lunes, 6 de julio de 2009

El detector de ironía


Señora lectora, señor lector: pronto usted podrá detectar fácilmente la ironía, bastará con activar una función especial en su computador o libro electrónico.

Lo ocurrido a Don Dagoberto Paredes no le sucederá a usted: cuando Mauricio Pombo, en una columna titulada “La farsa del domingo” escribió, en primera persona, sobre las manifestaciones nacionalistas por la paz: “Yo estoy convencido de que todas esas marchas y conciertos del 20 de Julio pasado fueron manipulados por el imperialismo y la oligarquía colombiana. Se trató de toda una pantomima orquestada por las multinacionales, los monopolios, la gran prensa burguesa y el capital lacayo financiero.” Don Dagoberto se delicó y en respuesta comentó: “Me sorprendió la columna de Mauricio Pombo, “La farsa del domingo”. Le salió mal el chiste. Pocos lectores la entendieron. Se prestaba para que muchos la tomaran en serio. Yo también me indigné. Al final, algo entendí. Menos mal aclararon. Lamentablemente, esa columna en los medios internacionales la pueden explotar las Farc.” Paredes fue afortunado, alguien lo informó; mientras tanto miles de lectores fueron víctimas de la pirueta retórica y unos cuantos dejaron por escrito la prueba de su incompetencia: “No entiendo como el periódico da cabida a idiotas utiles de las FARC como el tal pombo…”

Afortunadamente, la International Business Machines anunció que pondrá un sistema de computación a competir contra humanos en un veterano teleconcurso estadounidense. El nombre dado a la máquina es Watson. El concurso exige conocimiento y memoria rápida en una amplia gama de temas: historia, literatura, política, cine, cultura pop y ciencia. Las pistas son una larga serie de enunciados redactados a partir de sutilezas de significado, ironías, adivinanzas, paradojas y otros recursos retóricos. Algunos analistas de otras empresas, incrédulos ante los publicitados alcances de Watson, señalan que la tecnología todavía no está lista. Pero es solo cuestión de tiempo, la misión ya está trazada, como lo señalan Sergey Brin y Larry Page, los dos “boy scouts” de la manada positivista que fundó Google: “Con seguridad que si tuviéramos toda la información del mundo directamente conectada a nuestro cerebro o a un cerebro artificial más inteligente que el nuestro, estaríamos mejor”.

Con ayuda de la técnica todo estará mejor, la ironía será detectada: no más extrañamiento, sorpresas o relecturas, el sistema clasificará el texto, dará las explicaciones necesarias y si es el caso, como en los programas de humor, simulará una risa grupal de fondo que dará la pauta para reír. El lector informado no tropezará más con la ironía ni verá afectados sus hábitos zigzagueantes de escaneo, seguirá “surfeando” el texto a punta de golpes de vista, titulares, destacados y resúmenes, atajos que optimizan el tiempo invertido en la lectura. Todo aquello que perjudica la eficacia de la inmediatez comunicativa será detectado y editado: no más perderse en los circunloquios de la literatura imaginativa, observar la colisión de ideas contrarias, practicar el arte de la exageración, ver como las mentiras dan cuenta de lo veraz o como un variado dominio del estilo profana la venerada originalidad de todo autor.

El impreso, con su quietud arcaica y espacios de silencio, cuerpo de papel carente de electricidad, volumen de páginas frígidas que se niegan a interactuar con el usuario, es cosa del pasado: lo de ahora es lo instantáneo, lo asequible, la “interface” que se puede conectar. Un lector informado no solo se informa, se deja dar forma por la información, fluye, se suma al mundo; incluso, en el futuro, no habrá necesidad de leer, los dispositivos de lectura lo harán por nosotros, tener el mejor dispositivo y la mejor conexión serán señal irrefutable de una mayor inteligencia (a nadie importa si es “artificial”).

La pregunta del satirista Karl Kraus, planteada hace más de un siglo, finalmente tendrá respuesta: “¿De dónde saco el tiempo para no leer tantas cosas?”. El tiempo liberado se podrá dedicar a trabajar, trabajar y trabajar, y con el fruto del trabajo comprar tecnología inteligente que nos haga una vida más fácil, ironía incluida.