miércoles, 26 de agosto de 2009

Desaparece un artista


Anatol es un hombre que durante toda su vida ha pretendido ser extranjero en su propia tierra, la isla europea de Umbertha, lo ha hecho para no pertenecer, para refugiarse en una república secreta en la que solo existe la escritura. Pero no publica, no muestra, vive en un monólogo, un dogma que dice: “la obligación de todo autor es desaparecer”, un dogma que lo perturba: “¿Para qué exhibirme… y por qué dar a la imprenta mis textos si en lo que yo escribo sospecho que no hay más que una ceremonia íntima y egoísta, una especie de interminable y falsificado chisme sobre mí mismo, destinado, por tanto, a una utilización estrictamente privada?”

Y así anda por la vida hasta el momento en que publica un breve prólogo para un catálogo de fotografías deportivas. Lo hace porque se lo pide un conocido que siempre ha visto en él a un “escritor secreto”, le queda difícil decir no, se acaba de jubilar del instituto donde trabajó como profesor de idiomas y educación física, tiene tiempo libre. Anatol escribe un gran texto, él “no puede escribir mal y traicionarse” y además está la belleza de las fotos deportivas, próximas al contorsionismo temático de sus novelas ocultas y su obsesión por los funámbulos.

El texto lo lee un poeta reconocido en Umbertha que exclama a los cuatro vientos “Aquí hay un autor”, insiste tanto que el llamado se vuelve clamor de muchos y triunfa el anhelo cultural de alimentar las letras nacionales sobre el prejuicio de que sea un (falso) extranjero. La insistencia se convierte en demanda, en un jugoso contrato de exclusividad. Anatol deja con su mujer la llave de un baúl donde hay más relatos, “seis perfectas bombas de relojería”, sale a comprar tabaco y desaparece en un barco que lo aleja de la isla. La historia es otro caso más de los “Suicidios ejemplares”, la compilación de cuentos de Enrique Vila-Matas y se titula “El arte de desaparecer”.

En el Museo de Artes Visuales de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, de Bogotá, se muestran unos dibujos de Pablo Solano (1928). La exposición temporal tiene nombre de escupitajo gráfico: “Hechuras de línea”. En la sala 1 (y la única del museo) hay varias series de dibujo; rayones, líneas que se quiebran con firmeza y se resisten a ser mera descripción, a ser parte de un alfabeto básico que nombra algunas de las cosas aprendidas a nivel preescolar: casa, calle, montaña, árbol, flecha, corazón, nube, ciudad.

El tema no podía ser más plano y repetitivo pero confirma que para un artista lo importante no es el qué sino el cómo, por eso la labor no está en andar rebuscándose “temáticas críticas” para descrestar, sino en ver “cómo” se dice lo poco que hay por decir: Solano lo hace con una línea tensa que va más allá del simple trazo descriptivo. La línea sugiere, se rompe, se desdibuja. Una línea introspectiva que se vuelve laberinto y promete formas que no concluye; línea que casi nunca toca el borde del papel: contenida en la hoja es una escritura que no tiene intención de salir al mundo sino de internarse en él, este autismo lo hace ajeno al pragmatismo mundano y lo interna en series gráficas de ecuaciones mentales, vagas pero reiterativas, que dejan en la memoria el recuerdo vivo de un gesto.

Una frase seleccionada por la curaduría describe con precisión los países vecinos que rodean la república del dibujo de Solano, la escribe Marta Traba para una exposición en el Museo de Arte Moderno de Bogota en 1965: “La resistencia pasiva de esta obra no solo se resiste a oponerse a la física ferocidad formal de la época, sino a las imposiciones de un medio, de una circunstancia, de una situación geográfica”. Solano es un extranjero en su propia tierra, en un comienzo hizo su obra por fuera del país y luego, tras un periodo ingente de actividad laboral y expositiva, desapareció, abandonó los islotes del mundo del arte —la universidad, el comercio, la Historia— y se internó en un mar concentrado de líneas (en la exposición hay dibujos de hace unos pocos meses).

Se atribuye a Tolstoi la frase “la mayor sorpresa de la vida es la vejez”, la singular exposición de Solano y su afinada curaduría sorprenden, no solo al mismo Solano que ha seguido trabajando con indiferencia a ser o no reconocido, sino a cualquier espectador que sea capaz de ver cómo cada dibujo contiene los trazos de todos los otros, bastaría una sola obra para darse cuenta que “aquí hay un autor”. Y con estas “bombas de relojería” Solano también podría alejarse de las playas de Umbertha.


martes, 11 de agosto de 2009

Catadores de obras



Si los textos de las etiquetas de vino fueran escritos de la misma manera como se interpretan algunas obras de arte, la descripción de un vino chileno podría ser: “Sauvignon Blanc, proviene del Valle del Maule, de color amarillo verdoso, con intensos aromas de melón, pomelo y flores silvestres como jazmín. En la boca su acidez baja y delicada es jugosa y muy suave en relación a la mayoría de Sauvignon Blanc. En la nariz predomina más lo floral a lo frutal. Sus aromas y sabores simbolizan el despertar a la democracia en Chile, su tinte variopinto es una crítica directa al paradigma de pureza racial que mantuvo Paul Schäfer en la Colonia Dignidad de 1961 a 2005 cuando protegido por el régimen de Pinochet y la derecha chilena cometió delitos de abuso de menores, tráfico de armas y violaciones a los derechos humanos en la región del Maule. Más recomendable para acompañar comidas (mariscos, quesos) que como aperitivo en solitario. Servir entre 9 y 11C. Muy accesible dado su excelente precio.”

No sé si luego de leer esto cambiará en algo la experiencia que tenga el que tome el vino, experimentos se han visto donde al trucar los precios entre dos vinos opuestos en calidad, el pobre recibe elogios y el rico se mengua, de ahí que muchos prefieran hacer el ejercicios de catar a ciegas, blindando las botellas para que la experiencia se concentre en el color, la nariz y el gusto, no en la labia.

En la Galería Santa Fe se mostró “Expulsión del Paraíso” de Mario Opazo, la tercera exposición en la programación del Premio Luis Caballero. A lo largo de la sala curva había un serie de objetos (banderas, un platón, libros, un barco, una lámpara, un muro de ladrillo…) sobre los que sucedían cosas (proyecciones de video, un tocadiscos con música de ópera, un hombre vendado que sentado en una silla tocaba de vez en cuando una campana atornillada a la parte de atrás del muro…)

En uno de los videos un hombre en un desierto portaba la bandera chilena y gritaba algo, al parecer decía que cuando niño su madre lo cubría con ese manto para protegerlo de los militares; luego, en otra imagen el mismo hombre, sentado frente a otro de apariencia árabe, se ponía un turbante en la cabeza. Y uno se preguntaba: ¿qué hace un chileno en el desierto? o ¿basta un turbante para ser árabe? Antes de sucumbir a ese par de llamados, al proselitismo de uno y a la obviedad del otro, había que buscar algo más, tal vez lo propagandístico de los videos apuntaba abiertamente a oponer la dos situaciones para neutralizar sus contenidos, una purga irónica que expulsaría al espectador de los contenidos políticos y culturales y lo acercaría a lo poético.

Pero el collage de objetos, una vez desprovisto de su carga panfletaria, no llegaba muy lejos, tal vez la simpleza de una de la composiciones lo resume todo: sobre una pared se proyectaba un mar y en el piso, entre el haz de luz y la proyección, había un barquito de madera, una carabela solitaria; igual de solo a este espectador que ante el poco vuelo de las imágenes de la exposición se contentó con buscar compañía en otras composiciones y, por ejemplo, vino a la mente la frase singular del Conde Lautremont a la que los surrealistas le dieron tanta cuerda: “Bello como el encuentro fortuito, sobre una mesa de disección, de una máquina de coser y un paraguas”. No bastó la música de opera, las dosis paradójicas de “otredad” o el campanero circunspecto, el sinsabor prometido por la expulsión del paraíso no se dio, preferí no ir más lejos, de lo contrario me habría pegado una juma parecida a la de un crítico que comenzó con uno que otro acierto pero terminó jumado en verborrea y absoluto, y al final, ya viendo doble, afirmó que la exposición cumplía con “la función ritual, terapéutica y política de los objetos en el pensamiento de Beuys”. (Beuys, gran dibujante y escultor, además de chaman de la culposa posguerra germánica).

Así, no sobra recordar una de las frases de Susan Sontag en “Contra la interpretación”, su ensayo de 1964, un texto tildado de anacrónico y ligero pero mejor que el cóctel abstruso de teoría y lirismo que ofrecen algunos catadores de obras: “Nuestra misión no consiste en percibir en una obra de arte la mayor cantidad posible de contenido, y menos aún en exprimir de la de arte un contenido mayor que el ya existente. Nuestra misión consiste en reducir el contenido de modo que podamos ver en detalle el objeto.”