martes, 10 de febrero de 2009

La buena vecindad


El artista Jasper Johns dice que el arte del pasado critica al arte del presente tanto como el arte del presente critica al arte del pasado.

Una puesta en escena de esto se vio hace algunos años en las salas de la colección permanente del Museo de Arte de la Biblioteca Luis Ángel Arango: cerca de la serie de 10 retratos de monjas muertas, atribuida a Victorino García Romero (1791-1870), estaba una escultura a manera de corona de espinas hecha por Juan Fernando Herrán (1963).

Esta “ley de la buena vecindad” (la frase es del historiador Aby Warburg) tenía resonancia en otras combinaciones de obras que obligaban a ir más allá de la pura percepción, dejar atrás textos y preceptos culturales para establecer relaciones y correspondencias en la trama siempre actual de lo visual: las virginales esposas de Cristo, coronadas de flores y retratadas después de muertas, se relacionaban con un seco aro de volumen espinoso que a gran escala y puesto sobre el piso coronaba un vacío; una correspondencia expresiva que cuestionaba la seguridad de los valores cronológicos, las jerarquías entre artistas y artesanos, y confiaba en la capacidad del ojo para profanar y comprender.

El experimento no prevaleció, luego de la “autodonación” Botero no sólo el espacio físico del museo se entregó a las 123 obras del “maestro de la inflación” sino que un halo reaccionario se apoderó del orden del discurso: las salas de la Colonia, del siglo XIX y del siglo XX retornaron a la calma chicha donde cada cosa es cada cosa y cada cosa va en su lugar (y lo que sobró fue a dar al depósito).

Pero hasta hace poco, en la misma institución, se mostró por varios meses un profuso conjunto de ilustraciones, objetos, proyecciones, obras de arte, información y hasta plantas, bajo el nombre “Historia Natural y Política: conocimientos y representaciones de la naturaleza americana”. El paso de ilustraciones de artesanos al arte de los “artistas contemporáneos”, de grabados a proyecciones de video, de mapas geográficos a pinturas dedicadas a la geografía de un color, de plantas nombradas a plantas dibujadas a punta de nombres, hicieron de esta exposición, curada por Mauricio Nieto, un gimnasio para la dialéctica de la mirada. El audaz experimento fue algo temporal, nada indica que su apuesta sea valorada por todos esos museos que bajo la pretensión edificante de respetar el “patrimonio cultural” cierran las obras, les niegan cualquier juego con el ahora del espectador; son museos para los objetos, mausoleos para el arte.