viernes, 27 de febrero de 2009

Favor no mirar las obras


Un grabado hecho por Lucian Freud, mirado de cerca, casi con miopía, es un crudo mensaje telegráfico: breves puntos y líneas construyen un recio torbellino, la nada entre los signos del dibujo es la misma que hipnotiza la postura de los seres humanos de Freud, los detalles del dibujo anuncian el carácter del todo de la obra.

Lo mismo sucede con otros dibujos expuestos en una salita del Museo de Arte del Banco de la República de Bogotá: las líneas de Picasso se corrigen unas a otras, antes que la figura, es el error convertido en gesto lo que da fuerza a la composición; Klimt le cuelga agudas líneas a una gélida mujer, trazos que definen con holgura y elegancia la osamenta; Botero dibuja fino y con fuerza sobre un papel agreste que le rompe la línea y lo aleja del manierismo falsamente naïf a que la rutina de cotizado ilustrador lo condenó; Balthus boceta en cinco minutos el detalle que atrapará al ojo en una composición posterior: falda y piernas de una impúber abren las perspectivas del espectador.

Poder observar de cerca permite encontrar en los dibujos lo que las reproducciones de los libros aplanan, editan, anulan; escala, tonos de tinta, lápiz, acentos de color, el papel, un borrón, son detalles visibles, recíprocos, generosos, sensuales, que llaman la presencia física del espectador: “Usted está aquí”.

Sábado 21, febrero de 2009, 4 de la tarde. El celador de la sala ordena: “¡A un metro, por favor!”. Usted le cuenta que los dibujos son para mirar en detalle, se compromete a no tocar el vidrio con la nariz (aunque la tenga muy grande), el uniformado repite la frase y añade: “Órdenes del supervisor”. Usted sufre de una miopía terca, el dibujo es fuerte imán, además, ¿por qué mostrar dibujos en una sala tan propiamente iluminada si no se pueden ver?

Suena una alarma, el celador reporta el incidente al supervisor pero a cada argumento suyo alguien más vendrá: un policía bachiller, otro supervisor, otro celador, una secretaria, un teniente, un museógrafo, una curadora, una fiscal, un banquero, un Botero, una ministra, un presidente… usted insistirá aunque ya perdió. En una fundación vecina hurtaron un Goya y la política de seguridad democrática quiere evitarle a la Patria otra vergüenza mundial (“¡Se roban un Picasso en Colombia!”). Días después, usted sale de la Estación de Policía, se mete a la primera óptica que ve, pregunta si venden lentes que impidan “observar”, con distinguir la palabra CULTURA (escrita en capitales) estará bien.