jueves, 7 de mayo de 2009

La discreta utilidad del arte


¿Y si Adolf Hitler, a la edad de 21 años, no hubiera sido rechazado dos veces, en 1907 y 1908, por la Academia de Arte de Viena y hubiera tenido éxito como artista? La pregunta forma parte del vademécum de anécdotas ilusorias que cuenta la Historia de lo que no fue.

Un galerísta vienés que rechazó a Hitler por mediocre, se hizo famoso por su lamento luego de la segunda guerra mundial: “Si yo hubiera sabido lo que iba a pasar, no habría dudado en convertir a Hitler en el mejor artista del momento, lo que el mundo se habría ahorrado…” Al contrario, el artista John Heartfield, en un collage de 1932, retrató a Hitler como un eterno segundón. En su obra “El significado del saludo de Hitler” muestra a un solemne Führer empequeñecido alzando la mano mientras con su palma inclinada hacia atrás recibe dinero (a sus espaldas) de un gigante blindado con un traje gris. Heartfield completa la escena con una apostilla: “El pequeño hombre pide grandes regalos”, y un lema: “¡Hay millones detrás de mi!”. La popularidad electoral de Hitler estaba ligada al apoyo irrestricto que recibió de los poderosos industriales de la región del Rin, Heartfield hizo un montaje pornográfico que muestra el lúbrico servicio que prestan algunos “servidores públicos” al mejor postor.

Hitler, al ver frustrada su carrera como artista plástico, afirmó: “el arte no sirve para nada”, y puso su histrionismo al servicio de la ideología. La lección es clara: para el equilibrio social es necesario que las personas banales pero voluntariosas dediquen sus energías creativas a tareas inútiles. Las obras de contabilidad, construcción o dirección deben ser ejecutadas por personas capaces, de lo contrario los países se ven condenados a sufrir las desgracias ocasionadas por personajes mediocres que podrían ser muy buenos, por ejemplo, en las artes ecuestres, pero que resultan nefastos si llegan al poder (manejan la nación como se dirige una granja animal). Además, las triquiñuelas lucrativas del arte son argucias menores comparadas con las astucias que produce el maridaje entre Estado e Industria Privada: es posible que por decreto un lote pase de costar 34 millones a 3000 millones, pero este rendimiento piramidal es excepcional en el mundo del arte.

No se puede obligar a nadie a ser artista, sin embargo, para algunos debería ser obligatorio, y así algunos muchachos díscolos salgan del clóset y se entreguen a la bohemia, es preferible verlos ociosos pintando mamarrachos a ver cómo el aparato del Estado se dedica a pintarrajearles decretos al ritmo de su capricho empresarial.

La próxima vez que usted vea una pieza de arte mediocre agradezca: ese artista, ese pobre creador, podría haber sido su dentista (o su presidente). Lo más útil del arte es su inutilidad.