miércoles, 26 de enero de 2011

Sin Hernán Díaz


“¿Y esta extraña foto de Fernando Botero?”, le preguntó una periodista al fotógrafo Hernán Díaz. “Se la tomé antes de que fuera famoso”, dijo, “Yo le arrimé la mesa para que pareciera hablando con la mujer del cuadro. En esa época Fernando era el pintor. Ya no es. Ahora es un fabricante de ceniceros y souvenirs."

“Usted tiene fama, además de ser el excelente fotógrafo que logra captar el alma a las personas, de ser una persona muy necia”, le dijo la periodista. “Sí, es cierto. Y en el campo de ser necio yo no resisto ningún atentado contra la razón del buen gusto”, dijo Díaz.

Pero el atentado ocurrió. La exposición Hernán Díaz, fotografías, con la que el Museo de Arte de Bogotá pretendió rendir homenaje al fotógrafo fallecido, resultó ser una triste paradoja: a la congoja que trae el final de una vida bien vivida como fiesta se sumó una exposición que atentó “contra la razón del buen gusto”. La ampliación agigantada de las fotos hizo notorio y pesado el ligero desenfoque de muchas imágenes, además, el “revelado digital” anuló el baile alquímico natural del grano fotográfico y dejó a cambio un manchón estático, plano y un blanco soso. El procesado de las fotos —ampuloso y económico— no estuvo a la altura de la óptica íntima y el encuadre preciosista de Díaz ni de su valiosa cámara Leica. El desastre lo completó el acabado brillante de las impresiones publicitarias que reflejaba cuanta luz o espectro anduviera por las salas mal iluminadas, un barniz que dificultaba ver las fotos de frente o de cerca.

Tal vez esto es lo que se quería: una exposición para ver de lejos, en las sociales, en la prensa, un “homenaje” más para los indicadores de gestión de un museo mediocre en sus montajes. Un primer y tercer piso con joyas esporádicas, y en el segundo una galería de retratos signados por el arribismo, el criollísimo “quién es quién” evidente en las “fichas técnicas” que velaron los datos de las obras a favor de ampliar los méritos curriculares y el pedigrí de algunos retratados: Virginia Vallejo es la "nieta del ex-ministro de hacienda, Eduardo Vallejo Varela", Gloria Zea es la “hija del dirigente liberal Germán Zea"…

El orden de las fotos fue tan políticamente correcto que a una hilera de poderosos —políticos, informadores y un prelado— se enfrentó una pasarela de señoras con hidalgos apellidos y al lado del ascensor quedaron castigados los retratos de dos “necios”: un cura guerrillero y un guapo rebelde que fueron evacuados —de nuevo— del orden social. Pero eso sí, al lado del elegante retrato de perfil de una dama se colgó a una lela corronchita farandulera, una inconsistencia más que sumada a la larga serie de errores crasos generó un equivoco nefasto: “Hernán Díaz no era tan buen fotógrafo”.

Por fortuna, a Díaz lo sobreviven más de 30.000 negativos y cientos de anotaciones que algún día verán mejor luz bajo otra curaduría y en libros bien razonados; el atentado museográfico que acaban de hacerle en el Mausoleo de Arte Moderno de Bogotá será, con justicia, sepultado en el olvido.

lunes, 3 de enero de 2011

Piratear a los piratas



A partir de octubre Youtube, el sitio de video en internet, dejó a Hitler en paz; permitió que los usuarios dejaran montadas las secuencias de las rabietas que aquejan al dictador cada vez que recibe una mala noticia: que Ricky Martin es gay, que Mockus tiene más amigos en Facebook que él y Uribe juntos, que Alemania perdió contra España en el mundial, que Telmex no arregla ni cancela su suscripción a banda ancha; entre otros muchos de los cientos de detonantes que hacen que el Fuhrer, en su bunker, haga implosión y regañe a los militares de su círculo más íntimo.

En abril Youtube había borrado muchos de estos videos pues Constantin, la compañía alemana que tiene los derechos de exhibición de la película La caída, alegaba una violación a su propiedad: el intenso dramatismo de la secuencia de tres minutos cincuenta segundos del largometraje y la fama del infame se prestaron para que creadores de todo el mundo usaran la escena pirateada. Una de estas creaciones incluso daba cuenta del hecho: “los videos tienen los subtítulos cambiados y usted aparece diciendo guevonadas”, le decía un militar a Hitler antes de que el solemne megalómano montara en cólera.

Pero no todos los alemanes carecen de humor y el director de La caída, Oliver Hirschbiegel, se tomó en serio las parodias: “He visto 145 de ellas. Tengo que quitarles el audio en alemán cuando las veo. Muchas veces las líneas son tan divertidas que me río a carcajadas. No podría tener un mejor cumplido como director. Si recibiera derechos de autor por ellas sería aún más feliz."

Es diciente que el creador de la puesta en escena de La caída tenga una visión opuesta a la de los “creadores” de la película: mientras uno está fascinado por el virus de la creación, los otros le temen a esta epidemia digital; mientras uno le da al espectador facultades de editor, los otros quieren un receptor pasivo.

Sobre esta paradoja Lucrecia Martel, directora de cine argentina, ha dicho: ”La piratería resultó un prejuicio para la gran industria pero un beneficio para los autores, yo he ido a muchos lugares donde mis películas sólo se han visto en la versión pirata, entonces ¿qué voy a estar en contra de la piratería? Pero creo que debemos de modificar el mercado para que el poder de la piratería sea a favor de la industria cultural, quizá se trata de un asunto de eliminar a mediadores para que el dinero llegue directamente a los creadores, tal vez esa es la transformación que se necesita.”

Luis Ospina, cineasta colombiano, ha participado de este proceso: en un viaje reciente a Lima, dejó copias de sus películas en una de las mayores bahías de piratas de Latinoamérica, una invocación al pirateo de bajo precio pero de alta calidad.

“No es de donde tomas las cosas, es adonde las llevas”, dijo Jean Luc Godard al invocar la racionalidad del arte: el autor antepone la realidad extraña de la creación a los feudos solipsistas y mercantiles de los que abogan dogmáticamente por los “derechos de autor”, le deja la rabieta a otros, lo suyo es el camino abierto de la creación.



[Publicado en El Espectador gracias a una "palomita" dada por Carolina Sanín]