viernes, 30 de julio de 2010

El desespero de César Herrera


“Estoy desesperado”, o algo por el estilo fue lo que le oí decir a César Herrera cuando nos reunimos en Cúcuta para hablar de lo que él hace, en el marco de unas conferencias sobre escritura y arte, o sobre crítica.

César Herrera estaba desesperado con los salones regionales de artistas, con las curadurías y con la pintura. Se sentía excluido, sentía que tenía que adaptar sus pinturas a las “temáticas” o “problemáticas” del “arte contemporáneo”, que le faltaba “contenido social”, había oído incluso que “la pintura está muerta” y que este era un género comercial, decorativo, que hacer “obras” era cosa del pasado y que lo de ahora eran las “prácticas artísticas”, lo mejor que podía hacer era mostrar su proceso pictórico en fotos, en una videoinstalación, en un performance, en un “multimedia”.

Herrera trajo una larga serie de imágenes de sus pinturas, verbigracia, llenas de pintura, un ejercicio que se resistía a construir forma alguna y era capaz de juntar a primera vista una gran cantidad de colores de gama contrastada en lienzos medianos, no grandes ni heroicos, ni pequeños o miniaturas. El ojo, una vez había sido atraído por la intensidad de esos colores vivos era atrapado por tonos más suaves, fragmentados en ecos, en saltos y variaciones hacia lo oscuro y hacía lo claro. La manera de esparcir el color era vigorosa, el óleo denso, tal vez distribuido sobre el esqueleto de un dibujo caprichoso, sin forma ni propósito, a menos de que el azar sea un destino. Era un trabajo construido capa sobre capa, con espátula, donde casi todo había sido cubierto con bloques de manchas limpias en el interior pero sucias en los bordes, cada una negociando sus límites y gama con la frontera abrupta de otros bloques de color, en transiciones bruscas y sinceras, el efecto de la pintura fresca.

Es difícil describir estas imágenes, es posible que la dificultad para nombrar los gestos de la pintura sea el problema que causa la desesperación de César Herrera. Al problema sensual que ofrece el lenguaje privado del pintor se suma el problema práctico de hablar en público sobre su obra. “¿Y qué significa?”, es lo primero que se pregunta todo espectador temeroso ante la contingencia verbal de estas pinturas, “¿qué me quiere decir?”, “¿qué me comunica?”. Y al no encontrar más respuesta que la propia pintura, y tal vez algún título alusivo que César Herrera les ha puesto como concesión, confesión o guía, se rompe esa ilusión de que el arte es comunicación y la expectativa del diálogo se transforma en un incómodo silencio. Al parecer no basta el lenguaje del color y no es suficiente pensar a través de manchas, somos diestros para ir a un almacén de ropa y escoger un patrón de colores sobre otro, un tejido sobre otro, y de esculcar en los cajones de un armario en busca de algo que combine o se ajuste al estado de ánimo del día, pero al momento de aceptar y reconocer este mismo juego en una pintura, como en las de Cesar Herrera, camuflamos nuestro analfabetismo visual y falta de confianza con una frase simplona y lapidaria: “no me dice nada”.

Usar palabras, describir la pintura y hacer analogías puede ser útil para señalar lo que ya es visible. Por ejemplo, decir que las pinturas de César Herrera son paisajes pictóricos donde el color sobrepasa con violencia la descripción formal de un árbol, un cielo o una montaña, resulta fiel ese impulso hacia lo pintoresco que ha caracterizado al género del paisaje. Se puede “historizar” a César Herrera como pintor de paisajes, y nombrar su afinidad con cierto tipo de manchas en La noche estrellada de Van Gogh, en La Montaña Sainte-Victoire vista desde Lauves de Cezanne, en La danza en el espacio antes de la tormenta de Appel, o en El espejo de Guston; o buscar semejanzas con la manera de componer de Turner en Tormenta de nieve, de Whistler en Nocturno en negro y dorado o de Roda en Tumbas, y llegar hasta a afirmar, de forma temeraria, que todas las revoluciones pictóricas de la imagen se dieron siempre desde y gracias a la licencias poéticas del género del paisaje. Incluso traer a colación a Pollock y mostrar cómo es de difícil hacer una pintura donde no hay centro, ni color predominante, donde no hay forma asible y donde, como en Ritmo de otoño, hay una resistencia a pintar el borde pero aun así no se crea un “marco” caricaturezco de manchas y gestos que contenga la obra, y luego, cuando alguien dice que “eso lo podría hacer hasta un niño” mostrar cómo sí se podrían lograr resultados semejantes pero nunca ejercicios tan precisos de color, mancha, gesto y composición como los que describe una mirada acuciosa que sabe valorar los límites del tablero, del bastidor, de la pintura.

Las palabras sobran. Es como si alguien me explica porqué me gusta el chocolate desde una perspectiva médica o me cuenta sobre el maltrato que sufren los niños de un país lejano explotados para producir esta apetecida sustancia, a lo sumo sabré algo más sobre mi cuerpo o tendré una reacción moral que somatizaré en un disgusto sensorial, pero nada cambiará el sabor del chocolate en mi lengua y es posible que a pesar de intelectualizar o moralizar la sensación, o de que me haga un daño físico o ético, algo me detenga de seguir probando. Tal vez es ese placer gustoso lo que hace que César Herrera siga pintando, tal vez es ese placer culposo el que hace que su pintura resulte desesperante para muchos. Es posible que en el ejercicio de la pintura haya un final de juego para la Historia, pero así como en el ajedrez todas las aperturas destacables ya han sido hechas, clasificadas, referenciadas, no por ello el juego ha dejado de existir. Lo mismo sucede con la pintura al óleo sobre lienzo: tal vez hay que asumirla como un juego más que no es el juego de todos los juegos, y antes que dar gritos lastimeros y convertir al pintor en un artista de la queja o en un sufridor ejemplar, o antes de pensar que la única pintura válida hoy en día es la irónica, hay que reconocerle al arbitrio pictórico su potencial y sus limitaciones sobre el tablero.

Así fue el diálogo mudo que tuve con César Herrera mientras señalaba los detalles en sus pinturas que hablaban con la contundencia del color en la patria del gesto. Ahora que escribo para el catálogo de esta exposición, me llegan destellos de su elocuencia pictórica y sé que no había razón para el desespero.

jueves, 22 de julio de 2010

De Bodies a Corpus


Sobre la exposición Bodies un señor garrapateó en Facebook: “debería haber cuerpos de otras razas, los asiáticos son muy pequeños, uno tiene la sensación de que son falsos.” Su inquietud fue menor que la de varios estadounidenses: a ellos los cadáveres, en vez de “falsos”, les parecieron humanos, macabros y sospechosos.

Roy Glover, director médico de la empresa Premier Exhibitions, creadora de Bodies, ha dicho: “Todos los cuerpos de esta exhibición fueron donados, y las personas aceptaron antes de morir ser usados con propósitos educativos”. El libreto usado por el médico y Premier para sortear la polémica y vender Bodies fue de poca ayuda ante la ley de Estados Unidos. En 2008 el Procurador de Nueva York, presionado por la comunidad asiática y por la prensa, abrió una investigación y concluyó: “La sombría realidad es que Premier Exhibitions se ha lucrado de exhibir los restos de individuos que pueden haber sido torturados y ejecutados en China.”

Felipe Santos, empresario que trajo Bodies a Colombia, ha guardado un astuto silencio. Y le han salido bien las cosas: las inquietudes que despiertan sus “falsos positivos made in China” han sido discretas. La explicación a esta omisión ignorante y cómplice tal vez está en la amplitud de la pauta publicitaria de Bodies en la prensa: sólo para Medellín fueron más de 600 millones de pesos. Y ni hablar del lucro para Premier: más de un millón de dólares por parada, y para Santos, más de 300 millones de pesos sólo por la primera semana de Bodies en Bogotá…

“Si a la exposición va tanta gente es porque es buena”, me dijo un pragmático. Tan buena será que ahora se exhibe como arte en Cali en el Museo de Arte Moderno La Tertulia, un espacio en bancarrota al que un año atrás le cortaron la luz, un museo que prefiere convertirse en un mausoleo tapado de billetes.

En cambio, la exposición que se tenía que ver, y en legión, fue Habeas Corpus, curada por José Alejandro Restrepo y Jaime Borja, en el Museo del Banco de la República en Bogotá, una sesuda y sensual muestra sobre el cuerpo que tenía lo que le faltó a Bodies: espíritu, alma. Habeas Corpus: Que tengas [un] cuerpo [para exponer] era un recorrido por las fuerzas poderosas y sutiles que atraviesan la gramática de la carne, desde el desmembramiento voluptuoso –y culposo– que glorifica el arte religioso hasta una amplia disección de obras y objetos surgidas de corrientes profundas de esperanza, desesperación, júbilo, pánico o resignación. Mientras Bodies se reduce a una necrofilia light disfrazada de tour pedagógico, Habeas Corpus era liberadora: el ojo era arrastrado hacia la intangible orgía de símbolos vivos que condensan y potencian esa misteriosa conjunción de carne, huesos, sangre. ¿Cómo explicarle este tipo de éxito al clientelista que en la Alcaldía de Bogotá reservó 500.000 boletas de Bodies para los alelados escolares capitalinos? Con razón P.T. Barnum, el mercachifle circense del siglo XIX, al referirse al público decía: “Cada segundo nace un idiota”.

(publicado en Revista Arcadia #58)

lunes, 12 de julio de 2010

El Ministro de Coolture



Me da mucha pena pero sobre todos los candidatos que están en la baraja para ser ministros de cultura el elegido debe ser Felipe Santos.

La competencia está reñida. Tenemos a César Pérez, el hombre de la academia, el chance y la política, director de la Universidad Cooperativa de Colombia que ha sabido llevar el saber a más de 21 ciudades de Colombia convirtiendo garajes en universidades, un rector que ha planteado la misión de formar “profesionales con criterios políticos, creativos y solidarios que contribuyan al desarrollo armónico de la sociedad” y que ha ido del dicho al hecho con la apertura de espacios necesarios para que el estudiantado se exprese, como se vio en las pasadas elecciones cuando motivó a varios grupos universitarios para que se sumaran a los foros de discusión de Internet como avatares santistas (o usuarios fantasma).

Otra candidata es María Claudia Lacouture, gerente de la exitosa campaña Colombia es pasión, quien ha sabido vender la imagen positiva del país. Ella con sus esculturas boterianas, sus siete corazones —cultura, música, ciudades, desarrollo, infraestructura y talento humano—, ha recorrido medio mundo, incluso completó su tour peripatético por la ciudad de Nueva York y está fue su conclusión: “Colombia pudo estar por más o menos una hora y media dando vueltas y todo el mundo que pasaba por Times Square, que son también muchos turistas, tuvieron la oportunidad de ver el corazón de Colombia en las pantallas, tuvieron también la oportunidad de ver a la Federación de Cafeteros y la bandera de Colombia.” Lacouture además de ser mujer es de la costa atlántica, pertenece a una familia que conoce bien las necesidades regionales y que por algo recibió subsidios de Agro Ingreso Seguro.

Un candidato más: José Obdulio Gaviria, que no requiere presentación y que triunfó en una encuesta hecha por un importante portal de cultura sobre otros candidatos que se perfilaron para el puesto de ministro, entre ellos una candidata con todo el palmarés como María Paz Gaviria, historiadora del arte, hija de Cesar Gaviria ahora político santista y expresidente del expartido liberal y de Colombia, que se refugia a veces en el acogedor y pacífico mundo del arte.

Me da mucha pena pero el candidato más idóneo sigue siendo Felipe Santos, es el que más se acerca al espíritu que propuso su hermano mayor en campaña, afín a los incentivos a “la empresa privada” para que sea “promotora de la cultura” y que, cuando habla de cultura, concluye con la conocida línea de “llevarle a todos los niños un pequeño computador”.

Felipe Santos es el cerebrito detrás de un concepto que encarna la ideología del Partido de la U en materia cultural y que él mismo define como “coolture” y explica así: “Este término salió de un brainstorming, una mezcla, la fusión entre la educación, pedagogía y cultura con entretenimiento. Vimos que obviamente el tema de mercadeo era muy importante y por eso la parte de marketing. Y pensamos en la parte de cultura, porque al fin y al cabo educación es cultura, entretenimiento es cultura y, cambiándole la “u” por la “cool”, representaba mucho entretenimiento, era lo que se podía sintetizar las tres cosas: la cultura, educación, pedagogía con entretenimiento y con alto grado de responsabilidad social.”

La máxima expresión de “coolture” hasta la fecha ha sido la exitosa y lucrativa exposición Bodies: real + fascinante que ha sabido culturizar a millones de colombianos, los ha distraído de su dura realidad, no importa si para entretenerlos de forma real y fascinante ha combatido fuego con fuego y ha usado “falsos positivos made in China”, dejemos la crítica y la sensibilidad de lado, seámos pragmáticos: no se puede hacer una tortilla sin romper unos cuantos huevos (13 pares de huevos asiáticos en este caso). Lo importante son los resultados de toda la iniciativa cultural de Santos que recogen desde el memorable Concierto de conciertos de 1988 en Bogotá, ese Woodstock del rock en español, y culmina con la contundente Corpses, perdón, Bodies.

Algunos consideraran el hecho de que Felipe Santos sea hermano de Juan Manuel Santos como un impedimento, otros más enterados de las cuestiones de la familia Santos señalan que las relaciones entre ambos hermanos no son las mejores, esto en vez de ser un problema ético, moral o personal se plantea como una prueba más para la Unidad Nacional, ese paraíso de mermelada que se ha propuesto el próximo gobierno como meta. Qué mejor herramienta para empezar a dar "la vuelta a la página de los odios" que el aliciente de la cultura, ese poder del “poder suave”, como lo definía hace poco tan acertadamente Adriana Mejía, Viceministra de Asuntos Multilaterales del Ministerio de Relaciones Exteriores, y que fue tan bien entendido por Carlos Medellín en 2007 cuando, como Embajador de Colombia en el Reino Unido, eliminó una obra de una exposición porque no iba con los lineamientos del arte del estado, es decir, la propaganda.

Por último, como un eco débil suena el nombre de Jorge Orlando Melo, uno de los candidatos que sonaban desde el Partido Verde en el pasado debate electoral pero, a casi un mes del dictamen irrefutable de las elecciones, ¿quién carajos es Melo?, es más, ¿quién era Mockus?