jueves, 26 de septiembre de 2013

El Interbolsa del arte II

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En una conversación, un artista y un coleccionista (Elliot Arkin y Adam Lindenmann), hablaban de arte y mercado:

E.A.: Me gusta hacer una analogía con la ciencia: los artistas dividen el átomo, pero el mercado del arte crea la bomba atómica.

A.L.: Es una buena metáfora. Los hacedores de bombas patrocinan a los científicos, aunque los artistas puede que lamenten los resultados de su creación.

A mitad de este año una pequeña explosión se produjo cuando tres casas de subastas de Londres vendieron pinturas hechas por el colombiano Oscar Murillo. El precio base, entre 20 y 30 mil libras, se multiplicó en Phillips y Sotheby’s casi por 5 y en Christie’s casi por 12.

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La detonación, menor para la bolsa de $40.000 millones de euros anuales que mueve el mercado del arte, fue todo un chispero en nuestra desangelada escena local. Julio Sánchez, de la emisora La W, como un rey cultural digno del reino de los ciegos, lo avizoró y programó una conversación previa con Murillo:

—Periodista: ¿Oscar para quien esté interesado en comprar […], cuál es el precio medio de sus obras?

—Murillo: Eh, en realidad no lo tengo presente, eso ya depende con las galerías, yo me dedico a trabajar en el estudio y no tengo presente muy bien el precio individual de una obra…

—Julito: ¡Eso es lo que le corresponde responder a un artista! ¡Él pinta y hay otras personas que venden y hacen el mercadeo!. ¡Maestro! ¡Qué honor tenerlo en La W! […] ¡Allá nos vemos esta noche! […] ¡Urgentemente galería en Colombia!.

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Ante esto último, Alberto Casas, compañero de programa de Sánchez y con participación en la Galería Casas Riegner —que está en conversaciones con Murillo—, mantuvo un prudente silencio.
La W extendió su cubrimiento y quiso precisar un artículo de la Revista Semana sobre arte y mercado que citaba una opinión sobre las transacciones de la obra de Murillo. Julito intentó hacerle una de sus encerronas telefónicas al editor cultural de la publicación y quisieron hacerlo trastabillar atribuyéndole una cita ajena como propia. En La W les dio dolor de patria que los críticos crucificaran a un artista colombiano en aras de ilustrar los mecanismos del mercado del arte en vez de celebrarlo y hacerlo profeta de su tierra. En cambio le dieron micrófono a Alberto Chehebar, un art-dealer criollo devoto de Murillo, quien le rezó un inspirado santoral al artista, y a Ana Sokoloff, “crítica de arte”, que usó la misma camándula de Chehebar: el mercado del arte es el mercado del arte del mercado del arte.

Y es cierto: en arte las cosas valen lo que la gente está dispuesta a pagar por ellas. La misma libertad y apertura que existe para hacer e interpretar el arte se extiende a su compra y venta, comparar esto con Interbolsa es solo un acto de sinceridad.

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Pero, ¿y de Murillo qué? En  los últimos tres años sus performances incluyen cócteles, residencias, cenas con coleccionistas, exposiciones, entrevistas con influyentes curadores y fiestas, baile, cocina y  yoga, y el resultado de algunas de estas acciones son lienzos que como tapetes de papel carbón recogen los gestos y sudores de todas esas experiencias. Los textos “críticos” repiten la misma dosis de “arte-lengua”: “Los performances, pinturas, videos e instalaciones de Murillo usan los opuestos para explorar lo que está en común. Usando el vocabulario de voceadores callejeros en sus lienzos, él explora la funcionabilidad del desplazamiento y la reconfiguración de la palabra recordando el enfoque hacia el lenguaje del movimiento Neo-Concreto de 1960”. Pero más allá de esta sesuda perogrullada, lo que hay es un tipo de 27 años que, entre tantos artistas ninguneados, goza de buena fortuna.

Ya lo decía Robert Hughes en Arte y Dinero: “Picasso era millonario a los cuarenta, y eso no le hizo ningún daño. Por otro lado, algunos pintores son millonarios a los treinta, y eso no les sirve para nada. En su conjunto, el dinero hace a los artistas más bien que mal. La idea de que el agua fría, los mendrugos y los cobradores les beneficia está casi tan extinguida como la creencia en el poder reformador de los azotes.”

Obra de murillo en el proyecto "This long century"

Habrá que ver cómo Murillo continúa dividiendo su átomo, tal vez llegue al mismo sitio adonde vamos todos: la eterna nada (con o sin bomba atómica).

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(Publicado en Revista Arcadia # 94)






domingo, 8 de septiembre de 2013

La cárcel de la originalidad

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El artista Vik Muñiz cuenta que de joven, en Brasil, vivía inmerso en The best of life, un libro de fotos publicadas en la Revista Life entre 1936 y 1972. Muñiz emigró a Estados Unidos, consiguió el mismo libro en una venta de garaje y el hallazgo marcó el encuentro con un viejo conocido, el diálogo se reanudó; entre 1989 y 2000, en una serie dibujos, asumió como propias las ruinas gráficas de su memoria residual: “A veces hasta decimos cosas que suenan muy a nosotros, pero en realidad estamos citando inconscientemente a otros y ya ni siquiera lo sabemos. Lo mismo pasa con las imágenes. Son tan recurrentes que se convierten en iconos. Alguna vez hice reproducciones de fotografías famosas como las recordaba: la llegada del hombre a la luna, Hiroshima… ¡Quince años después me escribe la Associated Press para decirme que el copyright de ese recuerdo mío es de ellos! Es como una mala película de ciencia ficción en la que son dueños de nuestros recuerdos y hay gente como Disney que extiende sus derechos sobre iconos como Mickey o Donald.”

Nuestra película

Un pintor colombiano, hace más de 20 años, en el exilio de su hogar, estaba enfermo, quería pintar hasta morir, pero quedó ciego. La única forma de “sacar cosas”, de crear, era recordar, y decidió con un director hacer Nuestra Película: el documental de Lorenzo Jaramillo realizado por Luis Ospina, grabado en 1991, que relee el ocaso de una vida alrededor de los cinco sentidos. Jaramillo, en su ceguera, afirma con claridad que su “pasión ha sido el cine”. Ospina, en la edición, reconstruye la deriva de cinefilia parisina de Jaramillo y hace algo adicional: traspone fragmentos de películas para describir la existencia de alguien que ya no está. En Barbarroja, de Akira Kurosawa, dos médicos de otra época hablan sobre una enfermedad: “—¿No tiene cura?”, “—No, este no es el único caso. Realmente no hay cura. La ciencia médica no sabe nada. Sabemos los síntomas y cómo se desarrolla… Nosotros tratamos de ayudar pero eso es todo…” (Jaramillo murió de sida en 1992). Hay diez fragmentos citados en la filmografía, sin sumar la música. Por incluir ese material Nuestra película lleva una vida marginal: no se comercializa, pocas veces se proyecta, pero es de libre acceso en internet. La película es cautiva de los “derechos de autor”, liberarla exigiría un presupuesto astronómico, darle un alto perfil llamaría la atención de la jauría de abogados que ladra y muerde con demandas para proteger los monopolios de la industria del entretenimiento.

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Juan Antonio Ramírez, historiador del Arte, hasta su muerte en 2007 batalló por una legislación que amparara “el derecho de cita visual” para las publicaciones de su gremio. La neurosis desmesurada de los “derechos de autor” obstaculiza el proceso editorial, la irracionalidad del marco jurídico induce a recortar costos y el miedo a las demandas genera una perversión: libros de arte sin arte, sin imágenes.  El fuego voraz del lucro es alimentado por la gasolina del derecho mercantil, hay artistas pirómanos que mandarían a su madre a la hoguera si ella hiciera un uso no tributado del retrato maternal que le acaban de hacer.

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Un artista colombiano, famoso por hacer un letrero de Colombia con tipografía tipo Coca-Cola y por reproducir la firma-dibujo de líder Manuel Quintín Lame, abogó por crear una asociación de “derechos de autor” para su gremio, pero pronto desistió de su empeño. El primer pleito podrían caerle a él (y todo está muy caro).

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El asunto tiene tanto de ancho como de largo, pero estrecha es la mirilla legal, tanto que no discrimina entre plagio y obra derivada, pirateo y uso justo. Y más angosta es la visión de muchos actores del arte que son temerarios para filosofar sobre cualquier cosa pero mojigatos para cuestionar la normatividad: temen verse jodidos por la ley y en vez de enamorarse de ella, de jugársela, de hacer otros contratos, de liberar las obras desde su gestión y permitir que los hijos de las trasformaciones del acto creativo sean cada vez más, no fomentan la reproducción, se endosan el gustico a perpetuidad, son unos “genios creadores” mantenidos a cuentagotas por un tropel de eunucos que cuidan el baluarte de la originalidad.

(Publicado en Revista Arcadia # 94)