martes, 11 de agosto de 2009

Catadores de obras



Si los textos de las etiquetas de vino fueran escritos de la misma manera como se interpretan algunas obras de arte, la descripción de un vino chileno podría ser: “Sauvignon Blanc, proviene del Valle del Maule, de color amarillo verdoso, con intensos aromas de melón, pomelo y flores silvestres como jazmín. En la boca su acidez baja y delicada es jugosa y muy suave en relación a la mayoría de Sauvignon Blanc. En la nariz predomina más lo floral a lo frutal. Sus aromas y sabores simbolizan el despertar a la democracia en Chile, su tinte variopinto es una crítica directa al paradigma de pureza racial que mantuvo Paul Schäfer en la Colonia Dignidad de 1961 a 2005 cuando protegido por el régimen de Pinochet y la derecha chilena cometió delitos de abuso de menores, tráfico de armas y violaciones a los derechos humanos en la región del Maule. Más recomendable para acompañar comidas (mariscos, quesos) que como aperitivo en solitario. Servir entre 9 y 11C. Muy accesible dado su excelente precio.”

No sé si luego de leer esto cambiará en algo la experiencia que tenga el que tome el vino, experimentos se han visto donde al trucar los precios entre dos vinos opuestos en calidad, el pobre recibe elogios y el rico se mengua, de ahí que muchos prefieran hacer el ejercicios de catar a ciegas, blindando las botellas para que la experiencia se concentre en el color, la nariz y el gusto, no en la labia.

En la Galería Santa Fe se mostró “Expulsión del Paraíso” de Mario Opazo, la tercera exposición en la programación del Premio Luis Caballero. A lo largo de la sala curva había un serie de objetos (banderas, un platón, libros, un barco, una lámpara, un muro de ladrillo…) sobre los que sucedían cosas (proyecciones de video, un tocadiscos con música de ópera, un hombre vendado que sentado en una silla tocaba de vez en cuando una campana atornillada a la parte de atrás del muro…)

En uno de los videos un hombre en un desierto portaba la bandera chilena y gritaba algo, al parecer decía que cuando niño su madre lo cubría con ese manto para protegerlo de los militares; luego, en otra imagen el mismo hombre, sentado frente a otro de apariencia árabe, se ponía un turbante en la cabeza. Y uno se preguntaba: ¿qué hace un chileno en el desierto? o ¿basta un turbante para ser árabe? Antes de sucumbir a ese par de llamados, al proselitismo de uno y a la obviedad del otro, había que buscar algo más, tal vez lo propagandístico de los videos apuntaba abiertamente a oponer la dos situaciones para neutralizar sus contenidos, una purga irónica que expulsaría al espectador de los contenidos políticos y culturales y lo acercaría a lo poético.

Pero el collage de objetos, una vez desprovisto de su carga panfletaria, no llegaba muy lejos, tal vez la simpleza de una de la composiciones lo resume todo: sobre una pared se proyectaba un mar y en el piso, entre el haz de luz y la proyección, había un barquito de madera, una carabela solitaria; igual de solo a este espectador que ante el poco vuelo de las imágenes de la exposición se contentó con buscar compañía en otras composiciones y, por ejemplo, vino a la mente la frase singular del Conde Lautremont a la que los surrealistas le dieron tanta cuerda: “Bello como el encuentro fortuito, sobre una mesa de disección, de una máquina de coser y un paraguas”. No bastó la música de opera, las dosis paradójicas de “otredad” o el campanero circunspecto, el sinsabor prometido por la expulsión del paraíso no se dio, preferí no ir más lejos, de lo contrario me habría pegado una juma parecida a la de un crítico que comenzó con uno que otro acierto pero terminó jumado en verborrea y absoluto, y al final, ya viendo doble, afirmó que la exposición cumplía con “la función ritual, terapéutica y política de los objetos en el pensamiento de Beuys”. (Beuys, gran dibujante y escultor, además de chaman de la culposa posguerra germánica).

Así, no sobra recordar una de las frases de Susan Sontag en “Contra la interpretación”, su ensayo de 1964, un texto tildado de anacrónico y ligero pero mejor que el cóctel abstruso de teoría y lirismo que ofrecen algunos catadores de obras: “Nuestra misión no consiste en percibir en una obra de arte la mayor cantidad posible de contenido, y menos aún en exprimir de la de arte un contenido mayor que el ya existente. Nuestra misión consiste en reducir el contenido de modo que podamos ver en detalle el objeto.”