miércoles, 24 de febrero de 2010

Bodies: real + fascinante + negocio


En septiembre de 2007, el médico Jody Silliker fue a la exposición Bodies: real + fascinante, organizada por la empresa Premiere Exhibitions en Nueva York.

Silliker pasó de la fascinación real a un real disgusto: “No pude evitar pensar sobre la personas que habían tenido esos cuerpos. ¿Qué los llevó a querer ser preservados como eternos maniquíes para el estudio, el entretenimiento y el lucro de otros? … Comencé a mirarlo todo en detalle y me di cuenta de lo bien formados y de la buena contextura de los músculos de todos los cuerpos. Ninguno presentaba los síntomas de artritis que aparecen normalmente en los dedos de las manos y los pies al final de la juventud. Noté por la forma de los ojos que todos los cuerpos eran asiáticos, pero no me detuve a pensarlo. En el momento en que vi telarañas, polvo en la cara y en el hombro de un cuerpo que estaba iluminado a contraluz, pasé de la ansiedad a la preocupación y al horror. Desde entonces, esas imágenes me persiguen.”

La inquietud del médico llegó ante la ley. Por la presión que hicieron organizaciones de derechos humanos que documentan los abusos en prisiones y campos de concentración en China, y por la nota de un noticiero que demostró que la universidad que producía los cuerpos para Premier era solo una fachada para dignificar una destartalada cadena de ensamblaje, el Procurador General del Estado de Nueva York abrió una investigación y concluyó: “La sombría realidad es que Premier Exhibitions se ha lucrado de exhibir los restos de individuos que pueden haber sido torturados y ejecutados en China. A pesar de que la empresa lo ha negado en repetidas ocasiones, ahora sabemos que Premier no puede demostrar las circunstancias que llevaron a la muerte a estos individuos. Premier tampoco pudo establecer que estas personas dieran permiso para que sus restos fueran exhibidos de esta manera. El respeto por los muertos y el respeto por el público demanda que Premier haga algo más que simplemente asegurarnos que no hay razón para estar preocupados. Este acuerdo es apenas un comienzo”.

El Procurador ordenó disponer de un fondo para reembolsar el boleto de entrada a los que lo exigieran y obligó a Premier a poner un aviso en la exposición y en su página de Internet:

“Esta exposición muestra los restos humanos de ciudadanos chinos o de residentes que fueron recogidos por el Departamento de Policía China. El Departamento de Policía China puede haber recibido los cuerpos de prisiones chinas. Premier no pudo verificar de forma independiente que los restos humanos que usted está viendo no son de aquellas personas que fueron encarceladas en prisiones chinas. Esta exposición muestra cuerpos enteros y partes humanas, órganos, fetos y embriones que vinieron de cadáveres de ciudadanos chinos o residentes. Por respeto a las partes humanas, órganos, fetos y embriones que usted está viendo informamos que fue imposible verificar que no hayan pertenecido a personas ejecutadas mientras estaban encarceladas en prisiones chinas.”

A los espectadores voluntariosos poco les importo la advertencia. Por ejemplo, Felipe Santos, director de la empresa colombiana Enterteiment Marketing Solutions, vio la exposición en Nueva York y sintió “la necesidad de llevarla a Colombia”. Así lo hizo en asocio con Premiere: Bodies: real + fascinante pasó por Medellín, ahora está en Bogotá y próximamente llegará a Cali.


“Coolture Marketing” es el nombre que Santos da a su estratagema comercial: “Este término salió de un brainstorming, una mezcla, la fusión entre la educación, pedagogía y cultura con entretenimiento. Vimos que obviamente el tema de mercadeo era muy importante y por eso la parte de marketing. Y pensamos en la parte de cultura, porque al fin y al cabo educación es cultura, entretenimiento es cultura y, cambiándole la “u” por la “cool”, representaba mucho entretenimiento, era lo que se podía sintetizar las tres cosas: la cultura, educación, pedagogía con entretenimiento y con alto grado de responsabilidad social.”

Hay poco de responsabilidad social en la carta de cuatro páginas que Santos le dirige a Ana María González, subdirectora de identidad empresarial de las Empresas Públicas de Medellín, donde no menciona el caso legal de Nueva York y en cambio sí detalla con precisión los beneficios de Bodies: real + fascinante como “inversión rentable e impactante”.

Santos, embalado a punta de “Coolture Marketing”, a cambio de $150 millones de pesos ofrece a la empresa lo siguiente: “presencia en el Plan de Medios local por más de 700 millones de pesos… El Colombiano (mínimo 200 millones de pesos)… Caracol Radio (mínimo 200 millones de pesos)… Caracol Televisión… Revista Soho… Revista Semana… Revista Avianca… derecho a "good will" en campañas propias… 4 vallas… 30 eucoles… pendones… presencia en material y publicaciones del comité científico… sitio web… 250 entradas… visita VIP a 3 grupos de 30 personas… 48 terapias de relajación de 10 minutos… 30 sesiones de 5 minutos en la barra de oxígeno… “

Al final, Santos añade: “estamos seguros que esta exhibición real y fascinante viaje por el cuerpo humano le brindará la oportunidad de que sea reconocida en una exposición que ha logrado a través del mundo tener el mayor número de visitas repetidas de sus asistentes”. En efecto, ahora gracias a Bodies: real + fascinante es posible asociar, una y otra vez, a las Empresas Públicas de Medellín y a todos los patrocinadores —alcaldías, medios de comunicación, compañías de celular, hoteles, museos y hasta a una EPS— con un perchero de carne humana que posa con un balón. El problema está en que nada garantiza que ese cuerpo joven que ahora vemos detenido en una saludable pose deportiva no sea el mismo que hace unos pocos años cargaba un puñal o tecleaba un computador, y estuviera detenido como criminal o disidente y muriera ajusticiado o acribillado.

Los cuerpos de varias personas han sido desollados y disecados, usados —con o sin su consentimiento— para beneficio de una empresa que nos promete una experiencia “fascinante que no puedes perderte y que estará sorprendiendo a los colombianos por su aspecto didáctico, artístico y preventivo”.

Tom Zaller, vicepresidente de Premier, estima que el objetivo financiero de cada una de las paradas de la exposición es generar por lo menos 2 millones de dólares para la compañía. La cifra parece desmedida para la escena colombiana pero basta con saber que la Alcaldía de Bogotá piensa regalar entradas a más de 500.000 estudiantes de colegios distritales para dimensionar el lucro, una suma multimilloria que logrará justificar los varios cientos de millones que Santos y sus socios invierten, por ejemplo, en el Plan de Medios.

Por el obvio morbo que despierta lo prohibido la exposición ha sido descrita como “polémica” y “controvertida”. En varios infomerciales de prensa se ha dicho que “ críticos alrededor del mundo, así como la iglesia, han mostrado su preocupación por el origen y uso dado a los cuerpos, que el instituto de Von Hagens sostiene provienen de donantes y se obtienen legítimamente.” Esta es una astucia que pretende hacer pasar la exposición de Premier por la exposición Body Worlds de Gunther von Hagens, el doctor que comenzó a hacer este tipo de muestras y que ante las dudas éticas y problemas legales que tenía al usar cuerpos de origen chino ha preferido no volver a exhibir ni adquirir la mercancía que ofrece ese país.


Santos afirma que “Bodies: real + fascinante”, “es una exposición definitivamente pedagógica" y añade: “algunas de las personas que han visto la muestra en Medellín automáticamente han dejado de fumar”. Si esto es así, China se convierte en ejemplo para el mundo. En vista del poco interés que despierta el origen de los cuerpos y la aceptación mundial, casi unánime, de que el fin “pedagógico”, “artístico” o “preventivo” justifica los medios, se abre una ventana de oportunidad que en Colombia deberíamos aprovechar. Por ejemplo, a cualquier genio del marketing se le podría ocurrir revivir la iniciativa que tuvieron en el siglo pasado unos pequeños empresarios colombianos luego de un “brainstorming” tropical: en 1992, los celadores de la Universidad Libre de Barranquilla invitaban a los chatarreros a entrar a la institución para poder asesinarlos a golpazos con la tranca de una puerta; los vigilantes garantizaban con falsedades la idoneidad de la mercancía y vendían los cuerpos a estudiantes de medicina. El asunto se reveló porque un chatarrero soportó la golpiza, se hizo el muerto y pudo escapar al destino paradójico de pasar de reciclador a reciclado, un fin que algunos considerarán “definitivamente pedagógico”. Hoy a esa universidad se la conoce como “Unitranca”.

Gracias a la industria promisoria de los “Bodies” y al ropaje bienpensante que ofrece el “Coolture Marketing”, el país podrá cubrir sus flaquezas y convertir la muerte, el asesinato y sus “desechos” en industria. Mano de obra calificada y “chinos”, perdón, “falsos positivos”, perdón, materia prima es lo que sobra. ¿En manos de qué personas está el futuro de la educación, la pedagogía, la cultura y hasta el entretenimiento en este país?


Nota: un correo fue enviado a info@bodiescolombia.com y otro a Felipe Santos. Se pedía un comentario sobre la decisión del Procurador de Nueva York. El mensaje no tuvo respuesta.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Premio Luis Caballero: entre lo serio y lo solemne


Un pendón sobre la fachada de la Galería Santa Fe anunció, durante la mayor parte del año pasado, la quinta versión del Premio Luis Caballero; de un tirón despachaba las seis exposiciones de este ciclo de exposiciones.

El letrero era un apocado arrume tipográfico que no le hacía justicia a la grandilocuencia que exhibieron en la premiación el “alcalde Samuel Moreno Rojas, la secretaria de Cultura, Recreación y Deporte (e), Yaneth Suárez; y la directora de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño, Ana María Alzate Ronga” cuando “encabezaron el acto solemne cumplido en el Planetario Distrital”. El boletín de prensa oficial insistió, dos veces y con el mismo adjetivo, sobre lo “importante” del premio: “es el referente internacional del arte colombiano y se ha consolidado como el reconocimiento nacional más importante para artistas plásticos mayores de 35 años con una trayectoria sobresaliente de mínimo 10 años en el campo artístico profesional. Este, es el premio más importante que otorga el Distrito Capital.”

El pendón no era solo líchigo en su diseño, su contenido comunicaba otra reducción: eran solo 6 exposiciones de las 8 que debían haber sido. El jurado de selección de la Quinta Versión del Premio Luis Caballero dejó dos cupos desiertos por “considerar que las propuestas restantes no tenían una sustentación conceptual contundente, no hacían un uso adecuado del espacio, y/o no eran viables económicamente.” A esto había que sumar que los proyectos que llegaron a esta instancia solo fueron 19.

Bien visto, el Premio Luis Caballero no es tan “importante” como se publicita, sobresale más por el declive de otros certámenes que por la “importancia” que le dan sus organizadores. La “Bienal” del Museo de Arte Moderno se hace ahora cada tres o cuatro años y es tan bajo su perfil que para ahorrarle la infamia a sus participantes reserva el dinero de los premios para el pago de la nómina. Los Salones Nacionales de Artistas ya no son de artistas, son de “temáticas” y sus coronas de reinas, primeras princesas y segundas princesas pasaron a mejor vida (dicen que ahora el reinado es entre curadores).

Hay uno que otro premio que solo ofrece “premio”: una suma desmedida de dinero que justifica olvidarse de la estética y exponer en un corredor de piso crujiente y junto a otros competidores ansiosos de ganarse la lotería; este es el caso del Salón Nacional de Arte Bidimensional que organiza la Fundación Gilberto Alzate Avendaño (“325 artistas con más [de] 500 trabajos”). Tal vez a esa cultura de buhardilla, canelazo, boina y biberón es a lo que el Alcalde Samuel Moreno se refirió en el “acto solemne” cuando dijo: “Hablar de Bogotá, es hablar de la Bogotá Bohemia, cultural, cuna de muchos artistas y de muchos premios como el Luís Caballero…”

Los premios son un imán para la solemnidad, sus reglamentos, sus comités de jurados, sus deliberaciones, sus actas, sus ceremonias, sus discursos y, sobre todo, sus galardones tienen la función de dar una impronta de desmedida grandeza a una parafernalia de latón y oropel. Son un mal necesario que logra llamar la atención de la audiencia general pero distrae de lo importante y lo serio. Pero de eso se trata, de divertir. Pan y circo para el pueblo. Lo solemne es un lugar común atractivo. Lo serio —por ser complejo— es difícil de reconocer.

Lo importante (y serio), en el caso del “Premio” Luis Caballero, sería la posibilidad de hacer ocho exposiciones individuales, en un espacio amplio y exigente para el que cada artista tenga una propuesta específica con suficiente tiempo de antelación. Importante (y serio) fue, por ejemplo, la actitud de Jorge Jaramillo, el gestor cultural que en 1996, como director de la Galería Santa Fe, juntó el hambre con las ganas de comer: asoció el potencial del espacio de la sala con la potencia de artistas mayores a 35 años. Además, el requisito de la madurez fue correspondido con el reconocimiento de una bolsa de trabajo para que cada artista hiciera su proyecto.

Es por esto que el Premio Luis Caballero tiene todo para ser un evento serio, exige a los artistas jugar en serio: a hacer un balance de su carrera, a sopesar esas cosas espontáneas, intuitivas, accidentales e incidentales que fueron logradas por inocencia o por arrogancia, por egoísmo o por afortunado descuido, por terquedad y perseverancia. El espacio de exposición de la Galería Santa Fe es un estadio claro para tener serias expectativas: es tan desolado como provechoso, tan limpio como crudo; y es una palestra exigente y respetuosa, un escenario para exposiciones individuales que no ofrecen las galerías, ni las ferias, ni las bienales, ni las curadurías, ni incluso las instituciones culturales como el Banco de la República, que parecen cada vez más entregadas a la solemne labor de administrar y asegurar no solo obras sino a los que las administran y aseguran. El “premio” Luis Caballero es un espacio único y afortunado.

Este espacio privilegiado tal vez nunca ha sido comprendido, pero la de ahora ha sido su peor hora: la última administración distrital ha desplegado toda su artillería pirotécnica y vistosa en la difusión de las actividades de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño en detrimento de la actividad artística del Planetario, donde incluso por un tiempo se cobró una boleta de entrada a las exposiciones.


Lo más grave es que la Galería Santa Fe desaparecerá del Planetario de Bogotá a mediados de este año por obras de “reforzamiento estructural”, y aun no tiene sede fija o temporal. Se han hecho promesas solemnes como alojarla en un fantasioso “Palacio para las Artes” o tímidas insinuaciones que buscan por el centro de la ciudad un espacio con la misma escala y acceso peatonal. La Galería Santa Fe es la más visitada del país, no tanto por la “bohemia” de la “Bogotá Positiva”, sino porque tiene un público cautivo atraído por las luces del planetario y que por el hecho de estar en el centro de la ciudad la pone en el recorrido de toda diletancia cultural. Diletante o no, sin el planetario la Galería Santa Fe no será la misma y con la pérdida de este espacio el Premio Luis Caballero perderá lo que le es más esencial.

Por el número de propuestas recibidas tampoco parece que los artistas se hayan tomado en serio al Premio Luis Caballero y, si se hace caso al fallo del jurado de selección, los trece proyectos rechazados eran pésimos. Aunque el acta también parece caer en lo solemne: los jurados olvidaron como en versiones anteriores algunos artistas destacados pasaron por el filtro de selección pero luego cambiaron de proyecto en el camino, usaron el dinero de la bolsa para otros propósitos o mostraron cosas viejas. El evento para muchos fue solo un trámite más en miras a posicionar un nombre y un estilo. Otros, ante el poder del espacio, vieron como su idea se quedó en “arte conceptual”. El jurado pareció más cercano a lo solemne que a lo serio: ser serio hubiera sido apostarle a la contingencia de dos exposiciones más, dejar constancia sobre el bajo nivel de algunas propuestas, el resto le corresponde a la crítica.

Las seis exposiciones de la quinta versión también se debatieron entre la seriedad y la solemnidad: a muchos artistas no les bastó con centrarse en la seriedad de sus propuestas, sino que les dio por entregarse a una solemnidad grandilocuente con la que pretendieron justificar lo que, aun no se sabe por qué, supusieron que necesita justificación. Luis Caballero, en una entrevista en la Revista ECO en 1978, cuando le preguntaron sobre “la vanguardia artística”, dijo: “El arte reflexiona sobre el arte y los artistas analizan desesperadamente su función, sus medios, su lenguaje. Analizan su gramática o inventan otra nueva, pero con esas gramáticas no se escriben poesías. Y yo creo que el artista no es el gramático sino el poeta…”


A la luz de la mirada de Caballero se podría decir que “Expulsión del Paraíso”, de Mario Opazo, la exposición premiada, fue la que más en serio se tomó eso del “poeta” y ensambló varios conjuntos de objetos a lo largo de la sala. Al avanzar por la exposición algo fuerte e impreciso alzaba vuelo. Sin embargo, tocaba resistirse al afán desesperado del artista por alegorizar; “la temática” en vez de ser un área de partida se convertía en un punto final, en pedagogía, retórica, mensaje, “gramática”, en palabras de Caballero; pura solemnidad.

Y así pasaba, en mayor y menor grado, con las otras exposiciones: la intuición se presentaba como una explicación técnica o conceptual, discurso de artista “investigador”, un ser que vive de hablar, no hace cosas sino que “desarrolla prácticas artísticas”, justifica todo bajo fuentes filosóficas, sufre de un mesianismo insufrible. Pareciera que el misterio y el silencio son inadmisibles, algo poco serio que “carece de rigor”. Tal vez por eso las exposiciones iban acompañadas de conferencias y proyecciones, un “componente pedagógico” que las vaciaba de extrañamiento y llenaba de información.

Parece que los artistas de tanto socializar han perdido esa tontería solitaria, anárquica, que tomada en serio hace la diferencia al momento de crear, confunden el efecto con la causa, se vuelven solemnes: la “sustentación conceptual contundente” que piden los jurados es solo un truco para tener una buena nota académica, ganar el espacio, sacarle dinero al Estado, un carretazo, un indicador, una bella mentira, no es más. Sobre este síntoma, Caballero, en la misma entrevista, dice: “los llamados artistas de vanguardia están haciendo sociología, filosofía o simplemente reflexiones estéticas, y dentro de ese campo es posible que estén haciendo cosas interesantes… no lo sé porque no los conozco… y no los conozco porque no me interesan; pero lo poco que he leído de ellos —y digo leído porque en general sus obras no se ven sino se leen— me parece de una trivialidad y de una pretensión infinitas…”

“Tus triunfos, pobres triunfos pasajeros…”, dice el tango. La Galería Santa Fe y el Premio Luis Caballero se han perdido, ambos espacios llegan a su fin. La Historia del Arte se demorará en rescatar lo serio entre tanta solemnidad, tocará esperar que los historiadores no sucumban ante la solemnidad propia de su especialidad y se tomen en serio el arte de narrar. Pero volver a tener un espacio y un “premio” así es algo que habría que buscar en serio…



(Este artículo fue escrito para la edición de la semana pasada de la Revista Cambio)

Crítica a las exposiciones del Premio Luis Caballero:

>>Quinta versión:
http://esferapublica.org/nfblog/?cat=45

>>Cuarta versión:
http://esferapublica.org/portal/index.php?option=com_content&task=view&id=327&Itemid=1

Calma chicha:
http://esferapublica.org/portal/index.php?option=com_content&task=view&id=805&Itemid=1

Sobre lo serio y lo solemne:
http://www.ted.com/index.php/talks/paula_scher_gets_serious.html

viernes, 5 de febrero de 2010

Amantes y señoras


“Neoyorquina amante del arte se cae y rompe un Picasso”, dice el titular de la noticia. ¿Cómo sabe el periodista que la mujer es “amante del arte”?, la noticia no lo explica, en el periodismo, sobre todo el cultural, es un hábito disparar de forma automática este tipo de muletillas que, para facilitar la pereza mental del escribidor, parecen venir formateadas en el teclado del computador: F5 “amante del arte”, F6 “dio rienda suelta a su creatividad”, F7 “un lenguaje irreverente y novedoso”… Especulando, la caída de la mujer pudo ser un simple tropiezo aunque tal vez ella sí fue una víctima del Síndrome de Sthendal, un mal bautizado así por la descripción que el escritor francés del siglo XIX hizo en su diario, tras una sobredosis de arte, durante un viaje a Italia: “Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme”.

Sin embargo, más allá del motivo de la caída, “amante del arte” es una muletilla bienpensante. Está lejana al carácter negativo que tiene “diletante”, una palabra que perdió empuje y pasó de ser “deleite por las artes”, a ser un término usado para describir a todo aquel que demuestra un interés somero por algún tipo de conocimiento pero carece de medios y capacidad para concretar idea alguna.

“Amante del arte” es tan casual y desabrochado como el sexo casual, y decir sexo no es casual. “Amante” da a entender que el arte es un lugar que está por fuera del matrimonio, por fuera de lo establecido, un espacio que se nos entrega a puerta cerrada, un vicio secreto al que nos podemos abandonar; muchos publicitan su aventura, pero el pavoneo deja una estela de sospecha, crea una sombra de duda sobre una supuesta vida sexual, perdón, cultural activa. Los “amantes del arte” le otorgan un halo de sensualidad a la mediocre monogamia cultural, ser un “amante del arte” es algo que socialmente está bien visto, incluso, la conjugación en plural extiende la acción a una eufórica orgía de cócteles, festivales, ferias y megaeventos donde el arte es comunión, paz, fraternidad…

Sin embargo, la alegoría tiene sus límites y los resultados, que son los resultados, hablan por sí solos, y muchas veces no son los esperados: el arte se convierte en un estorbo cuando es un amor que pone problema, que critica, que reclama más atención de la normal, que muestra cosas feas y las hace morbosamente bellas, que exige mucho y sin finalidad, que hace escándalos, que jode, que pide cambios y rompe hábitos, que confronta, que pide respaldo en momentos difíciles. En ese punto, muchos de los que se preciaban de ser sus adeptos machucantes reculan, moralizan las acciones de ese amor descarriado, esa traga maluca, y ante el escándalo incluso llegan a negar todo vínculo. Es entonces cuando se ve de que está hecho ese compromiso del “amante del arte”: puro papel, una muletilla cultural, un título de nobleza que da glamour, e inviste de cierto poder espiritual a personas, instituciones, fundaciones, universidades, ministerios…

Además, para que el título de “amante del arte” no sea peligroso y pueda lucir provocativo dentro del ceñido traje de las convenciones, hay una estratagema infalible: nombrar respetables señoras en la dirigencia de las instituciones, una especie de celestinas a la inversa que obstruyen cualquier intento de flirteo inteligente y mantienen el arte dentro de los canales administrativos regulares.

Y como detrás de cada hombre hay una gran mujer, las señoras son nombradas por señores poderosos que en el fondo piensan que el arte y sus variaciones son una cosa sensible e insignificante hecha por maricas, lesbianas, drogadictos, ociosos y bohemios. Muchos ponen ahí a sus mujeres para que ellas desfoguen su energía y no molesten, el arte se convierte en una especie de Prozac que rescata al “bello sexo” de las innumerables dolencias de la indolencia del hogar. Ellas están en todas partes, son omnipresentes, no hay ciudad con institución cultural que no cuente con su repertorio de respetables señoras dirigentes.

Se buscan señoras machistas que se atornillen en el puesto, que instalen ahí sus poderosas asentaderas y extiendan el decoro de su hogar a la institución que dirigen. Las señoras se toman en serio su tarea a posar como solemnes matronas que ocultan bajo un maquillaje de sabelotodo su atónita incomprensión. Las señoras, casadas con la institución, solo soportan a su lado a sirvientas y lacayos, ejercen una especie de dictadura maternal, todo aquel que las enfrenta sabe a lo que se expone: “me jodes, te jodes”.

La señora permanece en el poder por el poder, es una muralla que evita la libre acción de cualquiera que quiera el poder para poder hacer. La señora no corta ni presta el hacha, es el guardapolvos de una sociedad que se ufana de puertas para afuera de ser “amante del arte” pero una vez en la cama, a solas, no hay viagra cultural que mejore su mediocre ejecución.

Por fortuna, la palabra “señora”, por fuera de sus acepciones tiernas o jocosas es, cada vez más, un lastre que menos mujeres quieren cargar, hoy por hoy, decirle a una mujer “señora” es casi un insulto, y por algo será. El libreto lo asumen las apocadas, las perezosas, las lelas, todas aquellas que sucumbieron, en remedo y sin remedio, al poder de autoridades patriarcales. La fábrica de niñas señoras sigue produciendo modelitos pero la guerra ya está cazada y cada vez más excepciones —y mujeres excepcionales— involucradas con un presente complejo y no dominadas por las simplezas del pasado, han tomado por su cuenta y riesgo la labor de ventilar los encerrados dominios de la cultura y de acabar con el mal polvo de las “señoras de la cultura” y los “amantes del arte”.