domingo, 21 de agosto de 2016

Más entero



En la película El sol del membrillo hay una escena donde dos pintores viejos conversan en
un patio; uno de ellos tiene su taller en obra y ha decidido pintar un árbol membrillero
que crece en la mitad de su modesto jardín. Durante la conversación recuerdan el lema
que repetía una y otra vez un profesor de la escuela de arte donde ambos estudiaron. “Más
entero”, les decía, “Más entero”.

Los pintores cuentan que esa frase, a pesar de la insistencia del profesor, les pareció
incomprensible en su juventud: “Estábamos tan intimidados por nuestros profesores que
no nos atrevíamos a preguntarles qué querían decir con sus palabras”, dice el artista que
está pintando el cuadro, y añade: “pero luego, con el tiempo…”; y así ambos dan cuenta de
esa lenta revelación de lo que se entiende por “entero”. Pero en realidad es toda la película
la que, una y otra vez, revela su comprensión en la meticulosidad con que muestra los
hábitos del pintor que pinta —hasta donde es posible— la imagen completa del árbol que
crece y se le escapa, cuando muestra cómo en vez de pintar la luz empieza a dibujar a ver
qué puede capturar. El otro pintor renuncia a explicar verbalmente lo que comprende por
“entero” y ante la ausencia de una frase concluyente hace un gesto con las manos como si
sostuviera un globo invisible que demarca esa zona del arte que comienza donde terminan
las palabras. En la conversación hay largas pausas, silencios elocuentes en los que ambos
artistas dan cuenta de algo evidente, fundamental para su oficio, y que solo aprendieron
con la experiencia habitual de componer una imagen en un cuadro bajo el mandato del
enigmático “más entero” que les dejó de lección su profesor.

A la luz de esta historia se podría decir que entre las imágenes de las obras de Daniel
Segura hay una que responde de manera incontestable a la lección de la película. El cuadro
“más entero” sería el retrato en primer plano de un perro, de la serie Embozalados, que está
al reverso de esta invitación. La imagen mide 1.94 x 1.70 metros y fue hecha entre los años
2007 y 2008. Esta obra que cumple con el “más entero” está en el catálogo de la exposición
entre otras 64 piezas que muestran cómo una pieza singular y el resto de ellas son extremos
de una sola producción, extremos que unidos pueden dar cuenta del núcleo de la
acción de este artista que murió a los 28 años.

La imagen del inmenso perro con bozal recoge la experiencia de muchas de las otras
imágenes que aquí se exponen. Por ejemplo, en los retratos y autorretratos en que usa el
grafito, el carboncillo o el lápiz, es evidente que más allá del tema —hacer un autorretrato,
pintar un modelo— subsiste una voluntad expresiva que no se contenta con lograr la
descripción de un tema sino que en sí misma expresa una fuerza que cruza y entrecruza
líneas, rige y corrige trazos, borra y mancha, y por momentos llega incluso al límite de
opacar lo que está pintando.

Esta patria del gesto es un lugar abandonado de palabras y figuras, la mano parece traducir
al papel lo que le dicta una pulsión gestual que no pasa por la boca. Habitar este lugar
es difícil, no ilustra un verbo ni un concepto ni una narración, el impulso gráfico no está
anclado al puerto de la metáfora, escapa a un destino conceptual, a una normalidad explicativa
que la apacigüe. De ahí que la frase “más entero” sea el eco a un desarrollo dinámico,
incesante, donde el artista no solo dibuja sino que es dibujado pues solo se concibe a sí
mismo en la acción de hacer. Y terminar una obra es solo una pequeña tregua para un
impulso que cuando es verdadero resulta insaciable. Una finalidad sin fin.
Es natural que en arte esta pulsión haya llevado a algo que llamamos “abstracción”, pero
este impulso no es novedoso porque, vistos de cerca, en las imágenes de otras épocas, los
fragmentos en detalle revelan estos gestos que siempre han estado presentes. Tal vez ahora
podemos darnos el lujo de mirar de cerca, de tener esa mirada microscópica que entraña
un placer gestual, visual, y que goza de una música extraña que lleva a ese estado libre, intenso,
sin objetivos precisos, donde es posible pasar del mundo como narración al mundo
como yuxtaposición, sin iconos y símbolos la música de un espacio de signos cambiantes,
contingentes, ambiguos, incluso insignificantes.

En la imagen concreta de este perro conviven de manera paralela varias fuerzas: en unas
áreas el cuadro está completo y en otras aparenta estar inacabado; tiene tanto de descripción,
por ejemplo, en la costura del bozal y su carácter raído, como de sugestión, el mismo
tratamiento del bozal sugiere una descomposición mayor, un microcosmos de hilos, una
ruina orgánica. La imagen no se define entre ser un dibujo o una pintura, las manchas
y los chorreones líquidos contrastan con la precisión de algunos bordes, a veces hay
volumen y a veces solo trazo; a esto se suma la ausencia de un fondo, solo hay blanco y una
cuadrícula que da una noción de orden, de continuidad, de método, un contrapunto para
este inmenso y ominoso manchón.

En la exposición se pueden encontrar repasos escolares a la obra de Van Gogh o ejercicios
académicos sobre Rembrandt, también emulaciones al método de zonas y detalles de los
retratos de Chuck Close, y bocetos y pinturas sin figuras, todo un vademécum de experiencias
que sirven para inventariar un lenguaje y que le dieron a la mano de Daniel Segura
firmeza y confianza para lograr el estado físico que demandó hacer esta obra tan “entera”.
Si la patria del gesto no basta, se le pueden sumar a esta obra singular de la serie Embozalados
otros relatos, por ejemplo, que su gesto certero e intenso está ligado a un ojo agudo,
penetrante; a una mirada compleja, alimentada día a día. Daniel Segura hizo esta composición
inspirado en el siempre vigilante sistema de seguridad de la universidad privada
donde él estudio arte. En esta obra, que fue la pieza casi única que definió su proyecto de
grado, trabajo durante un año y así la describió él mismo: “El “aparato” de vigilancia crea
desasosiego, ciertas formas del miedo. Hay una tensión latente que pareciera siempre a
punto de explotar. El bozal del perro es amenaza contenida. El perro es la cara más brutal
de la vigilancia privada y pública. Al ser el perro un arma viva, nos remite a lo más descarnado
de la seguridad.” Es claro, fidelidad a la vida antes que nada, a lo que Daniel Segura
vio día a día en la universidad, pero una vez comenzó a trabajar en esta pieza fue la fidelidad
a la imagen lo que primó, y así creó una pieza poderosa que no para de inquietar, que
resulta aun más monstruosa en su impavidez, en lo que oculta el bozal, en su expresiva
forma pero remota austeridad, en la mirada frente a frente, entera, con el animal.

Respuesta a Piedad Bonnet

Respuesta a Piedad Bonnet:

http://www.elespectador.com/opinion/historia-de-un-oprobio



Fui alumno de Piedad Bonnet en la Universidad de los Andes, y luego, cuando volví como profesor, su hijo Daniel estuvo en varios de los cursos que doy. Durante un año fui su asesor del proyecto final de grado.

Cuando supe del suicidio de Daniel lo primero que hice fue buscar la información que tenía sobre él en un computador. Lo que encontré —textos de clases, diseños, borradores— se lo envié a Piedad Bonnet y me sumé al apoyo que varias personas le estaban dando desde la universidad. Parte de ese apoyo fue organizar una exposición sobre el trabajo de Daniel Segura en la Sala de Proyectos del Departamento de Arte. Trabajé hombro a hombro con Piedad Bonnet para escoger las obras y luego me dediqué al montaje de la muestra. Programé una visita guiada a la exposición, pues me parecía importante que otros estudiantes pudieran conocer su historia. Escribí el texto curatorial y antes de publicarlo se lo envié a Piedad, ella le hizo algunas anotaciones de forma y me recordó su labor como profesora, lo que aprendí de ella, en especial en el Taller Literario donde me regaló a Salinger, Carver, Dinesen y a tantos otros autores.

En su momento también escribí un texto para la revista Arcadia, por pedido de la directora, sobre Daniel, sobre su labor como artista.

Las imágenes de la exposición y un video de la visita guiada pueden ser vistos aquí:


Y el texto que escribí para Arcadia acá:


Después de esto no volví a ver a Piedad Bonnet, pero cuando publicó Lo que no tiene nombre lo leí y la seguí leyendo en las entrevistas que daba sobre el libro, sobre su intento de comprender el suicidio de su hijo y sobre ese rompecabezas que ahora, con la publicación de su relato, estaba expuesto en lo público.

A comienzos del semestre pasado, en un curso de Arte y cine, donde los estudiantes ven películas y escriben textos breves que tienen la contingencia de poder ser publicados en hojas y en un blog público del curso, un texto llamó mi atención. Era sobre Daniel. Había sido escrito en reacción a la película Harold y Maude de Hal Ashby, una película difícil de clasificar, donde un adolecente finge una y otra vez su suicidio, pues vive en un entorno de élite de valores y mensajes muertos. El registro de la película pasa de lo macabro a lo jovial, cuando el joven conoce a una anciana vital que le muestra un mundo que cambia su percepción de la vida y un nuevo juego de valores donde la representación tendrá otro registro.

El texto sobre Daniel daba cuenta del matoneo a un profesor por parte de un grupo de estudiantes en un salón de clase de un colegio. Cuando leí el texto mi sensación fue de compasión por Daniel en su rol de profesor. Por un momento pude estar ahí, en ese salón, ante esa crueldad. Luego de leerlo pensé que esta podía ser una escena más del libro. Por supuesto, no compartía el tono del texto, ni la posición del que escribía, pero el relato me ayudaba a comprender aún más a Daniel, y sobre todo al artista que conocí, y que más adelante, al momento de iniciar un posgrado en Nueva York, tomó la decisión de hacer una Maestría en Administración con énfasis en Arte, una decisión alimentada, en parte, por su temor a la escasez, como lo señala Piedad Bonnet en su libro: “Ya nadie compra pintura, mamá, me decía. ¿De qué voy a vivir?”

El texto me mostraba que Daniel, en uno de sus intentos por ganarse la vida, había tenido una experiencia agria.

Le envié el texto a Piedad, le comenté que estaba escrito en reacción a esa película, y que su contenido era “agridulce”. Ella me respondió con un mensaje corto en que me decía que ya nada podía hacerle daño. Unos días después supe que Piedad iba a enviar una carta oficial a la universidad.

Intenté disculparme por correo. En los mensajes que envié a Piedad le decía que ahora, con su reacción, me daba cuenta que había sido un error enviar ese correo así, y que había leído ese texto desde otra orilla, desde el lugar del profesor de Daniel, del que hizo una exposición sobre él como estudiante y como artista, como lector del libro, como alguien que había contribuido y quería seguir sumando elementos a esta narración. Sin embargo, le dije, comprendía que había sido impulsivo, que no había calculado la lectura de mi mensaje o del texto a la luz de otras interpretaciones. Le dije que si hubiera sabido que iba a enturbiar la buena relación que tenía con ella, sobre todo luego de la experiencia feliz que fue hacer la exposición, no lo habría enviado. Le dije que lo sentía y le pedí disculpas. Piedad Bonnet me señaló que se rehusaba a hablar conmigo y que ya había escogido un camino de acción.

En la página 100 del libro Lo que no tiene nombre,  Piedad Bonnet dice:

“Mi primera reacción después de la muerte de Daniel ha sido tratar de comprender. Los que están a mi lado, tal vez más sabiamente que yo, se contentan con aceptar. Así es. Fue. Sucedió. Fue la enfermedad, dicen. Pero yo sé que había algo más allá del trastorno: una lucidez suficiente como para querer morir. Quisiera poder saber —aunque no sé bien para qué— cuánto duró su vacilación, de qué magnitud fue su sufrimiento, qué opciones contempló, cuándo empezó a estrecharse el cerco.”

Y, en la página 101, cierra la idea:

“A partir de ahí, en un intento por comprender cómo se tejió la red de eventos que terminaron por lanzarlo a la muerte, trato de guiarme a través del laberinto aferrada al hilo de las últimas decisiones de Daniel. Y el rompecabezas se va armando ante mis ojos, aunque desde ya puedo anticipar que quedaran faltando algunas piezas”.

Todos queremos comprender qué pasó, ver ese rompecabezas que Piedad Bonnet nos ha compartido y ver cómo podemos sumar otras piezas para tener una imagen más completa de Daniel y de nosotros mismos.

Lamento el dolor que le pude haber causado con mi acto a Piedad Bonnet, me dejé llevar por la persona que he visto a través de sus cursos, del libro y las entrevistas sobre Daniel, ahora comprendo que no la conozco lo suficiente como para entender el efecto que iba a tener mi mensaje. Tampoco sé lo que es el dolor de perder un hijo. Una vez más: lo siento.

* * *

Posdata (25/08/2016): La Universidad de los Andes, un espacio que he habitado por más de 18 años como estudiante y profesor, me hizo un extenso señalamiento a través de un Comité Ad hoc. Para estudiar el caso se siguieron las pautas que señala el reglamento y se respetaron las garantías que da el Estatuto Profesoral de la Universidad. Luego del proceso, el Comité me hizo un llamado de atención que coincide en varios aspectos con mucho de lo discutido y planteado en estos días. Lo que sigue son algunos apartes de un texto que hago público para que sirva de guía y memoria del aprendizaje que deja este incidente y que sirva de antecedente para sopesar mis futuras actuaciones en la universidad.

“El Comité quiere señalar la necesidad de que usted examine su comportamiento con respecto a los trabajos de los estudiantes y la sensibilidad de terceras personas ante la información que ellos contienen.

En primer lugar, usted utilizó sin autorización información escrita por un estudiante en el ámbito de su clase; en segundo término, decidió enviar dicha información a una tercera persona sin tener en cuenta la natural reacción que ésta podría tener, dado el contenido relacionado con un aspecto en extremo doloroso de su vida privada.

El Comité encuentra que usted puso por encima de los derechos del estudiante, y de la sensibilidad de las personas, su propia perspectiva sin ningún tipo de reflexión sobre las consecuencias que sus actos podrían acarrear. En otras palabras, usted no fue consciente y sensible ante los sentimientos de esas otras personas. Este Comité lo invita, por tanto, a medir y valorar sus acciones. La libertad con el uso de la información y el sentido público del arte que usted defiende, principios loables ambos, no son absolutos. No están, en ningún caso, por encima de valores basados en el respeto profundo que se debe tener por los demás. Tienen límites establecidos por los derechos de las personas al buen uso de su producción académica, así como por el necesario respeto a las sensibilidades y creencias de sus colegas. Estos valores son fundamentales para la construcción de una sociedad más tolerante, y respetuosa , en la cual las personas tengan la capacidad de ponerse en el lugar de otras.

El Comité espera que situaciones como esta no se vuelvan a presentar y que lo sucedido le sirva de lección, en el marco de su crecimiento como profesor y persona solidaria y compasiva hacia otras personas, principio básico de la convivencia en que su arte debe estar comprometido. Así mismo, lo invita a que realice una reflexión profunda sobre hasta dónde llegan las esferas pública y privada, para que sea tenida en cuenta como insumo y regla de juego clara en futuros cursos que usted dicte.”