evocación: salas de cine con inmensas pantallas que vomitaban a la calle a sonámbulos, cinéfilos que solo despegaban de la hipnosis a punta de un leve caminar; ahora, resignados a sesiones hogareñas de cable y DVD, un síndrome insomne de piernas inquietas es síntoma de lo perdido: una manera ociosa de ver, de llegar, salir, buscar, pensar, rumiar.

El último párrafo trae a la memoria matinées, vespertinas y noches, bastan algunos nombres: Almirante, Aladino, Ariel, Aristi, Arlequín, , Astor Plaza, Atenas, Avirama, Ayacucho, Azteca, Bacatá, Bogotá Plaza, Caldas, Calipso, Caribe, El Carmen, Castellana, El Cid, Cinelandia, Cinemas, Coliseo, Copelia, Las Cruces, El Dorado, Elvira, Embajador, Esmeralda, Ezio, Faenza, Imperio, Junín, El Lago, Libertador, Lido, Lucía, Lux, Metro Riviera, Metro, Metropol, México, Mogador, Nariño, Olimpia, Opera, Palermo, Ponce, Presidente, Radio City, Roma, Royal Plaza, San Carlos, San Jorge, San Luis, Santa Bárbara, Santa Cecilia, Santa Fé, Scala, Sucre, Teusaquillo, Tequendama, Tisquesusa, Trevi… The End.

Mayor información:
http://www.cinemainsostenible.laveneno.org/CIPortal.htm

lunes, 6 de julio de 2009

El detector de ironía


Señora lectora, señor lector: pronto usted podrá detectar fácilmente la ironía, bastará con activar una función especial en su computador o libro electrónico.

Lo ocurrido a Don Dagoberto Paredes no le sucederá a usted: cuando Mauricio Pombo, en una columna titulada “La farsa del domingo” escribió, en primera persona, sobre las manifestaciones nacionalistas por la paz: “Yo estoy convencido de que todas esas marchas y conciertos del 20 de Julio pasado fueron manipulados por el imperialismo y la oligarquía colombiana. Se trató de toda una pantomima orquestada por las multinacionales, los monopolios, la gran prensa burguesa y el capital lacayo financiero.” Don Dagoberto se delicó y en respuesta comentó: “Me sorprendió la columna de Mauricio Pombo, “La farsa del domingo”. Le salió mal el chiste. Pocos lectores la entendieron. Se prestaba para que muchos la tomaran en serio. Yo también me indigné. Al final, algo entendí. Menos mal aclararon. Lamentablemente, esa columna en los medios internacionales la pueden explotar las Farc.” Paredes fue afortunado, alguien lo informó; mientras tanto miles de lectores fueron víctimas de la pirueta retórica y unos cuantos dejaron por escrito la prueba de su incompetencia: “No entiendo como el periódico da cabida a idiotas utiles de las FARC como el tal pombo…”

Afortunadamente, la International Business Machines anunció que pondrá un sistema de computación a competir contra humanos en un veterano teleconcurso estadounidense. El nombre dado a la máquina es Watson. El concurso exige conocimiento y memoria rápida en una amplia gama de temas: historia, literatura, política, cine, cultura pop y ciencia. Las pistas son una larga serie de enunciados redactados a partir de sutilezas de significado, ironías, adivinanzas, paradojas y otros recursos retóricos. Algunos analistas de otras empresas, incrédulos ante los publicitados alcances de Watson, señalan que la tecnología todavía no está lista. Pero es solo cuestión de tiempo, la misión ya está trazada, como lo señalan Sergey Brin y Larry Page, los dos “boy scouts” de la manada positivista que fundó Google: “Con seguridad que si tuviéramos toda la información del mundo directamente conectada a nuestro cerebro o a un cerebro artificial más inteligente que el nuestro, estaríamos mejor”.

Con ayuda de la técnica todo estará mejor, la ironía será detectada: no más extrañamiento, sorpresas o relecturas, el sistema clasificará el texto, dará las explicaciones necesarias y si es el caso, como en los programas de humor, simulará una risa grupal de fondo que dará la pauta para reír. El lector informado no tropezará más con la ironía ni verá afectados sus hábitos zigzagueantes de escaneo, seguirá “surfeando” el texto a punta de golpes de vista, titulares, destacados y resúmenes, atajos que optimizan el tiempo invertido en la lectura. Todo aquello que perjudica la eficacia de la inmediatez comunicativa será detectado y editado: no más perderse en los circunloquios de la literatura imaginativa, observar la colisión de ideas contrarias, practicar el arte de la exageración, ver como las mentiras dan cuenta de lo veraz o como un variado dominio del estilo profana la venerada originalidad de todo autor.

El impreso, con su quietud arcaica y espacios de silencio, cuerpo de papel carente de electricidad, volumen de páginas frígidas que se niegan a interactuar con el usuario, es cosa del pasado: lo de ahora es lo instantáneo, lo asequible, la “interface” que se puede conectar. Un lector informado no solo se informa, se deja dar forma por la información, fluye, se suma al mundo; incluso, en el futuro, no habrá necesidad de leer, los dispositivos de lectura lo harán por nosotros, tener el mejor dispositivo y la mejor conexión serán señal irrefutable de una mayor inteligencia (a nadie importa si es “artificial”).

La pregunta del satirista Karl Kraus, planteada hace más de un siglo, finalmente tendrá respuesta: “¿De dónde saco el tiempo para no leer tantas cosas?”. El tiempo liberado se podrá dedicar a trabajar, trabajar y trabajar, y con el fruto del trabajo comprar tecnología inteligente que nos haga una vida más fácil, ironía incluida.