lunes, 5 de agosto de 2013

El Interbolsa del arte

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K, un artista emergente, hace dos piezas. El marchante A vende cada pieza a US$5.000 a B y C, dos coleccionistas prestigiosos. A se queda con el 50 por ciento de la venta y arregla con B y C para que oferten las piezas de K en una subasta. Antes de la oferta el artista se presenta en sociedad: K va con A, B y/o C, a inauguraciones y fiestas; un curador D, asociado a alguna institución, lo entrevista o firma un catálogo promocional con un texto genérico; publicaciones de arte en las que pautan galerías vinculadas a K, o con lazos con A, B y/o C, se referirán a él; circulará el rumor de que K estará en una curaduría colectiva en un museo donde solo exponen individualmente los consagrados.


Comienza la subasta, pero ¿por qué usar este método para darle un precio a las obras de K? ¿Por qué no dar una cifra y ya? Porque a falta de crítica, o por los problemas y demoras que genera una valoración crítica, la subasta es el medio expedito para inflar y dar legitimidad: la puja por las piezas de K cierra en US$120.000 c/u. El remate fluyó sin contratiempos. K todavía no es muy conocido, sí lo será cuando se conozca el resultado astronómico de la “puja” de B y C. ¿Dónde está el dinero? B pagó la pieza de C, C pagó la pieza de B. Es decir, el dinero no se ha movido, las piezas sí.

Días, meses o años después, B y C ofrecen a un miembro E de la junta de un museo la donación de las piezas de K. Lo más importante: B y C certifican en su declaración de impuestos una relación de US$120.000 c/u por donaciones. En algunos países, un tercio del monto total de lo donado se deduce de la declaración de renta: US$40.000. B y C, que en un principio tuvieron que desembolsillar US$10.000 entre los dos, obtuvieron una ganancia neta de US$35.000 por cabeza (habría que restarle la comisión de la casa de subastas y lo que le corresponde a A por la intermediación).

K recibió US$5.000 por sus obras; es feliz, el dinero le hace bien, el futuro pinta mejor. Si K y sus obras son dúctiles podrá seguir trabajando con A, B, C, D, E y llegar lejos, pero si dejan de serlo, las fuerzas –o los fuertes– del mercado encontrarán un nuevo artista al que mimar.


Lo anterior es solo un esquema perfectible. Un fondo de inversión en arte sabrá conjugar todo el abecedario y redactar cada vez mejor el novelón bursátil: fragmentará el mercado, pagará un cabildero para que tramite más excepciones tributarias por filantropía, tacará con sigilo carambolas más virtuosas, hará pirámides a corto, mediano y largo plazo. Hablamos de arte: la misma libertad y apertura que existe para hacerlo e interpretarlo se extiende a su compra y venta.

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Hace poco, en esferapublica.org, Halim Badawi publicó Business is business: especulación y mercado en la obra de Óscar Murillo, un análisis intuitivo sobre el furtivo tinglado tras la venta, el pasado 26 de junio, de la obra Sin título (2011) de este artista de veintiocho años de origen latino (colombiano o guatemalteco, es lo mismo). La pieza se vendió en la casa de subastas Christie’s en Londres por US$391.000, “superando trece veces su estimado bajo”. Es un inspirador caso de estudio, tanto, que las dudas de Badawi sobre la importancia y mercadeo de la obra –dentro del conjunto de piezas de Murillo y de otros artistas– fueron subestimadas en el foro por un académico y un analista de mercado. Ambos personajes, acomodados en su rol ilustrado y financiero, parecían hipnotizados por el resultado de la subasta y cumplieron solícitos con la sentencia que el crítico Robert Hughes acuñó en su texto Arte y dinero: “El mercado debe encontrar maneras de poder vender arte mediocre a malo a unos precios lo suficientemente altos como para acallar las protestas estéticas”.

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En ese mismo foro virtual, una voz cándida protestó, sacó a la luz el color de piel de Murillo, jugó la carta de la discriminación y gritó: “¡Dejen jugar al moreno!”. Un clamor al que podrían sumarse otros intermediarios de cuello blanco, inversionistas tipo Interbolsa, que gritarían casi lo mismo al unísono: “¡Déjennos jugar con el moreno!”. ¡Éxitos!

los oscares
HUO OM
OM + HOYOS + GAVIRIA + TURBAY
om artforum

(Publicado en Revista Arcadia # 93)

Tomar fotos


"Usted presiona el botón, nosotros hacemos el resto”, decía la empresa Eastman Kodak hace más de cien años. El lema promocionaba la venta de una cajita sellada, cargada para cien tomas, que debía ser enviada de nuevo a la fábrica para dar a luz y devolverle al fotógrafo aficionado sus “momentos Kodak”. Tomar fotos no ha cambiado mucho desde entonces: uno presiona el botón y la cámara –convertida en asistente y laboratorio digital– hace el resto.

La cámara es tan portátil como antes pero ahora también es teléfono o tableta y se anuncian unas gafas que toman, editan y transmiten imágenes bajo comandos de voz. Todo sucede tan rápido que las invenciones nacen anacrónicas; pronto sentiremos asombro al ver el iris como diafragma, la pupila como apertura, al ojo como cámara oscura y tendremos la inteligentada de pensar en una conexión inalámbrica que permita cargar y descargarle cosas al cerebro (unos la llamarán telepatía, otros lenguaje).

La resolución del producto de hoy es mejor que la de ayer y peor que la de mañana. Ante la ansiedad del “compro luego existo” queda el paliativo fijo de la imagen, de las narraciones que creamos a partir de fotos, cada quien compone su ilusión a través de su particular filtro. En una fiesta tediosa es apenas natural mirar las fotos recién tomadas, un consuelo gráfico que transforma el presente anodino en escena memorable.

Hace un año Facebook compró Instagram por mil millones de dólares: la red social más grande adquirió el sistema que permite a usuarios de iPhone y smartphones capturar más de cuarenta millones de fotos al día y compartirlas, exhibirlas y calificarlas al instante. Instagram también ofrece una suerte de insulina gráfica que compensa el vacío generacional causado por el “todo tiempo pasado fue mejor” y disuelve ese trago amargo en la tónica del presente. Se trata de un dulce visual, un filtro retro de género artístico, un sucedáneo que produce los efectos de la alquimia nostálgica. Instagram es un verbo gráfico capaz de conjugarlo todo, de darle a cada captura el gesto vital de lo que nunca fue y despertar lo único verdadero: emoción.


La ocasión hace al fotógrafo. “Usted presiona el botón, nosotros hacemos arte”, parece ser la nueva consigna de este género de fotografía al instante, tanto que los fotógrafos aficionados, a la par de los artistas, no solo toman imágenes de sí mismos, de sus hijos, de viejitos o de ruinas, sino que participan de la poesía aleatoria del momento, enfrentan la burocracia de la cotidianidad al darle glamour a cualquier vista: un orinal, un recibo de luz vencido, la puerta de una notaria, una vitrina con maniquís viejos. El medio hace al artista, todo es “arte contemporáneo”, la fotografía es la nueva pintura. Algunos hacen tomas directas y las publicitan como bajas de esteroides, “sin filtro”, una excepción que confirma la regla y afirma aun más el artilugio de encuadrar un fragmento del mundo en la arcaica quietud de la imagen.

En la exposición Ciudades Mutantes. Fotografía Latinoamericana (1941-2012), que estuvo en la Biblioteca Luis Ángel Arango, algunas de las tomas callejeras de los años sesenta y setenta mostraron comprensión por algo que hoy resulta cada vez más escaso: el material y el tiempo de lo humano. Están en vía de extinción los fotógrafos que andan con la cámara al cuello sin la ansiedad de publicar cada toma a cada instante. Más que redes, filtros vintage o artilugios conceptuales, hace falta un documentalismo crudo y sosegado emparentado con el de los fotógrafos de prensa pero sin el embale periodístico. De la polución instantánea de Instagram quedarán, con suerte, ciudades fugaces; las ciudades mutantes no caben en lo cosméticamente bonito ni se pueden asimilar en un “me gusta”.

 (Publicado en Revista Arcadia # 92)