martes, 15 de septiembre de 2009

La casa de citas del arte


“Usted sabe, somos nosotros los que hacemos los pintores” le dice el crítico Langelard a Dedé, un truhán de medio pelo, en una escena de la película “La perra” de Jean Renoir. A su lado están el dueño de la Galería Wallstein y un colega del criminal. Los cuatro hombres miran un par de pinturas que ha llevado el dúo de artesanos del fraude al negocio de arte. Las obras pertenecen a un cajero de banco llamado Maurice que pinta en sus ratos libres y que las usa para decorar el nido de amor que le ha hecho a su amante Lulú, la mujer que ama a Dedé, que se putea por él y le da dinero para que lo gaste en trajes elegantes y juegos de cartas donde siempre pierde.

“Pinturas sucias… son solo basura”, así califica la hirsuta esposa de Maurice las obras, su apocado esposo ni siquiera las firma; esto es aprovechado por Dedé y compañía que las firman con un nombre tomado al azar de una potra perdedora en una carrera de caballos: “Clara Wood”. En la galería el nombre le suena a Wallstein y a Langelard, y aunque no conocen a la “pintora americana” preguntan si hay más obras, Dedé asiente y así, en poco tiempo, “Clara Wood” hace carrera. Cuando Maurice casualmente ve una de sus pinturas exhibidas en la galería y le pregunta a Lulú, ella le dice que necesitaba enviarle dinero a su “hermana enferma” y él, obnubilado por los instantes de lujuria y bohemia que le da su “cocotte”, deja pasar el asunto, antepone el amor al arte. Lo contrario pasa con Dedé y cuando Wallstein le dice que un coleccionista importante quiere que Clara Wood le haga un retrato, él organiza una fiesta y al final de la puesta en escena se encarga de que su atractiva y dócil pintora sin pincel se quede a solas con el cliente para que le haga el trabajo: “¡No es ella algo!” dice el crítico, “¡Bueno, de todas formas así también lo va a lograr!” dice con sorna su galerista. Renoir cierra la escena con la pintora y el coleccionista, juntos sobre un diván, coquetean con la mirada, funde a negro y abre la siguiente toma con un cheque en primer plano y Dedé dictándole a Lulú lo que debe escribir para endosarle el pago de la transacción a él. Renoir, conocedor del mundo artístico (es hijo del pintor Auguste Renoir), ha puesto en juego una ecuación conocida y que coincide con la exclamación repentina que anotó Baudelaire en uno de sus diarios íntimos: “¿Qué es el arte? Prostitución.”

La compañía productora de “La perra” no comprendió lo filmado, hizo un primer corte de la película que no le agrado a Renoir, el director peleó con la empresa y tuvo que vender algunas de las pinturas heredadas de su padre para hacer una edición propia. La película no tenía una trama fácil y sí altas dosis de ironía y desencanto, tal vez por eso tuvo que ser publicitada con una frase llamativa: “La película que no quieren que usted vea”. Pero es al interior de la obra de Renoir donde la analogía entre los actores del arte y la prostitución es más significativa y cuando el crítico dice “somos nosotros los que hacemos los pintores”, lo dice en plural: a la crítica se suma un gestor cultural (Dedé) y un galerista con apellido mezcla de pared y de judío (Wallstein).

En el Manifiesto del Partido Comunista Marx y Engels afirman: “La burguesía despojó de su halo de santidad a todo lo que antes se tenía por venerable y digno de piadoso acontecimiento. Convirtió en sus servidores asalariados al médico, al jurista, al poeta, al sacerdote, al hombre de ciencia.” En la trama de “La perra” la mujer caída adquiere un nombre de artista americana moderno, Clara Wood, y se inviste de un halo de santidad, su “poesía” deberá atraer a compradores y coleccionistas, en ella encontrarán lo venerable, un piadoso acontecimiento: “arte”.

Si la galería es la casa de citas del arte, la bienal sería una carpa itinerante de orgías y el Museo el palacete donde el producido de las “cocotte” se atesora luego de que han logrado acumular un capital importante: se han vuelto respetables. Pero el balance actual no corresponde con la economía reflejada en 1931 por “La Perra”: las galerías ya no son tan importantes y la atención se centra en bienales y museos donde una bacanal de exposiciones colectivas pone a circular a los artistas, ficha su piel y nombre en gruesos y brillantes catálogos y los pone a negociar directamente con casas de subastas, coleccionistas y unas pocas galerías de prestigio.

Sin embargo, estas transacciones desconocen algo primordial para el artista y el espectador: la exposición individual. Es ahí donde los artistas, gracias al concurso de un galerista alcahueta, organizan su vida y obra en torno a un tiempo y espacio preciso, en lo privado y en lo público, y sin metarelatos curatoriales ni obras ganadoras hacen una apuesta personal que responde al placer privado de la lectura.

En un evento colectivo después de ver 20 obras diferentes, o kilómetros de arte, no hay miembro que resista, la atención se desinfla y el viagra intelectual no sirve, ante esa desmesura la mayoría de propuestas curatoriales se revelan como lo que son: pajazos críticos que sirven de cortina de humo para una red mundial de trata de blancas.

Una galería, a punta de exposiciones individuales (y una que otra curaduría bien curada) estimula un cuerpo a cuerpo que habitúa al espectador a embates uno a uno. No se trata de reemplazar la sodoma bienalística o la necrofilia de la exposición consagratoria, pero es en los encuentros singulares donde el espectador se engancha realmente: no solo va a la galería al cóctel de inauguración sino que regresa a consumar el acto; se convierte en un amante del arte, pero no como muchos que lo hacen para pavonearse de sus gusticos extramaritales y al primer escándalo piden perdón, olvidan o lo niegan todo, no, asiste como un tinieblo anónimo y solitario, acostumbrado a sesiones intimas de amor y desamor, odios y traiciones, vigor e impotencia, todo con el fin de alcanzar instantes efímeros de placer, un vicio secreto expresado con claridad meridiana por un tal Duchamp, artista ocioso y erotómano francés: “quiero atrapar las cosas con la mente de la misma forma en que el pene es atrapado en la vagina”.



[publicado en periódico Arteria #20]