viernes, 9 de enero de 2009

Escuela de aburrimiento


A nadie le enseñan a aburrirse, la escuela de la vida se afina cada vez más en torno al negocio del estímulo. Bastó que dos científicos publicaran un artículo sobre un grupo de estudiantes que tras oír una sonata de Mozart registró una modesta mejoría en pruebas de razonamiento para que el experimento, estadísticamente insignificante, fuera usufructuado por avivatos que lo convirtieron en industria multimillonaria: “El efecto Mozart”, que promete aumentar “capacidad mecánica y coeficiente intelectual” a cualquier párvulo que sea sometido a dosis diarias de terapia a partir del quinto mes de embarazo. Un Gobernador en Estados Unidos ordenó dotar a cada recién nacido de un disco de música clásica; el político, como cualquier progenitor, quiso hacer ingeniería social a punta del fármaco intelectual de una melodía “positiva”. Los científicos del estudio y otros colegas mostraron que “El efecto Mozart” solo produjo una ventana de 10 minutos de concentración en los jóvenes y que en pruebas semejantes no hubo un patrón igual (¿habrán usado otras piezas de Mozart menos “positivas”, por ejemplo, el Réquiem?). Pero los que piensan con el deseo trazaron su ruta ineludible: los niños están destinados a ser personas cada vez más “inteligentes”.

El temor al aburrimiento es el motor que impulsa todas estas quimeras del estímulo, chupos mentales que hacen, por ejemplo, que para los “estimulados” un buen profesor no sea quien desgrana paso a paso —leyendo y releyendo— un texto, sino el recreacionista que llama la atención a punta de cambiar imágenes en un “power-point”. Esto se extiende a todo tipo de situaciones: casa, televisión, conversación, sexo, lo que no genere un estímulo epitelial inmediato es aburrido. Y resulta que el problema no está en el aburrimiento sino en la urgente necesidad de evadirlo y “divertirse”. Si a cambio de la escuela de estimulación temprana tuviéramos la de aburrimiento temprano, en vez de gente ansiosa e inmediatista, seríamos una especie más paciente y reflexiva.

Tal vez el arte sea un gran maestro del aburrimiento. Hay obras que nos someten y superan, nos abisman en la eternidad del mundo, dibujan la pequeña escala humana que nosotros, malogrados por ataques continuos, febriles y exaltados de estimulantes culturales, no queremos comprender. Confundimos arte con entretenimiento… pero ¿entretenerse de qué? Con mejor “capacidad mecánica y coeficiente intelectual” somos útiles a un mundo que a la vez nos hace inútiles para percibir el misterioso ritmo de la vida.