martes, 1 de noviembre de 2011

El cómico caso de Míster Foster



Míster Foster, historiador del arte estadounidense, viajó a dar cátedra a la capital de un país de sur américa. Él, que no gusta de estar entre extraños por periodos largos, estuvo rodeado de desconocidos por cuatro días seguidos, a cambio, claro esta, viajó en primera clase y recibió un pago sustancial por sus servicios.

Míster Foster pidió ser presentado como historiador del arte, no como crítico, a pesar de que sus críticas son altamente reconocidas por bautizar tendencias del arte que nadie ha nombrado. Míster Foster ve con orgullo cómo sus nominaciones son usadas, incluso interpretadas en sentido contrario al expuesto por él en sus críticas; así sucede en ese país de sur américa. Ahí, El artista como etnógrafo, su famoso texto cautelar sobre el uso del “otro” como materia prima para el autobombo artístico, es usado sin tapujos para darle un blindaje teórico al garabateo turístico de algunos artistas.

Pero Míster Foster dice ser historiador del arte, no crítico. Los hombres se comunican pero no se entienden y cuando se entienden, cada quien entiende lo que quiere, la crítica vive de actualizar ese malentendido. Ante el western caótico de la crítica, su tiroteo polifónico y sin concierto, Míster Foster prefiere vivir en una de las embajadas de la historia del arte, con sus saludos protocolarios, clasificaciones categóricas, tono cancilleresco y refutaciones diplomáticas, historia para historiadores.

En la Historia del Arte la interpretación de la obras es como un juego en diferido de ajedrez, se analiza una sucesión ordenada de jugadas y se intenta interpretar los movimientos obedeciendo las reglas del tablero. Sin embargo, el arte siempre desborda los márgenes, trueca las fichas y desdibuja el patrón ajedrezado. Así las cosas, la Historia del Arte no puede conservar la franquicia de la interpretación del arte, de ahí el auge de otras narraciones: las teorías de la imagen, los estudios culturales, la literatura, el periodismo.

Y eso que nutre esas otras narraciones, más impredecibles y vitales, fue lo que se encargó de hacer dinámico y contrastado el contenido del solemne mensaje de Hal Foster cuando la muerte, con su inusitado desparpajo, iluminó el bello vitral del claustro ancestral de la Historia del Arte. El artista Richard Hamilton murió justo el día en que Míster Foster tenía programada su cátedra sobre este veterano del POP. Al historiador del arte se le hizo extraño pensar en Hamilton en medio de ese perdido país de sur américa, y más extraño fue dar cuenta de todo lo que escapaba a su Historia del Arte en medio de interminables comidas donde una inmensa minoría ejercitó con él su inteligencia en inglés. Al final, su único refugio fueron dos escoltas femeninas que lo llevaban de un lugar a otro y que terminaron por simpatizar con su antipatía.

Mientras despegaba el avión y veía desparecer esa ciudad a la que nunca iba a volver, Míster Foster pensó lo que sería su vida si fuera contada de la misma forma a cómo él contaba la Historia del Arte, con tanta mesura y precisión, con tanta preocupación por no salirse del libreto.



Publicado en Arcadia #73