miércoles, 22 de junio de 2011

El abogado del diablo



En el 2004, en Argentina, la retrospectiva del artista León Ferrari generó una guerra de opinión entre el fundamentalismo católico y el activismo laico, este año, en Colombia, país de medianías culturales, la misma exposición solo causó un rifirrafe de papel.

Un columnista de El Tiempo, Fernando Gómez, escribió: “Es hora de sacar de las bodegas secretas del Vaticano los instrumentos de tortura de la Santa Inquisición para poner en su sitio al artista más peligroso e irreverente de América Latina. Incluso las iglesias cristianas deberían tener más carácter […] y pedirles a sus fieles que vayan a destruir las obras de León Ferrari en el museo del Banco de la República”.

Gracias a esta provocación, Klaus Ziegler, de El Espectador, se montó en Ferrari y la libre expresión y concluyó: “Es hora de que esos fundamentalistas sepan que la piedad religiosa y la virtud moral son cuestiones muy diferentes; que delitos y pecados no son la misma cosa. Que hoy es posible educar a nuestros hijos en un humanismo laico que convoca a la práctica de una verdadera ética, plural y respetuosa de todos los seres vivos…”

La polémica parroquial resultó viciada, la columna de Gómez era una chanza pachuna y a Ziegler, por leerla incompleta, le falló el detector de ironía. A la luz de este remedo de fundamentalismo que terminó por ridiculizar a un fervoroso escéptico, adquiere brillo el fallo singular de Horacio Cortí, el juez argentino que ordenó reabrir la muestra de Ferrari frenada en 2004 por la acción judicial que interpuso la Asociación Cristo Sacerdote.

En su sentencia Cortí liberó a la obra de Ferrari de la trama esquemática del héroe o del traidor, incluso puso en duda la fama de ateo y transgresor del artista y llegó a calificar  su obrar como el de un cristiano virginal: “la ambigüedad de la obra de Ferrari también es posible como consecuencia de la riqueza del propio cristianismo, cuya historia y enseñanza no pueden reducirse a una visión monolítica, uniforme y única. Si bien en los textos del artista (algunos de ellos figuran en el catálogo de la muestra) el cristianismo es ciertamente monolítico, son sus obras las que dicen lo contrario, al aportar el matiz que su discurso no incorpora. Desde otro ángulo puede decirse que si las obras de Ferrari pretenden enjuiciar la historia de la Iglesia desde la perspectiva de los derechos humanos, esos derechos tienen origen, al menos en parte, en la tradición intelectual y cultural del propio cristianismo”.

El derecho romano define al curador como el representante de todos aquellos que por edad o incapacidad mental no son personas ante la ley (impúberes, idiotas, locos);  a la luz del arte, ser curador implica ser la voz de los artistas ante la ley, cuidar de sus obras, tanto en cuerpo como en espíritu. En este sentido resulta paradójica la voz del juez , porque el fallo del “curador” Corti  vuelve a la obra y la pondera,  la libera de las disquisiciones rutinarias y polémicas, se aleja de toda la jerga artística que tanto fatiga el cliché, de todas esas interpretaciones del arte hechas sin arte.

(Publicado en Revista Arcadia # 47)

 

 

 

sábado, 4 de junio de 2011

¡Pare de sufrir!



Decálogo de autoayuda para espectadores intimidados por las exposiciones de arte [versión 2011].

1. No preste demasiada atención a lo que dice el artista sobre su propia obra; los artistas no saben bien por qué hacen lo que hacen, ocultan el rastro incierto que los llevó a un hecho estético bajo el trazo legible de una finalidad política o social, la grieta que abren con el arte la taponan con la lápida de un título pomposo. Las declaraciones de muchos artistas son producto de la culpa que sienten por el ocio creativo que detentan.

2. Anteponga el arte al artista; usted puede estar a solas con la obra de arte, sea insaciable y egoísta —más no celoso o autista—.

3. ¡Deténgase! No permita que el prestigio de un galardón o un caso de censura sea lo único que invita a mirar con atención una obra de arte; las alabanzas o las canalladas son como las tetas: una esta mal, dos son perfectas, pero tres, aunque le añadan volumen al argumento, son monstruosas.

4. Si usted descubre la fórmula que compone una obra de arte tenga cuidado con atribuirle una preparación demasiado precisa, la facilidad de los resultados es engañosa.

5. Las obras de arte sólo exageran algo que usted ya sabe; en algunos casos el desprecio radical que usted siente por una obra no es más que una forma velada de autocrítica.

6. Póngale comillas al “crítico”; desconfíe de todo discurso que en miras a ganar contundencia no matiza: el enfrentamiento con una obra de arte exige un escudo de armas cargado de interrogantes; cambie el “es” del crítico por el “tal vez” del lenguaje. Solo el arte es más verdadero que la política o la religión pues abraza la incertidumbre y miente con la verdad: déjese amacizar, déjese engañar.

7. La cultura ha parido los únicos tres enemigos que tiene una obra de arte: el artista, el crítico y el espectador, —intente por un breve momento no ser como ellos—. Cuando la cultura va, el arte ya ha ido y vuelto, si la cultura es el registro civil de la estética, las obras de arte son hijos ilegítimos que no hay que registrar en notaría.

8. Ante las explicaciones, dude; no trate de conocer las obras de arte, trate de comprenderlas; devuelva a sus ojos la ignorancia, vaya paso a paso en su lectura, evítese los resúmenes. Describa e interprete; no interprete primero y luego describa.

9. Llegue a las obras de arte cuando están distraídas, ¡sorpréndalas!

10. Sea profundamente superficial, mire al frente, mire abajo y mire arriba; son los espectadores superficiales los únicos que no juzgan por las apariencias. Si sólo quiere ideas acuda a una iglesia de cienciología; si sólo quiere formas vaya a un almacén de pantuflas; pero si es incapaz de separar la forma de las ideas, ensaye una dulcería o disfrute de la exposición de arte. Las exposiciones de arte son una pasión quieta, una nadería comparada con la orgia titilante e interactiva de las experiencias mediáticas actuales. Aprenda algo de la quietud del arte, esa indiferencia esconde un regalo: usted dejará de existir por un instante.

(Publicado en Revista Arcadia # 46)