martes, 21 de enero de 2014

Escribidores de catálogo


En 1980 el escritor Umberto Eco escribió una sátira llamada Cómo presentar un catálogo de arte. Eco se preguntaba: “¿Cómo se llega a ser un PDC (presentador de catálogo de arte)?”. Y respondía: “Desgraciadamente, resulta facilísimo. Basta con ejercer una profesión intelectual (los físicos nucleares y los biólogos están muy solicitados), constar en la guía telefónica y poseer cierto renombre.” 

Eco describía el encargo al PDC como parte integral del mercadeo de un artista. El texto del PDC es un infomercial que “contribuye a hacer subir la cotización de toda la obra”. Si el artista le dice al PDC: “Sea severo, si hace falta”, esto no es más que un sofisma: la naturaleza misma del encargo demanda amabilidad. Dice Eco: “en la medida en que el PDC desea salvar su dignidad y la amistad con el artista, la evasión es el eje de los catálogos de exposición.”

La evasión se manifiesta en la formulación por parte del PDC de un tema general, una “metafísica influyente” como la llama Eco, que permita destilar todo lo expuesto bajo una “perogrullada que salva al crítico y deja contentos al artista, al propietario de la galería y al comprador”.

La parodia ochentera de Eco se ha sofisticado con los años. Ahora no hay que rogarle prólogos a “físicos nucleares y biólogos”, o a literatos (como cuando se pensaba que solo un espíritu sensible y lírico podía comprender la obra de un espíritu sensible y plástico). Ahora el mundo del arte suple esta demanda con la escogencia de una figura que, previa vinculación por amistad, canje o asignación institucional, soluciona el problema de la presentación verbal del artista en sociedad. Este personaje recibe el nombre de curador.

A la ley le gusta explicarse con palabras, y más cuando se trata de imágenes, y la legitimidad social del arte, su sello de aprobación definitivo, lo da una cifra monetaria altisonante acompañada de un texto firmado por alguien que esgrime el mote glamuroso de curador (o de “crítico de arte” para audiencias anacrónicas). El curador es un abogado del arte listo a defender a su cliente a toda costa (así lo designó el derecho romano hace siglos cuando le atribuyó a la curaduría la representación legal de impúberes, idiotas y locos).

La gran mayoría de los curadores son tan fieles al libreto leguleyo que si se abriera un concurso para encontrar un texto curatorial que le haya hecho reparos a una obra, la convocatoria sería declarada desierta. Y claro, en este concurso hipotético, habría que remunerar muy bien a los jurados. Nada más aburrido que leer textos curatoriales: su débil narrativa, autocomplacencia, citación filosófica ampulosa, provincianismo, sentimentalismo, metarrelatos, didactismo deliberado, simplicidad moral, dificultad innecesaria, pretensión de objetividad, pose academicista y clichés informativos convierten el arte de pensar a través de la escritura en un protocolo predecible de arte lengua. La gran mayoría de los textos curatoriales parecen decir “por favor, no me leas” y lo que comunican con mayor efectividad es el desdén del autor al escribirlos.

Hace falta más curaduría y menos curadores, más mecánica de iconos hecha por iconoclastas que transcripciones acomodadas de cuestionarios promocionales a lo Hans-Ulrich Obrist, curador de curadores y modelito cheverista del mundo del arte


Los curadores dicen estar al servicio de los artistas porque puede haber artistas sin curadores pero no curadores sin artistas. Pero los curadores deben estar es al servicio del arte, de esa quimera inagotable llamada lenguaje, y de nada más, el resto es demagogia. O si se trata de pedagogía, dado el último giro que quiere entender al curador como pedagogo —como mediador entre el arte, sus instituciones y el público—, gran parte de esa audiencia que se arrima a leer los textos curatoriales agradecería que no solo se lanzara al artista al estrellato y la obra al absoluto de la inteligencia y lo sensible, sino que las cosas bajaran a la tierra, estuvieran cerca a una dimensión humana de prueba y error.

El texto, lejos de ser un infomercial, podría trazarle límites al alcance de la obra, sopesar lo que tiene enfrente, hacerle un enroque, ponerlo en jaque, ver bondades y defectos, en resúmen, ser crítico. La curaduría solo es posible desde el acto complejo y singular de la lectura, desde el ultraje al canon histórico. La curaduría es la profanación y liberación de las obras del designio autosatisfecho de sus propios autores para pervertirlas hasta donde sus mecanismos internos lo permitan.

A un crítico musical, a la salida de un concierto, le preguntaron qué pensaba sobre lo que acababa de oír, el escritor respondió: “todavía no lo sé, tengo que escribirlo”. Se necesitan menos PDC y más escritores, interpretes escépticos que dejen de lado la diplomacia y se enfrenten a las obras con un escudo cargado de interrogantes. Lo que tenemos es un cuerpo curatorial de escribidores que convierten el incómodo silencio del arte en apacible música ambiental de fondo.


(Publicado en Revista Arcadia # 99)

La vida social del arte



Las inauguraciones de arte son evento rey en la parroquia cultural y su despliegue en las páginas “sociales” son un acontecimiento periodístico obligado. Otros eventos gregarios como el cine, los conciertos, el teatro, las conferencias y premiaciones no son aptos para la libre conversación y divagación. En las inauguraciones de arte, en cambio, la charla es el espectáculo: precede, acontece y sucede al evento, ignora el arte y sigue hablando; pero, por cortesía (acaso pudor), asume una actitud disimulada con mucho de cháchara, algo de arte, un par de comentarios, opiniones pertinentes sobre lo expuesto… expuesto a la indiferencia, porque las obras no sabrán nunca que nos fuimos, o que no estuvimos ahí realmente. 



 La inauguración de arte es la mejor pasarela colectiva y rotativa, llegar temprano o tarde no importa (a menos que el trago se acabe). Es evento perfecto para una primera cita: para conocerse y ver a quién se conoce. Se pasa bien pero la mayoría de las conversaciones quedan truncas, tanto como la percepción de lo expuesto, pero poco importa, al menos se hacen contactos. El espacio de exposición es entonces oficina, campo de ingeniería social para hacer “networking”, en miras a un “brainstorming” donde el “elevator pitch” permita un buen “flow” hacia otros escenarios. Coleccionistas, diletantes y amateurs se irradian de mecenazgo, bohemia y sana locura en las inauguraciones; los productores de arte usan el coctel bursátil para cerrar afanosos negocios que cubran todo lo que no puede exhibirse con decoro: cuentas de arriendo, agua, luz, teléfono, colegios… Algunos —con simpleza— enmarcan y venden la pobreza del otro para alejarse de la propia, esa es la alquimia del comercio: nigromancia y culpa se transmutan en “compromiso” y “denuncia”. 



La inauguración, el culmen de galerías, ferias, bienales o museos, escenifica una situación peregrina: el evento, la socialización, la fiesta, el trago, no logran conjurar la soledad que llama desde el arte. Hace unos años, El Bodegón, un modesto espacio expositivo en Bogotá que mezclaba si tapujos “arte y vida social”, solo mostraba las obras el día de la inauguración. Esta limitación producía un condicionamiento: el día de la apertura el ojo tendía a mirar un poco más el arte expuesto.  En la exacerbación de ese gesto El Bodegón juntaba lo antitético, el festín y la celebración de la amistad, al tiempo que las extrañas demandas del arte, convertía el lujo del coctel en un tour de force para ese ojo estrábico que quería consumar a solas el acto estético. 



El poder del arte no estaría solo en su capacidad de socializar y ser socializado,  en comunicar y ser comunicado en festejo, en performance colectivo, en pieza relacional que convoca, en indicadores de público o en su consumo como objeto o concepto. El poder del arte está, en mostrar lo inalienable que es esa vida social del aislamiento que propicia. Ese aislamiento donde, sin más animación que la motivación propia, el arte interpela y exige. Navegamos en la superficie del coctel y luego nos vamos al fondo, pero es en ese estado —entre distraído y abstraído, entre contemplativo y aburrido— donde está el enigma.


 
A los artistas no hay que envidiarles su libertad, que no la tienen, o la imaginación, que todos tenemos, o su fama, un triunfo pasajero, sino su poder para estar a solas, su traición a lo social, las robinsonadas que acometen cuando habitan el islote solitario del lenguaje. Socializar, exponer, vender serían meras pruebas de existencia, registros sociales que intentan normalizar ese momento extraño donde el individuo difiere de la especie, momento tan efímero como un sueño, fruslería poderosa, arte, lo más cercano a la nada.



(Publicado en Revista Arcadia # 98)