domingo, 20 de enero de 2013

La franquicia del “arte colombiano”

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En 1984, el crítico Robert Hughes escribió Arte y dinero, un texto publicado en The New York Review of Books en que el escritor, fallecido este año, predecía el fin del boom del mercado del arte de los años ochenta.

 Hughes hacía un recorrido rápido por los precios del arte en los últimos tres siglos y notó un cambio a partir de 1967 con la llegada de los boletines del Times-Sotheby Art Indexes: una apuesta editorial del Times de Londres, el New York Times y la Casa de subastas Sotheby’s que buscaba crear una suerte de Dow-Jones del arte. La sección informativa contemplaba un variado arreglo de productos —grabados, bronces, porcelanas—, y mostraba cómo todo “subía a un ritmo del veinticinco al doscientos por ciento al año”. El publireportaje ofrecido era “breve, poco detallado, fácil de recordar” y venía adornado con gráficos que le daban solidez económica a una espuma de datos dispersos y subjetivos.

La iniciativa, por divergencias entre los editores, duró hasta 1971, pero fue un éxito entre los lectores. De ahí en adelante la pulsión del coleccionismo quedó atada a la promesa económica y “era difícil hojear una revista de avión sin encontrarse con algún excitante artículo a favor de la inversión en arte”.

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Así fue como a partir de los años ochenta se consolidó en el mercado del arte un nuevo personaje que desplazaba para siempre al “coleccionista-como-inversor”. El nuevo protagonista, el “héroe informativo”, podía ser un subastador, un marchante, un editor, un curador, un crítico, un periodista, un académico, un relacionista público, un galerista, un museo, o una conjugación de todos los anteriores. En la era de la información es ahí donde está el juego. El arte o los artistas son apenas un pretexto en una larga cadena de intermediarios que son los que realmente suman valor a un precio que debe tender siempre a la alza.

Pero en todo este tejemaneje Hughes detectó una sobreoferta, un vacío de la crítica y de la autocrítica, una ambición que rompía el saco, una frágil pirámide que se podría desmoronar cuando “un galerista, o un grupo de galeristas, no esté en condiciones de defender el nivel de precios de tantas obras”.

Hughes anticipó una caída del mercado y pronosticó un efecto positivo: tal vez este golpe podría “curarnos de nuestro hábito de mirar en el fondo del barril creyendo que contiene las alturas del Parnaso”. El crítico acertó en una cosa: el mercado del arte cayó a los pocos años, y falló en otra: nuestros hábitos de engaño y autoengaño persisten, como lo volvió a demostrar Hughes, pocos años antes de morir, en el documental La maldición de la Monalisa.

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Hoy en día parece que la economía, el arte y el mercado del arte en Colombia son boyantes, y no hay semana en la que algún “héroe informativo” criollo no haga señas de que un buque cargado de éxitos, tan grande como el Titanic, está a punto de llegar a estos alegres trópicos.

Hace unos días, Juanita Madriñan, representante para Colombia de la casa Christie's, comunicó al país los resultados de la “última subasta de Arte Latinoamericano en NY”. Como en toda cadena de valor, el infomercial fue recogido por la Revista Diners, convertido en titular tricolor, “El arte colombiano supera las expectativas en subasta de Christie´s”, y transformado en noticia cultural: “la experta encargada de seleccionar y proponer los nombres de los participantes colombianos” explicó “que las expectativas de ventas con artistas como Olga de Amaral, Óscar Muñoz y Pedro Ruiz fueron altamente superadas”. La “obra Montaña, de Olga de Amaral, tenía un precio estimado entre U$40.000 y U$60.000” pero su venta se “realizó por U$103.300”.  La “escultura de Hugo Zapata Sin título” que “tenía un precio estimado de venta entre 20.000 y 25.000 dólares” fue “vendida en 35.200 dólares”. Y al final le sumaron al salpicón “las Hormigas de Gómezbarros, avaluada en máximo 18.000 dólares” que “se vendió en 23.750.”

Y así, a punta de un informe “breve, poco detallado, fácil de recordar” se construye, medio a medio, la escena del arte en Colombia. ¿A quién le importa conocer el cómo y el porqué del éxito de estas obras y de sus precios inflados en subastas? La mezcla de pesos pluma, pesos medianos, pesos pesados y hasta un Botero en un solo cuadrilátero mercantil hacen más exótico el balance. La franquicia del “arte colombiano” es lo único que cuenta. Esa nominación es tan rimbombante como si a un grupo criollo de matemáticos les diera por patentar la “matemática colombiana”. Pero así son las etiquetas: “arte latinoamericano”, “arte moderno”, “arte contemporáneo”, diversificación y líneas de mercado que permiten manipular el deseo y exacerbar el exotismo y el autoexotismo de comprador y vendedor.

De seguir así, los economistas que estudien el caso del descalabro financiero reciente de Interbolsa,  “la mayor comisionista de valores del país”, serán los mismos que escriban la historia del arte patrio. Solo habría que cambiar las palabras “repos” o “bonos basura” por “obras”, y el nombre de la inflada acción de Fabricato por “arte colombiano”.  Por supuesto, de estas apuestas fallidas no habrá responsables.

No se culpe a nadie. La única regla del mercado del arte es que no hay reglas. Todo intento de análisis económico, dadas las evidencias limitadas y la imposibilidad de cifrar con exactitud lo simbólico, tiende a la mistificación. Hablamos de arte: la misma libertad y apertura que existe para hacerlo e interpretarlo se extiende a su compra y venta. Las cosas cuestan lo que la gente está dispuesta a pagar por ellas. Valorar es un arte más (tal vez el más cínico, el de más provecho, y el de más alto nivel de engaño y autoengaño). El arte del mercado es un artilugio ansioso creado a partir de la razón grandilocuente de la cifra y la sinrazón voluntariosa del deseo.

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(Publicado en Revista Arcadia #87)

lunes, 14 de enero de 2013

El Senador Gerlein visita una exposición de arte

Juan&Wilson

Cuando despertó, elSenador Gerleín todavía estaba allí.

El político lleva más de 40 años apoltronado en el Congreso de la República de Colombia, donde engendra leyes y micos como buen “padre de la Patria”.

Hace poco Gerlein, en su fofa majestad, se despachó contra el proyecto de ley sobre los matrimonios entre personas del mismo sexo: “¡Qué horror un catre compartido por dos varones! A mi nunca me ha preocupado mucho un catre compartido por dos mujeres, porque ese homosexualismo es un sexo inane, sin trascendencia, sin importancia. Pero compartido por dos varones, ¡ese es un sexo sucio, asqueroso, un sexo que merece repudio, un sexo excremental!”.

La apología del lecho aséptico resonó con fuerza, generó protestas y hasta un performance de proselitismo frente al capitolio: “¡Me gustan las peras, me gustan las manzanas y me voy al catre con quien me da la gana!", coreaban unos mientras parejas del mismo sexo se entregaban a una “besatón”.

Este país, como tantos otros, se debate entre mantener los contratos antiguos firmados en la parroquia de Familia, Tradición y Propiedad, o aceptar el devenir libertario que caracteriza a una sociedad cosmopolita.

“Yo soy de quienes consideran que el proyecto sobre matrimonio de las parejas gay está impulsado por lo que yo llamaría la nueva sociedad hedonística y coitocéntrica”, dijo el docto godo, y sentó cátedra: “Si la sociedad estuviera conformada en su mayoría por homosexuales esto sería árido […] son estériles como lo dice la biblia, y un sexo estéril, una unión estéril, un compartir estéril no es cosa que nos entusiasme a los conservadores […] es una manera fúnebre de vivir […] este tipo de matrimonios al terminar en la nada, también terminan en la muerte.”

Pero cuando la cultura va, el arte ya ha ido y vuelto, poco importa si es cultura occidental, apostólica y romana, o cultura gay, queer y LGTBI. El arte, más allá de la propaganda y del proselitismo, es una contingencia creativa que supera la moralina y el activismo de su época.

Si hoy en día se discute sobre la posibilidad legal del “matrimonio gay”, entre 1995 y 1998 ya se había oficiado en Colombia un maridaje artístico de alcances moderados pero rotundo en su negación a ser regulado por lo establecido, una unión de dos artistas sin ansiedades de registrar su enlace ante las notarias del arte.

Los frutos de esta fecunda relación son el tema de Master/Copy, la exposición de Juan Mejía y Wilson Díaz, curada por Guillermo Vanegas para la sala de exposiciones del Centro Colombo Americano de Bogotá. Este es un jovial paseo por lo que hicieron los precursores del precursor del collage, del jairopinillismo en el video casero, de la instalación frugal atrapabobos, del very good bad pop painting, del provincialismo capitalino, del pasquinísmo glocal, de la clonación de la crítica, de la escolarización de la alta cultura, del travestismo estilístico, del pugilato amoroso. Ellos son nuestros Gilbert & George, nuestros Beavis & Butt-Head, los Emeterio y Felipe de la plástica.

“La única diferencia entre un santo y un pecador es que el santo tiene pasado y el pecador, futuro”, decía Oscar Wilde. Tras su divorcio Juan y Wilson continúan ejerciendo por separado, cultivan y florecen en el más alto bajo perfil que alcanzan los artistas emancipados de la Patria. Mientras tanto Gerlein exhibe los 101.514 votos que lo llevaron al Congreso y señala: “la comunidad LGTBI no tiene tantos electores en Colombia como creen mis amigos progresistas”. La fertilidad de la representación artística contrasta con la esterilidad de la representación política.

(Publicado en Revista Arcadia #87)