viernes, 27 de agosto de 2010

¿Quién lee?


«¿De dónde saco el tiempo para no leer tantas cosas?». La pregunta parece extraña, más cuando nos enteramos de que quién la hizo fue Karl Kraus, el escritor austriaco que durante 36 años publicó en Viena su propia revista: La Antorcha. En sus primeros años la publicación contó con colaboradores, pero de 1911 en adelante Kraus la publicó por su cuenta, número tras número, hasta llegar a 922 ediciones. En 1936, La Antorcha se apagó con él.

«¿De dónde saco el tiempo para no leer tantas cosas?», aforismo de Kraus, es una pregunta que a la luz de hoy resulta aún más inquietante. Hoy por hoy hay cada vez hay más cosas que ver, leer, oir, oler, probar, tocar. Hoy en día hay también más cosas que pensar y que decir. Los medios de reproducción digital multiplicaron las opciones, las voces, las opiniones, de buenas a primeras hicieron anacrónica la editorial del pasado: la publicación digital eliminó los costos onerosos de las artes gráficas y de la distribución, ahora todos podemos ser autores, todos podemos publicar, todos podemos opinar. Basta con abrir un “blog”, una página en “facebook” o ahorrarse lo del almuerzo, sacarle fotocopias a una hoja y repartirla por ahí; o también es posible jugar a “soy periodista”, como lo anuncia una sección del portal digital de El Espectador: “soy periodista.com, el medio de todos, publique ya y lea”. Pero, ¿quién lee?

De ahí la importancia y la vigencia de la pregunta de Kraus —“¿De dónde saco el tiempo para no leer tantas cosas?”—. La pregunta es vital porque cuestiona el afán a “estar informado” que todas las voces de la prensa impresa o digital claman al unísono. No importa si se trata de un gran medio periodístico, de medio medio alternativo o de un “blog” con seudónimo y casi anónimo, todos llaman la atención, todos claman por un minuto de tiempo. Y si nos resistimos a ese clamor, será nuestra propia culpa, nuestra ansiedad informativa, la que nos llame a leerlos: “Todos los temas, todos los días”, es el lema de El Tiempo, para no ir muy lejos.

Pero lo ecología mental que propone la pregunta de Kraus no sugiere que hagamos como la avestruz y que metamos la cabeza bajo la tierra, que como lectores optemos porque el peor enemigo de internet es internet y abrumados ante tanta información claudiquemos y nos metamos en un sólo y único hueco, un medio oficial que nos informe y nos forme, una ideología periodística que omita la cópula de espejos de la información, esa crítica en plural, y nos someta a un patriarcado editorial estable y general con una única casa que perdure ad infinitum semana a Semana en El Espacio, El Tiempo y El País, por El Siglo, El Heraldo y El Colombiano, amén.

No, Kraus, como lo demostró en La Antorcha, propone una microlectura concentrada, un ejercicio de crítica y de sátira que no busca informar a todo el mundo ni sumarse a una causa universal, un juego literario, un soliloquio que no fue escrito para el público en general sino que buscó su propio público, una audiencia, una inmensa minoría para la que Viena se convirtió en el escenario de un teatro crítico que llegó a las 922 funciones.

«Un agitador se toma la palabra. El artista es tomado por la palabra.», dijo Kraus. Lo que Kraus y La Antorcha ponen como ejemplo es un ejercicio preciso, detallado, obsesivo e implacable de escritura capaz de insertarse y adaptarse a cualquier lugar, un juego de lenguaje que usa la política como materia prima de su arte, una práctica de sátira que condena al otro con sus propias palabras, una publicación incendiaria y polémica que se puede replicar en cualquier nicho de trabajo, en cualquier oficina de cualquier empresa, en cualquier sector gremial o cultural, en cualquier aula de colegio o de universidad; un espacio narrativo que puede hacer eco a lo que pasa en el mundo y a sus grandes y eternos problemas, pero que usa a los personajes de la escena local para escenificar el mundo: usa al jefe de la oficina como el escritor usa al presidente, usa a la secretaria como el escritor usa a la actriz, usa al memorando interno como el escritor usa el decreto ministerial, usa las cifras del presupuesto institucional como el escritor analiza las políticas del Fondo Monetario Internacional, adapta el gran mundo del poder que todos conocemos, al pequeño mundo del poder en que cada uno vive.

Ante esta práctica de periodismo casero, este ejercicio de escritura, edición y publicación zonal que no teme exhibir los trapos sucios que se lavan en casa o que no duda en destacar las bellezas efímeras de la cotidianidad, que se toma en serio las nimiedades cotidianas y sopesa con sorna la solemnidad del poder, que usa los medios a su alcance para hablar de lo real y no solo vive en la realidad creada por los grandes medios, la pregunta ¿Quién lee? sobra: los mismos actores serán los lectores de su propia tragicomedia y ávidos o temerosos ante lo publicado responderán (el rango de su respuesta varía: va desde la contrarespuesta pública a la omisión solapada, llega incluso a la censura).

Ante esta perspectiva el problema ya no son los nuevos medios, pues si se trata de escribir sólo cambia la botella no el contenido (de estar vivo Kraus también publicaría La Antorcha en Internet); y con la pregunta ¿Quién lee? resuelta, la inquietud es otra: ¿quién puede escribir así? Hoy en día el que tenga la suficiente valentía puede y algo de personalidad (no basta la inteligencia, hay que tener un talante dispuesto a la fama y a la infamia). Pero esta apertura editorial condiciona un duro aprendizaje: todos estos innumerable escritores subrepticios, joviales, despelucados y libres, visibles y anónimos, bienpensantes e injuriosos, serán cada vez más un problema para sí mismos y para los demás.

«¿De dónde saco el tiempo para no leer tantas cosas?», dijo Kraus. Con ese tiempo liberado se convirtió en un lector selecto, un editor, un escritor insaciable de su época, de su ciudad y de sí mismo, y hoy, ante las nuevas formas de publicación y de escritura, ante esta euforia del progreso tecnológico, cada vez habrá más tiempo para no leer tantas cosas, tendremos más libertad para escoger nuestros propios discursos y decidir por nosotros mismos qué vale la pena y qué no, pero esa misma autonomía privada traerá consigo más crisis íntimas: la segura inseguridad de que nos perdimos algo, la ansiedad de que lo verdaderamente importante se nos escapa.



(Ponencia leída en el evento "Periodismo de opinión" en el III Encuentro Internacional de periodismo y actualidad, en el conversatorio Nuevos medios, nuevos espacios para la opinión. Feria del Libro, 2010)


viernes, 20 de agosto de 2010

La universidad ilegal


No, el título no hace referencia a la Universidad de Córdoba entregada por negligencia y complicidad del pasado gobierno a una facción paramilitar. Tampoco trata sobre alguna corporación universitaria de garaje que se quiere hacer pasar por universidad; ni es sobre la “Universidad Chrevrolet para taxistas”  que quiere sacar a los taxistas de su empirismo de garaje y promociona el "goodwill" de su “institución” con un título engañoso que se cuida de demandas con una astuta aclaración pegada al final de sus infomerciales: “la Universidad para Taxistas Chevrolet, junto con el Servicio Nacional de Aprendizaje (Sena), ofrece un programa de formación técnica, no educación superior.” Es decir, señor estudiante, señor chofer: esto no es una universidad.

No, la “universidad ilegal” es un título al que por estos días hacen honor todas las universidades en Colombia (y en otras partes) o al menos esas donde los profesores que dan clases van a las fotocopiadoras o envían a sus monitores con abultados arrumes de libros para copiar. ¿Será que no han leído los libros que sí ponen a sus estudiantes a leer? Es raro el libro que no tenga en su página legal la siguiente cláusula: “Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida ni en su todo ni en sus partes, ni registrada en o transmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electro-óptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito de la  editorial.” Y aún así, los profesores, en aras del conocimiento, incitan a los estudiantes a delinquir.

Algunos dirán que ya existe una ley que favorece este tipo de copias, una licencia que toda fotocopiadora debe adquirir a cambio de una compensación económica que luego le será retribuida a las editoriales, que la culpa es de la fotocopiadora, no del que fotocopia. Pero tengan o no la licencia, paguen o no el tributo, los negocios de fotocopiado, internos o externos a las universidades, exceden, bajo el dictado insaciable de los profesores, los límites del permiso. Si la ley dice que “se puede fotocopiar hasta el 14% de un libro que se encuentre en venta al momento de realizar la copia” o “hasta el 30% de un libro que al momento de realizar la copia ya no se imprima”, o que no se pueden fotocopiar “libros completos”, basta con ver los cerros de fotocopias que reposan en cualquier fotocopiadora para darse cuenta de que nadie respeta o tiene el tiempo para observar la minucia legal. Una vez comienza el semestre académico las universidades se ven inundadas por un tsunami bíblico de intelectualidad ilegal.

Más allá de un debate sobre el costo de los libros en Colombia o una crítica a la leyes fiscales, o un enjuciamiento a la poca iniciativa que tienen la grandes industrias editoriales, o evidenciar el pírrico 3%, 5% o 10% que reciben los autores por derechos de autor, a la luz del título de este texto, las universidades también propician la ilegalidad; pero no sólo porque sus profesores manden a copiar libros sino porque el conocimiento que generan y hacen público las mismas universidades se enmarca bajo el mismo contrato antiguo que impide su reproducción. Y es ahí donde las universidades son aun más ilegales y no responden a una ley tácita que está en su razón de ser: difundir las ideas, mostrar con hechos que lo que se hace en la universidad no es de la universidad, que su producción es un bien público que debe buscar tener incidencia en la vida nacional, y no sólo incidencia en el puntaje del escalafón profesoral: “publique o perezca” parece ser el único motivo que lleva a muchos académicos a publicar.

Son pocas las universidades a las que les interesa este asunto y el marco legal de su actividad editorial está hecho por una red de tinterillos que finalmente son los que deciden lo que se puede o no publicar. Estos abogados con su uso apocado y endogámico de la ley se encargan de cercar los lotes de engorde donde pasta el conocimiento, son los intermediarios que una licencia de acceso abierto dejaría sin trabajo (al menos del trabajo que ellos sí saben hacer: decir "no").

Son pocas las voces dentro de las universidades que proponen alternativas a este modelo y menos aun las publicaciones que se generan con su derecho libre de reproducción, una licencia que convertiría a la fotocopiadora o a la copia digital en aliados de la difusión de las ideas, que es lo que realmente son —la prueba es el uso que ya se les da en las clases—, y no en dispositivos piratas, marginales y aliados del crimen.

Sobre este punto sería conveniente preguntarle a los profesores de la Facultad de Artes y Ciencias de la Universidad de Harvard por qué en 2008, por votación, adoptaron políticas de acceso abierto para toda su producción intelectual. Pero tal vez muchas universidades prefieran no hacerse esas preguntas y estén más cómodas al mismo nivel de sus pares de la “Universidad Chrevrolet para taxistas”.

BONO. En TED, esa "universidad" virtual sin notas, inscripciones o exámenes dedidada a esparcir ideas que merecen ser oídas, hay varias conferencias que dan una mirada divergente al "copyright", entre ellas la siguiente:
Johanna Blakley: Lecciones de la cultura libre de la moda
(se puede ver con subtítulos en español)

Publicado en La silla vacía

viernes, 13 de agosto de 2010

Arte y narcotráfico


“Al Patrón lo tumbaron muchas veces, era negado para el arte, no sabía de eso. Yo le hacía las vuelticas de cobro”, dice Chombo, sicario de Pablo Escobar. En un cóctel un galerista se jactaba de que a su negocio llegaban mafiosos con ofertas: “Pagué 25 millones por esta pintura, la dejo en 15”. Su respuesta era tajante: “Cuesta más el marco que la obra”. Lo que seguía era la “vueltica”: cobrar o quebrar al falsario y transar a otro con el aura de la obra. Algunos narcos y sus curadores testaferros, contactaron directamente a los artistas, ante la creciente oferta los pintores se pasaron del óleo al acrílico (seca más rápido). En los años 80 algunos “mágicos” se aparecieron por Europa, le compraron arte en lote a los pintores colombianos del “Grupo de París” y patrocinaron su bohemia. La fábula cuenta que uno de ellos, billarista y pintor de billares, terminó en la finca narco-deco de sus mafiosos mecenas que, cual Borgias locales, le surtieron de todo hasta que el artista murió de cirrosis…

El libro Una línea de polvo. Arte y drogas en Colombia, recién publicado, no toca estos episodios, su autor, el historiador Santiago Rueda dice: “Yo no quise entrar ahí ni caer en versiones sensacionalistas. No quería hacer un anecdotario más. Fue por cuestión metodológica: uno tiene que cotejar las fuentes y ese no era mi proyecto”. Además, las fuentes son locuaces en privado y amnésicas en público. Sin embargo, Rueda suelta dos anécdotas: una es la del jefe del Cartel de Cali cuando le da un cheque a Fernando Botero Zea —jefe de una campaña presidencial e hijo de Fernando Botero—, y el capo di tutti capi dice: “Es el Botero más chiquito y más caro que he pagado”. La otra es la de la estatua de John Lennon comisionada por Ledher a Rodrigo Arenas Betancur. Pero estos artistas no tienen el perfil de “artista somático político” que analiza Rueda. Una línea de polvo separó a los puros de los impuros, a los que reflexionan sobre el fenómeno de los que son parte activa de él, a los que tal vez fumaron —pero no inhalaron— de los otros: los drogados.

Por fuera de esta historia del “narco realismo colombiano” —término de Rueda— se quedó lo real, a falta de lo que en verdad pasó en arte está el placebo: la contemplación ilustrada, una estética de exportación, obras con hojas de coca, líneas de cocaína y productos derivados (fotos, video, instalaciones). La historia verdadera, que incluye narcos, gusto y arribismo, caerá en el mismo olvido en que cayeron las 20.000 obras de arte embolatadas en el Consejo Nacional de Estupefacientes (incluidos los dos “Rubens” de alías Rasguño).

Guy Debord, citado por Rueda, dice: “La mafia no es ajena al mundo; está perfectamente integrada con él”. El arte “naif” que produjo el narcotráfico es la otra cara del arte “conceptual”, es el contrapeso de esta historia, el contrapunto necesario. Pero parece que la academia tiene su aristocracia, ignora a los caídos: esos plebeyos mundanos, faltos de razón, adictos al “mal gusto”, no clasifican al reality del “arte contemporáneo”.


Publicado en Revista Arcadia #59